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Por: Carlos Cabrera Pérez
El asesinato del piloto Oscar Pérez en El Junquito, removió mis recuerdos de aquella Venezuela saudita (1 dólar USA = 4,30 bolívares), adonde me llevaron mis padres.
El Junquito era para mi un sitio de excursión de fin de semana para montar a caballo, junto con las playas de La Guaira y La Colonia Tovar, donde subíamos (no sé si es correcto geográficamente) a comer salchichas alemanas.

Mi novia se llamaba Natacha y una tarde me pidió presentarme a un amigo. Solo un momento, dijo y ya él después se va. Tanto misterio me hizo sospechar que no se trataba de alguien normal o con vida normal.
Quedamos a la salida de un cine, donde si no recuerdo mal fuimos a ver El Zorro, en la versión de Alain Delon, aunque pudo haber sido otra película de aquellos años en que Caracas no tenía aún Metro, pero el olor de sus parrilladas y los batidos de lechosa (papaya) eran sublimes.
Oculté a mis padres aquella cita porque me habían leído la cartilla sobre la orden tajante de no mezclarme con jóvenes revolucionarios para preservar el delgado hilo de las relaciones diplomáticas con Cuba.
Cuando salimos del cine, Natacha me subió a un «Carrito por puesto» (1 bolívar por persona a cualquier punto de la ciudad) y me llevó a una barriada tranquila con casas blancas, entramos en una de ella y allí estaba su amigo.
Jorge Rodríguez, que era un dirigente estudiantil muy carismático y que lideraba las protestas frente al gobierno adeco. Jorge sentía curiosidad por Cuba y le conté lo que yo veía y pensaba entonces. Tuvo un pequeño sobresalto cuando le hablé de apagones y de la escasez de jeans, pero se repuso y me dijo: el bloqueo gringo.
Natacha y yo nos fuimos con nuestro amor a otra parte y, a los pocos días, vi en televisión que Jorge había sido asesinado por la policía en un enfrentamiento. Mis padres jamás supieron nada; pero me dolió su muerte como ahora me duele la de Oscar Pérez, cazado en El Junquito.
Mal país donde sus gobiernos asesinan a sus jóvenes; ya sé que Pérez era un militar sublevado y Rodríguez un estudiante indefenso; pero matar carece de sentido, salvo para los totalitarios y los perdedores.
Ah, y el caballo que montaba entonces, por cortesía de una catira con plata que decía amarme, se llamaba Sangre de toro; era un alazán noble y con un tranco armonioso como solo saben andar los caballos de raza.

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