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Un mulo y un gorrión: héroes "españoles" en la guerra de Cuba

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Por Carlos Ferrera

Si creíamos hasta hoy, que Rufina, aquella vaca mártir holguinera que falleció por el tortazo de un cohete americano, fue nuestra primera heroína animal, estábamos errados.

El mundo animal isleño tuvo mucho antes, a dos héroes no humanos, que además fueron los primeros en “morir por la Patria” en un conflicto bélico,.

Hojeando el “Manual de La Historia de Cuba” de Ramiro Guerra, publicado en 1938, encuentro dos hechos insólitos casi increíbles, que demuestran que en todas las épocas ha habido “freaks”, y que no fue Fidel el primero en beatificar a un animal y utilizarlo como estandarte de la Patria. Pero en los casos que les contaré, estos animalitos mártires se les considera héroes españoles de guerra.

EL GORRIÓN GENERAL

En el mes de marzo de 1969, seis meses después de que Céspedes declarara iniciadas las hostilidades con España y empezara la Guerra de los Diez Años, ocurrió un suceso extravagante que involucró a un ejemplar de la más común de las aves: un gorrión.

Por entonces, a los soldados españoles, los mambises les llamaban “rayadillos”, pero los voluntarios de la madre Patria se autodenominaban orgullosamente a sí mismos “gorriones”, y a su vez llamaban a los criollos “bijiritas” en alución a las asustadizas aves cubanas.

Resulta que la tarde del jueves 25 de marzo de 1869, uno de los voluntarios gaitos de la Compañía de Tiradores del Séptimo Batallón español, durante una ronda de vigilancia, se encontró debajo de un laurel de la Plaza de Armas, el cadáver de un pequeño gorrión.

Debo acotar aquí, que cuando vivía en La Habana, conocí a un miembro de la guardia artillera de honor, encargada de disparar el famoso cañonazo de las 9:00, que me contó que siempre, después del cañonazo, aparecían aves muertas sobre el pavimento de la explanada de artillería del Castillo de los Tres Reyes del Morro, debido a la onda expansiva producida por el disparo.

Durante aquellos días de 1869, aunque la guerra se había declarado en el Oriente de la Isla, se hacían pruebas diarias de artillería en La Habana, para probar las piezas artilleras de las fortificaciones de la capital, temiendo un inesperado ataque por mar, puesto que se sabía que Céspedes intentaba armar una flota bélica mambisa, que finalmente nunca pasó de dos barcos que ni siquiera entraron en combate.

El soldado recogió al animalito muerto y se lo llevo a su guarnición en el Castillo de la Real Fuerza. Se cuenta que a uno de sus compañeros de armas, se le ocurrió vestir al gorrión con un pequeño uniforme de voluntario español, e improvisarle un diminuto altar, para velarlo como si fuera un oficial.

Al enterarse el Jefe de los voluntarios, se le ocurrió que el pobre gorrión podía ser un héroe, muerto “en acción de guerra”, y merecía ser enterrado con todos los honores militares posibles. Así que decidieron enterrar al pájaro a todo trapo y con toda la pompa de un general español.

A tal efecto, se le inventó una historia al gorrión, devenido “símbolo del alma de España”, dice Ramiro Guerra, “víctima de una bijirita sediciosa”. Inmediatamente los periódicos adscritos a La Corona se hicieron eco del asunto, difundiendo la triste noticia.

La prensa estuvo varios días publicando poemas póstumos y mensajes necrológicos dedicados al ave mártir. Los voluntarios embalsamaron al gorrión para el que se construyó un diminuto sarcófago de oro, que se pagó al contado por una suscripción pública.

Para darle otra vuelta de tuerca al acontecimiento, el gorrión fue ascendido post mortem al grado de coronel, como si hubiera muerto en campaña, y velado en su altar de oro en una de las salas del castillo, que se llenó de coronas y ramos de flores enviados por otros estamentos militares de la Isla.

