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Una historia de Cuba en dos folios

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  • Ahora que estamos hablando tanto de patria convendría poner las cosas en su lugar.

Pocos conflictos han tocado de cerca el destino de la humanidad, marcando la geopolítica internacional como la guerra hispano norteamericana de 1898. En primer lugar, porque marcó el surgimiento de la potencia que ha regido las piezas del ajedrez mundial sin verdadero oponente durante los últimos 124 años. En segundo lugar, porque el final de la guerra aceleró la dislocación de la entidad que lo había conseguido antes, durante más de 300 años, sin más recursos que la expansión de su modelo social y cultural, integrador y humanista.

Si hasta ahora Estados Unidos ha conseguido dictar sus reglas gracias a su dominación económica y militar indiscutibles. España sin ninguno de ellos al final de su dominio, consiguió mantener su imperio incólume hasta 1814 poco menos, aglutinando dentro sus virreinatos americanos todos los pueblos que lo componían, dando lugar a la cultura mal llamada latina, que nosotros calificaremos de hispánica para no perdernos en controversias. El secreto de este milagro poco estudiado, se aseguraba con dos pilares: el reparto de la prosperidad económica entre sus habitantes y la asimilación de las culturas prehispánicas sin distinción de color ni raza.

Aunque se haya olvidado -incluso los propios peninsulares lo han hecho, España hizo españoles a todos los súbditos de su imperio, con las leyes de Indias que garantizaban el marco legal, ratificado en el siglo XIX con la Constitución de 1812 que hacía de la nación “la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”.

Mucho podría hablarse de la prosperidad del continente americano antes de su disgregación, pero baste decir que era la envidia de todo occidente, empezando por Inglaterra y terminando por sus colonias del norte donde todavía en 1776 no había una sola ciudad decente.

El destino de Cuba dentro del proyecto imperial resultaba bastante menor. Hasta principios del siglo XIX, su importancia siempre dependió más de la geografía y la naturaleza que de otras consideraciones económicas. Incluso su valor estratégico en la actualidad, es una consecuencia de lo primero, más que de lo segundo, ya que la destrucción de su riqueza acumulada por el comunismo vuelve irrelevante todo lo demás, incluyendo la suerte de sus actuales pobladores. Esta perspectiva, capital, no puede dejar de obviarse en cualquier proyecto serio de reconstrucción nacional que se pretenda en el futuro.

Justamente por la falta de interés económico que la isla representaba para la corona a finales del siglo XVIII, se dieron las condiciones para que Fernando VII diera el visto bueno al primer proyecto completamente liberal que tuvo lugar en Hispanoamérica. Un grupo de criollos, la élite intelectual de la época, conocidos como los fisiócratas, supieron evaluar como nunca antes el momento en que se encontraba occidente, y las ventajas que tendría para ellos en primer lugar, y luego para todo el conjunto de lo que quedaba del imperio, la prosperidad de Cuba.

Se trataba de un negocio redondo para la corona que no pondría un centavo. El rey sólo debería exonerar a la isla de impuestos por algunos años y a cambio, Arango y Parreño le prometió que, gracias al azúcar, él y sus amigos convertirían a la depauperada isla en la Albión de América.

Los españoles de Cuba, gracias a los intercambios permanentes con Estados Unidos, donde muchos de ellos realizaban estudios de ingeniería, agronomía y medicina se caracterizaban por su pragmatismo y se guiaban por las leyes del mercado. Se habían preparado. Durante años la isla recibió mucho oro y plata del Virreinato de Nueva España con el objetivo de desarrollar la industria naval y fortalecer las infraestructuras militares. Ese oro, que ya había servido para financiar a G. Washington y su guerra de independencia contra Inglaterra, permitiría comprar la maquinaria, y la última tecnología, que el ingenio humano había puesto al servicio de la iniciativa privada; sin olvidar por supuesto, mano de obra esclava que la haría funcionar.

¿Quién se acuerda hoy? Pero en apenas 13 años, la isla se convirtió en la azucarera del mundo. Todos se enriquecieron, y tal como se había acordado, comenzaron las transferencias de capital hacia España empobrecida, destruida por Napoleón y las guerras civiles. Nota curiosa: en aquel entonces a las personas que tenían mucho dinero se les llamaba “hacendados cubanos”. Hoy cuando alguien se dice cubano los demás piensan enseguida en muchas cosas, pero casi ninguna es buena.

