Por Casimiro Sánchez Calderón

Conocí al entonces Sr. Ministro, D. Eduardo Zaplana, el día 14 de agosto de 2003. Día trágico, doloroso, de grandes incertidumbres y desconcierto en la ciudad de Puertollano, de la que yo era alcalde.


Llegó casi al mismo tiempo que D. José Bono ya bien entrada la mañana y compartió aquellas horribles horas del incendio con nosotros dentro de la Refinería.


No habían acabado las explosiones de las ocho de la tarde cuando les propuse a Bono y a él marcharse de la refinería y poner un puesto de mando en el ayuntamiento por si había que tomar decisiones de competencia nacional o regional.


La respuesta de ambos fue negativa, recuerdo la del Sr. Ministro Zaplana:» No puedo marcharme dada la situación, aquí todos debemos correr la misma suerte que los bomberos».


Son palabras que nunca he podido olvidar y que en aquel momento tan grave demostraban un valor y responsabilidad inequívoca. Es en esos momentos cuando mejor se conoce a las personas. Se marchó de la Refinería poco antes de las doce de la noche, cuando ya había desaparecido el peligro mayor.


Quizá sea por esto por lo que deseo que muera tranquilo en su casa rodeado de todos los que le quieren o porque no quiero que desaparezca dentro de mí esa pizca de piedad que, aunque sea en último extremo, me diferencia del resto del mundo animal y me humaniza.


Me sumo por tanto a todas las personas que confían en los profesionales de la medicina a la hora de tomar decisiones y las que opinan que debe morir humanamente en su cama y en su casa con los suyos.

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