Asistieron al sepelio, el Capitán General de la Isla de Cuba, las principales autoridades militares del gobierno y una gran representación de la sociedad civil. Se hizo una guardia de honor al féretro (feretrico) donde descansaba el ave uniformada, y desfilaron ante su cadáver durante todo un día miles de españoles residentes en la ciudad, obligados a confirmar así su adhesión incondicional a la Corona.

Pero la cosa no terminó ahí. Dos días más tarde, el cuerpo inerte del gorrión salió de La Habana en un coche de caballos en peregrinación solemne a Matanzas, Puerto Príncipe y Cárdenas, siendo homenajeado públicamente en las tres ciudades.

Una vez concluido el tour fúnebre, el coche y su ilustre cadáver alado fue traído de regreso al Castillo de la Real Fuerza y allí se le rindió la guardia de honor postrera. El ataúd (ataudsito) se colocó en una lujosa carroza fúnebre, y fue escoltada por un batallón de infantería acompañada por la Banda de Música del Real Cuerpo de Voluntarios hasta los terrenos del Cementerio de Colon, por entonces aún en construcción.

El gorrión fue enterrado en su sarcófago de oro en el sector noreste de la necrópolis habanera. La tumba se remató con una base escalonada de granito, que sirvió de basamento a un raro monumento funerario erigido en honor al gorrión-general fallecido. Allí se celebró la primera ceremonia militar realizada en el cementerio, y la única en honor a un animal en toda su historia. Fue el primer y único animal que descansa en Colón, junto a más de dos millones de muertos humanos.

La historia habría quedado también como único ejemplo de martirologio animal en Cuba, si no hubiera sido porque 30 años más tarde, otro ser vivo no humano, alcanzó la fama y la inmortalidad por similares motivos. Además, su recuerdo quedó también para la posteridad por dar nombre a la primera batalla de la guerra entre España y los Estados Unidos.

EL MULO DE SABANILLA

El 15 de febrero de 1898, estalló en pedazos el buque de guerra norteamericano “Maine” frente al puerto de La Habana. Como ya sabemos, fue el detonante para que Estados Unidos declarara la guerra a España el 21 de abril del mismo año.

Solo 24 horas después, ya estaba el Almirante William Sampson con toda la Escuadra Atlántica estadounidense fondeada frente al estuario habanero. Se iniciaba así el bloqueo marítimo a Cuba, y el último conflicto bélico del siglo XIX en la Isla, que terminaría con la derrota de los gaitos y la ocupación del país del norte.

Pero resulta que solo 5 días más tarde, el 26 de abril, Sampson recibió un informe secreto de sus espías en Matanzas, alertándolo de que el ejército español estaba construyendo a la carrera nuevas fortificaciones en la Atenas de Cuba, y decidió ir a destrozarlas a cañonazos antes de que fuera tarde.

Pensando y haciendo, William apareció en las primeras horas de la mañana del 27 de abril frente a la rada matancera con parte de su flota, a bordo de su buque insignia, el acorazado “New York”, y escoltado por los cruceros “Puritan” y “Cincinnati”.

Faltando 10 minutos para la una de la tarde, hora estándar del este en los Estados Unidos, el almirante dio la orden de abrir fuego a discreción contra la Batería de Sabanilla, el Castillo de San Severino y las fortalezas de La Vigía y El Morrillo, alcanzando también otras zonas no militares de la Atenas de Cuba.

