InicioHistoriaUn día como hoy pero de 1897: Cuba primera Autonomía de España

Un día como hoy pero de 1897: Cuba primera Autonomía de España

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La Hispanidad empieza en Cuba

entre otros valores, Cuba encabeza el sentimiento de Hispanidad, porque se lo ha ganado

IV – Trasfondo histórico de la cuestión puertorriqueña

En 1897 el movimiento autonomista en Puerto Rico pudo lograr que España finalmente le concediera a la isla una Constitución propia, la Carta Autonómica

Descolonizar Cuba

los pueblos como el cubano son en esencia sociedades europeas trasplantadas a otro clima, otra latitud y longitud

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El 25 de noviembre de 1897 se publicó el Real decreto referente a la constitución autonómica de la isla de Cuba. Un olvidado documento que expresaba en su preámbulo las intenciones de la Corona de otorgar “una Constitución autonómica a un territorio español poblado por raza española y por España…” Núm. 331 Sábado 27 Noviembre 1897 TOMO IV. Pág. 639.
La autonomía venía siendo reclamada desde principios del siglo XIX por amplios sectores de la sociedad antillana, pero intereses poco confesables, incluso ahora 115 años después, siempre dieron al traste con el deseo profundo existente en el Caribe de normalizar la relación entre todos los territorios españoles de Ultramar. Como se sabe, la intervención norteamericana en Cuba dejó sin objeto al desconocido gobierno autonómico presidido por José María Gálvez.
Para organizar el nuevo poder las autoridades madrileñas, apoyadas por el nuevo mando militar dirigido por el general Ramón Blanco, recabaron el apoyo de la Junta Central del Partido Liberal Autonomista representado en la capital por Rafael María de Labra. La administración del señor Gálvez funcionó durante diez meses a partir del 1° de enero de 1898 y fue apoyada (aunque se dice poco o nada en los libros de historia publicados a ambos lados del Atlántico) por amplios sectores de la población, incluyendo numerosos insurrectos.
En la visión histórica habitual sobre la guerra de independencia de Cuba, los aspectos militares y diplomáticos suelen prevalecer claramente sobre la política. Cánovas, Weyler, Maceo y Mckinley dominan la escena, y la imagen de la acción española se centra en la impotencia, primero para dominar la sublevación, luego para evitar la intervención militar norteamericana. Queda de este modo enterrado el que tal vez fuera único acto político de importancia por parte de España en todo el proceso: la concesión de la autonomía a las colonias de las Antillas, no sólo a Cuba, por los decretos de 25 de noviembre de 1897, ahora hace un siglo. Por fin, y a buenas horas, era concedida la absoluta igualdad de derechos políticos de los españoles peninsulares y cubanos. Éstos elegirían una Cámara de Representantes y la mitad más uno de un Consejo de Administración, manteniéndose el Gobernador General «auxiliado» por el Gobierno autónomo o Consejo de Secretarios que en la práctica presidirá el líder autonomista José María Gálvez, teniendo a su lado tres autonomistas moderados y dos peninsulares reformistas. El españolismo integrista de la Unión Constitucional, amo hasta entonces de los destinos de la isla, pasaba a la oposición.El curso posterior de los acontecimientos sofocó el posible alcance de la medida, que se concretó en la entrada en funciones del Gobierno autónomo de la isla, en plena guerra, el 1 de enero de 1898. Los vencidos no suelen tener suerte en la historia, y menos quienes a esa condición añaden la apariencia de colaboracionismo. La experiencia autonomista resultó literalmente dinamitada en pocas semanas por una serie de hechos desgraciados, entre los que destaca la explosión del Maine,que actúa como justificación simbólica de la intervención militar de Estados Unidos. Ante la inminencia de la entrada en juego de la gran potencia vecina contra España, los insurrectos rechazaron la posibilidad de integrarse en el recién creado autogobierno.
Sociológicamente, eran abogados, profesionales, hacendados medios, en resumen, el germen de una burguesía nacional que era consciente de la disparidad de intereses con España pero también del riesgo de la anexión a Estados Unidos. Tal y como explicaba su portavoz más relevante, el matancero de origen catalán Elisco Giberga, la personalidad cubana se había desarrollado a partir de la española, pero impregnándose de la modernidad norteamericana. El autonomismo era la fórmula para desarrollarla económica y culturalmente evitando la absorción por parte del gran vecino. Rafael Montoro, el mejor orador del grupo, añadirá otro argumento de importancia: la inmadurez de Cuba, pero no por cualquier circunstancia metafísica, sino por contar con una escasa población que sólo mediante la llegada de una importante corriente inmigratoria (peninsular), y su posterior integración, podría sentar las bases de una existencia nacional. El autogobierno sería el marco imprescindible para que tal proceso fuera culminado con éxito. «Entonces, y sólo entonces, se habrá salvado Cuba para sí misma y para España», escribía en 1887, prologando precisamente un libro del también autonomista Raimundo Cabrera, que diez años después encabeza la colaboración con los patriotas insurrectos.
La enorme disparidad de intereses con la Península, potenciada incluso por gobernantes como Cánovas y Romero Robledo, condenó un intento que a pesar de todo hizo avanzar la conciencia nacional cubana. Luego los patriotas conseguirán su gran sueño, pero tras una guerra de devastación y mediante la intervención de Estados Unidos que provocó una nueva forma de dependencia.

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