Así iban las cosas hasta que el imperio se deshizo en 1814. En la medida en que este se iba reduciendo, la importancia de la isla para el erario público se volvía cada vez más importante. Recayendo casi todo el peso de la recaudación sobre las aduanas de la isla. Esta situación, sumada a la crisis monetaria internacional de 1867, provocaron el primer estallido revolucionario de 1868, que no era ajeno a la agitación política en la Península.

Durante 10 años corrió la sangre. En nombre de la “unidad nacional”, se cometieron crímenes atroces y la destitución de un Capitán General, sin que los culpables de este desafuero fueran molestados. Si en la Península las diferencias políticas podían sellarse en Vergara con un abrazo. En la isla, los españoles lejos de encontrar un punto medio donde encontrarse tan lejos de Madrid, dieron rienda suelta a la bestialidad y la barbarie. La violencia se ha convertido desde entonces, en la marca de fábrica de los cubanos a la hora de dirimir los diferendos políticos. Las turbas que azuzaron y provocaron el asesinato de los estudiantes de medicina, son las mismas que hoy aterrorizan y arrastran a los opositores al régimen castrista. Las mueve el mismo odio, la misma intolerancia que animan y cultivan los grupos de poder que las controlan y manejan desde arriba.

Paz lo que se dice paz, no la hubo hasta finales de siglo con la intercesión de Estados Unidos. Si no se mataron entre ellos los españoles de Cuba, fue gracias a los 4 años que duró la ocupación. Un tiempo de reposo que, sin cicatrizar las heridas de la Guerra civil, permitió al menos la reanudación de la vida política y económica en breve tiempo y sin España administrando las aduanas. Poco se conoce este período y muy poco lo agradecen cubanos y españoles. Pero si Cuba volvió a conocer prosperidad y desarrollo fue gracias a las bases sentadas durante los primeros 4 años que duró la tutela directa de los norteamericanos sobre la isla. De haberse mantenido vigente la Constitución de 1902 y su maravilloso apéndice, el castrismo nunca hubiera podido prosperar. Hoy los cubanos se preguntan en las redes lo qué han hecho mal para sufrir el actual desastre que están padeciendo. La lista sería grande, pero podemos resumirla en un consejo: remítanse a la historia. A la verdadera historia. Conocerla les impedirá seguir arrastrando fantasías y volver a la realidad.

Las razones de ese desagradecimiento son diversas y todas falsas. El malentendido lo han construido con asiduidad, alevosía -y mucha mala leche, los intelectuales de ambas orillas. Los de la isla por empeñarse en construir una nueva nación en una provincia de España, donde la mayoría de la población quería seguir siendo española; y los segundos, por utilizar un Desastre que no fue tal, para justificar una ideología reformista, socialista y pro europea que condujo a la Guerra Civil, a la Constitución de 1978, madre de todos los nacionalismos que con saña están acabando de romper, lo que una vez fue un envidiado imperio donde nunca se ponía el sol.

Recientes estudios demuestran que España también salió ganando con la contienda. Cuba y sus problemas sociales inasumibles, sumados a los enormes costos de mantener la paz o acabar con las insurrecciones, representaban un freno para el propio desarrollo de reformas en España. De hecho, las mismas se introdujeron con éxito al final de la guerra sin que el régimen político entrara en crisis. En el siglo XX, cuando un país perdía una guerra se cambiaban las instituciones y los responsables terminaban fusilados; sin olvidar que los ciudadanos tenían que indemnizar a las naciones ganadoras. En España no ocurrió nada de eso. Más bien lo contrario. Todo el mundo siguió en su puesto, incluyendo a los causantes de lo ocurrido que quedaban para contarlo. Prueba de que su clase política había pasado a otra cosa, es que Sagasta acabó vendiendo el resto de las islas que le quedaban a Alemania.

A pesar de lo que se cree y se enseña todavía en las escuelas, la economía peninsular prosperó y los intercambios con la antigua provincia que vivía su gran época de vacas gordas, se incrementaron, por el intermedio de la comunidad española residente; la que, gracias al Tratado de París -hay que decirlo-, siguió conservando sus propiedades y negocios sin que viniera nadie a molestarlos o a intentar arrebatárselos por la fuerza como sucedió en el resto del continente, donde los peninsulares fueron masacrados, linchados y expulsados por las fuerzas bolivarianas. O sin ir más lejos, como hizo el castrismo. Es más, mientras España respiraba, se reconstruía y por fin se reformaba, Cuba sirvió para aliviar la presión social peninsular, absorbiendo a los muchos desempleados que emigraron a la isla y a otros países en América a buscar fortuna.