Transcribo aquí, literal, el despacho cablegráfico que le mandó el general español Ramón Blanco Erenas, entonces Capitán General de la Isla de Cuba, al ministro de Guerra de España:

“Habana 27. Capitán General a Ministro de la Guerra. Medio día 27 tres cruceros norteamericanos rompieron fuego sobre batería del Morrillo, puerto de Matanzas sin causar daño. 32 disparos hechos solo 2 cayeron próximos batería; los nuestros hicieron 14 disparos contestados por cruceros con multitud de granadas metralla, que tampoco hicieron daño. Contra la batería “Sabanilla” hicieron más de 40 disparos; que sólo mataron un mulo. La batería disparó cuatro cañonazos por estar barcos solo al alcance de uno de los cañones; escuadra se componía de cinco buques que han disparado granadas contra plaza, cayendo varias de ellas, algunas, grueso calibre, sin causar daños población. Cónsules Francia y Austria protestaron contra violación guerra por bombardeo sin previo aviso; tropas plaza ocuparon sus puestos animadas mayor espíritu y digno mayor elogio de los fuertes cañoneados. Bombardeo duró una hora. Al parecer se ha causado averías barco enemigo tres chimeneas. Blanco”.

Al día siguiente, todos los periódicos cubanos, sacaban en portada el suceso, del que también se hicieron eco los corresponsales extranjeros en sus cables a otros periódicos foráneos. Y como es lógico, la nota de color la dio el mulo asesinado, única baja del conflicto.

Se sabe que el desafortunado cuadrúpedo, -que era original de Sabanilla- estaba pastando tranquilamente en las inmediaciones de la batería de Sabanilla, y allí lo cogió un bombazo procedente de los navíos yankees, dejándolo inmediatamente en el sitio, como les conté que le pasó a la vaca Rufina con el cohete “Thor”.

Ante tan rocambolesca noticia, las publicaciones amarillistas norteamericanas se dieron a la tarea de exagerar los daños causados por la artillería naval de Sampson, añadiendo que la bestia muerta en combate había sido enterrada con honores militares por las autoridades españolas, igual que un héroe humano. El hecho fue tan sonado, que esta primera acción naval norteamericana en Cuba fue conocida desde entonces por el vulgo como “El bombardeo del Mulo”.

Aunque la noticia no fue tomada en serio por los cubanos de la Isla, los periódicos insistieron en ella los días posteriores al ataque, y el 5 de agosto de 1898 el New York Times publicó una entrevista del tabloide británico “London Globe” a Míster Smails, jefe de los oficiales del vapor “Myrtledene”, un testigo presencial del entierro del mulo mártir.

Mr. Smails, había sido invitado a la ceremonia por un amigo español, estibador de los muelles, que contó los detalles de la pompa fúnebre:

“Había alrededor de 200 personas, incluyendo a numerosos oficiales de alta graduación y las autoridades de la ciudad. Todos iban en procesión acompañando con tristeza los restos de aquel desdichado animal hasta el campo donde iba a reposar, una banda de música que precedía el cortejo tocó música fúnebre todo el tiempo. Un oficial del Ejercito despidió el duelo al pie de la fosa y mientras se escuchaba una salva de mosquetería enterraron al cuadrúpedo envuelto en la bandera española”,

Dedico, pues, a mis contactos habaneros y matanceros esta extraña crónica animal. A los primeros les dejo una foto del sitio donde murió su mulo paisano, por si les da por pasar por el lugar a dejarle una ofrenda floral.

A los capitalinos les regalo otra instantánea del panteón donde fue enterrado el gorrión-general, en la necrópolis de Colón, ya sin el monumento. Se perdió hace tiempo, pero se conserva aun el basamento en el mismo sitio del sector noreste del camposanto, a la izquierda del portón de entrada, pegado a la calle Zapata.

También les dejo un plano del cementerio. Quien no tenga nada que hacer y se anime a darse una vuelta por allí una tarde de estas, puede redescubrirla y hacerle una foto a la inscripción que resume la anécdota. Cuando me fui de Cuba aun había un servicio gratuito de localización de tumbas, quizás aun exista.

Tengo curiosidad por saber qué rayos le escribieron los españoles al pajarito cubano fallecido.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
Ramiro Guerra – Manual de Historia de Cuba, La Habana, 1938
Revista del Habana Yatch Club – Artículo “El bombardeo de El Mulo”, enero 1929 p. 39.
The New York Times (5 de agosto de 1898)

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