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Saco y Martí

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La tradición política cubana ha sufrido de un exceso de demagogia. Ha sido la muchedumbre tan claramente la señora de la política doméstica, ha sido la dictadura de la opinión popular tan férrea, que solo en ello se explica en última instancia el por qué Martí, el político que nunca señala los defectos gruesos de la nacionalidad, fuera el escogido por nosotros para Apóstol de la Cubanidad.


No es que tildemos de demagogo a Martí. Por lo que se proponía, obtener la independencia en una circunstancia para nada favorable, no cabía más que sumar y para ello había que decir bien de todos y alagar a la muchedumbre. Referirse a los cubanos en un lenguaje bíblico que recuerda el de los primeros evangélicos, los de antes de la Guerra Civil Americana, cuando aún defendían por sobre todo el derecho a la libre elección.


Mas se impone señalar que es por ese constante lisonjearnos para lograr sumar adictos para la Guerra Necesaria, por ese hablar de nosotros como de un nuevo pueblo de Israel, más que por una independencia que en esencia no se logró según los planes martianos, que los cubanos lo escogimos a la manera de esa especie de semidivinidad patria en que hemos terminado por convertirlo. Por encima de otros que, como Saco o Mañach, su principal defecto no era si eran racistas o elitistas, si no esa molesta tendencia tan de ellos, insufrible para la muchedumbre cubana, de irle en contra a la opinión cuando esta no coincidía con la propia; o aquella otra de recordarnos nuestra extendida inclinación al juego y la vagancia, de enrostrarnos nuestra desmedida tendencia a no coger nada en serio.


Esta más que falta de autocrítica, intolerancia crónica a cualquier crítica, no importa su procedencia, este ocultamiento, relegación o hasta satanización de los líderes intelectuales que nos señalan el defecto, que les salen al paso a nuestros vicios, porque creen que no es de patriotas callarlos, ha sido letal para los cubanos. Privados de ellos, como pueblo nos ha sobrado demasiado el deseo de verle la paja al ojo ajeno, sin que por otra parte hayamos tenido mucha sensibilidad para esa multitud de vigas que hemos llevado desde siempre alojadas en el propio.


Esta es quizás la explicación más plausible de la poderosa tendencia cubana hacia el autoritarismo: El cubano, enfermizamente dependiente de la lisonja, le ha entregado por ella su libertad al primero que ha sabido subirlo por las nubes y señalarlo miembro de un pueblo elegido… cuando en realidad en el conteo general de nuestras virtudes y vicios no siempre hemos salido bien parados.


El que nos salváramos de la esclavitud política por tanto tiempo solo se explica gracias a ese otro defecto nuestro: la inconstancia. Porque en un medio en que los políticos aprendían desde la cuna la necesidad de lisonjear a la muchedumbre para trepar, la abundancia de los aspirantes a caudillos era tal que nos permitía saltar de uno a otro.


Hasta la llegada de Fidel Castro, en una circunstancia en extremo favorable para la autocracia, en que nuestra ruptura con Occidente le permitía al aspirante a caudillo no tener ningún escrúpulo en lanzarse por el declinante camino de la tiranía totalitaria vitalicia. Fidel Castro, quien en un verdadero blitzrieg eliminó a toda la posible competencia, y creó a su alrededor una maquinaria de control total sobre la sociedad, tan eficiente que ante ella de nada nos habría de valer desde entonces nuestra amada inconstancia.


Los cubanos, antes de escandalizarnos por fenómenos como Donald Trump o Jair Bolzonaro, deberíamos abandonar la hipocresía patriotera, y reconocer que de hecho casi toda nuestra historia ha estado poblada de políticos semejantes, peores. Tengamos el valor de reconocer finalmente, por ejemplo, que el summun de nuestros demagogos, Eduardo Chibás, era mucho peor que los dos arriba citados, y que la estela de desgracias que dejó trás de sí se extiende todavía reconocible hasta nuestro presente.

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