¿A nadie le parece extraño a estas alturas que tras perder la guerra el vencedor haya consentido a trasladar la tropa de su enemigo, a garantizar sus propiedades y hasta pagar una indemnización por un territorio con el que podrían haberse quedado si les hubiera dado la gana? ¿En que libros de historia se cuenta todo esto? En ninguno.

Por eso, la historia tiene que ponerse en su lugar para que cubanos y españoles puedan volverse a encontrar. Los cubanos deben reconectarse con sus raíces hispanas para saber lo que son y adónde van. Por su parte, los españoles necesitan a Cuba para cesar de hacerse daño a sí mismos. El futuro inmediato de la hispanidad depende.

1 COMENTARIO

  1. Cuando el gobierno español previene a sus agentes, que se ciñen en sus reclamaciones a la mas estrecha esfera de la Ley, dispone una cosa esencialmente justa y esencialmente politica, justa por toda reclamacion que no se ajusta a los principios legales, da o daria lugar a repulsas merecidas y traeria consigo un desaire el que quizas siempre lastimaria el pundonor nacional español, los impugnadores no han explicado como lo tienen por costumbre en que se opone el derecho publico, o en que se daña esa politica al derecho a los intereses de la nacion en la constancia y buscando la fiel observancia de los principios de los cubanos en desigualdad indebida en no querer ser españoles ANTES y ahora una mayoria pretenden serlo.
    No faltarian en disponer que se evite toda discursion que no sea necesaria para hacer valederos un principio o una idea universalmente reconocidos….Pregunto, «Han sacrificado los cubanos pasados como Marti y otros actuales, por ventura algunos de los derechos perfectos de la nacion española han hecho alguna concesion que fuese beneficiosa en el pasado y presente» …todo fue indecoroso y perjudicial para la Nacion Española nada sacrificaron ni nada cedieron sus principios o ideas, no estan reconocidas,no implican derechos que den fundamento nos faltarian palabras y bastante energicas a los españoles para alabar y agradecer ese gran triunfo de la razon esa sublime sumision de la fuerza a la concordia comun y al derecho de todo español en no olvidar la historia de lo acontecido en Cuba «Por que» quien aprueba aquella guerra el espiritu de injusticia y equidad los intereses presentes o venideros de España en la pretension a los cubanos hallar el tratamiento de españoles ….»Es como reconocer que los franceses y su proterbo Napoleon como sudbitos españoles» y no como sudbitos extranjeros», la obtencion es tan infundada como liviana y arbitraria en la pretension de españolizarse, tienen bien comprender los intereses del pueblo, en el servicio con cumplida lealtad a España.
    Que español censura o condena o se deja arrastrar por pasiones indignas a sus antepasados que regaron los campos de Cuba con su sangre, la falta de la elevacion de animo que se ha menester en juzgar con atinado criterio el pasado historico el que yo he revisado mi españolidad en defensa de los soldados muertos españoles en Cuba, hablan los muertos en la guerra licencia tienen de Dios, el que los entusiastas por las victorias y ahun sobre los buenos ciudadanos que en su temor en salir de un mal y en caer en otro peor, y no es todo, el pasado ya no exsiste a este soberano y obsoluto porvenir, nada le brinda con su proyecto ofrecido, cuando a un gobierno le faltan patronos habiles para cohonestar sus providencias o cuando estos por mas que apuren sus talentos, no se les ocurre otra especie de radiocinio que el extravio de la cuestion, lugares comunes u otros sofismas politicos clasificados el que debemos de concluir sin duda, que la aberracion de aquel esta patente, inexcusable su abuso en una desesperada causa y obsolutamente destituida de validez o fuerza moral, es doloroso ya entrar en una lucha a la que se provoca por la injusticia mas notoria, por la parcialidad mas descarada y por la mas refinada malicia, el que tales blasfemias contra España cansa y basta leerlas con pereza contestarlas el que los españoles no debemos perder nuestro tiempo el descifrar toda aquella «Giringonga» de que «Cinco sean ocho al entregar, y ocho sean cinco al recibir» que concluye con la fabula del Rey Midas, lo que se exsagera sin medida, se desencanta sin prudencia, y se quiere acreditar con falsos hechos » como la de los estudiantes de medicina» con suposiciones vagas y con fabulas mal SULCIDAS, el talento, la aplicacion y los esfuerzos individuales el que alguna vez proporcionaron victimas a la ignorancia y al fanatismo formaron EXCEPCIONES TANTO MAS HONROSAS CUANDO MAS RARAS RELATIVAMENTE CONSIDERADAS.

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