Por: Martín Fernández

Plácido Pomares Granda nació en Bacoi (Alfoz) el 27 de agosto de 1899. La vida, entonces, era dura y las perspectivas de mejora nada halagüeñas. Así que cuando cumplió 16 años subió al vapor Siboney y marchó a Cuba. El mundo era ancho y ajeno y él no tenía nada que perder. Era un tipo templado y temerario a la vez y vivía en un mundo en el que casi todo estaba por estrenar. Tuvo diversos oficios y negocios, probó fortuna en otros países y la vida le dio algunas vueltas. Pero en 1937 logró asentarse en La Habana y poseer una fábrica de muebles. Se casó con la gallega Herminia Morán, se nacionalizó cubano y presidió, durante años, la sociedad de Hijos del Valle de Oro. Los padres de Plácido se llamaban Francisco Pomares y Nicolasa Granda. Eran labradores. Vivían para trabajar y subsistir. El muchacho no se resignaba a perpetuar la cadena e, influido por vecinos emigrados y por ganchos que pintaban un mundo de color al otro lado del mar, decidió emigrar.

Llegó a La Habana en 1915 y su primer empleo fue como aprendiz en la mueblería Santa Teresa de la firma Rodríguez y Cía. Trabajaba por el alojamiento y le daban una pequeña paga con la que apenas podía vestirse pero no ahorrar ni tener ocios. Comprendió que por ese camino no llegaría lejos y, como era joven e impaciente, se inscribió en la zafra, en el corte de la caña de azúcar en el Central España que estaba en el municipio de Perico, provincia de Matanzas.

Cortando caña de azúcar

En esos años, el acceso de Cuba a la independencia había multiplicado las posibilidades de la industria azucarera, como recuerda Tania Machado. Se abrió el mercado de Estados Unidos, se construyeron vías de comunicación y ferroviarias y se abrieron las puertas a la inmigración y a los capitales europeos. El desarrollo del sector fue tal que la producción rebasó en 1913, por primera vez, los dos millones de toneladas. Y en 1925 llegó a quintuplicar la máxima producción registrada en el siglo anterior. Las condiciones de trabajo también habían variado. A principios de siglo ya había habido una emigración golondrina de gallegos a Cuba. Iban, se alojaban en bohíos ?cabañas con suelo de tierra construidas con guano y cañas-, trabajaban doce horas cortando caña y eran retribuidos con vales que canjeaban por víveres y productos. Ganaban poco, pero regresaban con algo… Cuando Plácido marchó a Perico en 1917, ya no se trabajaba así. La Ley Arteaga ?explican Naranjo Orovio y J.A. Vidal- puso fin a las prácticas antedichas y ahora se cobraba en efectivo, en función de las arrobas de caña cortada. Así que un hombre joven, fuerte y sano, dispuesto a trabajar duro, podía ganar en una campaña un dinero rápido y extra que, de vuelta en La Habana, le posibilitaba abrir un pequeño comercio o negocio, el sueño de todo emigrante.

Plácido fue uno de ellos. Trabajó a destajo. Pero con las ganancias estrenó al año siguiente un modesto taller de ebanistería, entre las calles Sol y San Ignacio que, después de algunas vueltas, le abrió las puertas a un nuevo mundo y a un nuevo modo de vivir.

Fue directivo del Centro Gallego e incrementó las actividades lúdicas y sociales

El ascenso económico de Plácido Pomares llevó aparejado su ascenso y brillo social. Fue apoderado y directivo del Centro Gallego con cargos en sus distintas secciones. En los años 50 presidió Hijos del Valle de Oro. Su directiva nombró Presidente de Honor en 1951, en un gran acto social, a Edelmiro Rey Pico, ex presidente de la entidad, para premiar sus 26 años consecutivos como directivo. En su etapa de gobierno, la sociedad incrementó notablemente sus actos lúdicos y sociales. Los periódicos, revistas y semanarios de la época, tanto cubanos como los pertenecientes a sociedades gallegas, daban gran cobertura a muchos banquetes de la sociedad. En el de 1956, por ejemplo, participaron más de 300 comensales y estuvo presidido por el presidente Plácido Pomares, su mujer, Herminia Morán, y su hija Sonia Beatriz. Le acompañaban en la mesa el vicepresidente José María Yáñez, su señora Ramona Nieto y su hija Josefina; el tesorero, José Sixto; el vicesecretario José Ramón Soler y su esposa Dolores Gómez; José María Rey y señora Estela Estévez; el secretario de beneficencia Horacio Sierra; el contador José Vázquez Vázquez y señora Avelina Correa; María González; Carmita Sierra; y otros como el doctor Armando Prieto y señora Delia Tenreiro y representantes de varias sociedades de emigrantes. Como era costumbre en la crónica social de la época, los periódicos recogían la presencia de “damas y damitas” como Felicia Criado de Martínez, Teresa Montero de Romero, Esperanza Rodríguez de Vila, Estrella Rodríguez, Honorina Harrison de Ledo, Dolores y Enriqueta Fernández, Felisa Criado de Martínez, Evangelina Montero, Elena Maestri, Carmita García, Olga Romero, Ángeles Freire de Prieto, Silvia Fernández de Vila, Angelina Fearé de Palmeiro, Consuelo Couceiro de Vila, María Vila, Julia Chao, Rosa Otero y “muchas más que harían interminable esta relación”, dice el cronista.

Tuvo varios negocios, vivió en la República Dominicana y fabricó muebles para la cárcel de La Habana

Pomares no había cumplido aún los veinte años pero la apertura de su pequeña ebanistería le permitió acceder a un mundo hasta entonces, para él, desconocido. El trabajo le producía rendimientos y podía decidir sobre su vida. En dos años ganó lo suficiente para volver, con algunos recursos y no derrotado, a su Bacoi natal y estar un tiempo con su familia. Regresó a Cuba en 1921 y abrió un nuevo taller entre las calles Teniente Rey y Aguiar en el que estuvo al frente hasta que lo vendió en 1924.

Con el dinero obtenido, compró un automóvil y se dedicó a chófer de alquiler. Según figura en la relación de españoles en Cuba de Monge Muley, llegó a manejar 14 vehículos. Pero el negocio solo le duró cuatro años. En 1928 se deshizo de él y se trasladó a la República Dominicana donde se estableció con otro taller de ebanistería que liquidó en 1933 para marchar un tiempo a Estados Unidos y regresar de nuevo a Cuba dos años después.

Conocía el sector y era un hombre de mundo. Así que abrió otra carpintería y consiguió del gobierno cubano un contrato para elaborar los muebles del Castillo del Príncipe ?la cárcel de La Habana- por un período de dos años. Tras una fugaz sociedad con un emigrante llamado Ramón Román, vendió su parte en ella y abrió a finales de 1938 una fábrica de muebles y venta de material y equipos de oficina. Se casó con la gallega Herminia Morán, se asentó en La Habana, se nacionalizó cubano y fue elegido presidente de la sociedad emigrante de Hijos del Valle de Oro.

Fuente:  La Voz de Galicia, martinfvizoso@gmail.com

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