Dentro de la tradicional crónica, capaz de engrandecer la machada de una borrachera y sobreponerla en interés a un parto, por ejemplo, nunca hemos tenido en cuenta activa y efectiva que la Crónica de Indias, aquella que hasta hoy mismo corrige, autoriza o censura el clero a su manera como amigos enemigos acérrimos de la condición femenina, la mujer que cruzó la mar no pasa de ser algo así como una anécdota centrada en la “Tapaditas de Lima”, el salto al “Lago Español” de doña María de la Jara, o fijar el número máximo de concubinas que podían trabajar para un cura párroco y tenerlo a pico de rey.

La monarquía española, de siempre y de ahora, atenta a lo que diga el confesor, nada más cuajarse la realidad de la existencia del otro lado de la mar oceana de la inmensa feliz extensión de tanta tierra dormida al conocimiento de la ciencia del momento y al despiste del espíritu santo que no se lo advirtió a su amigos los llamados padres santos, la monarquía española, en vez de atender realmente las necesidades prácticas de expansión y poblamiento de los territorios, siguiendo una moda y método que ahora llamaríamos colonialismo imperialista y nunca expansión y difusión del evangelio, de inmediato metió la uña en el asunto de las mujeres.

Puede que para antes de la primera decena de años del siglo XVI, ya tenía el clero contingentado y controlado por ellos el paso de las mujeres española a Indias, salvo las “sobrinas” de curas, frailes de misa y perlados. Y pronto prohibió el paso a Las Indias de mujeres solteras, de las que las que la carne de cura no les da locura, y que no querían salir de acá, para hacer lo mismos allá, con el cuento y la murga de la pureza de sangre y cientos de gaitas que no se le echaban al guiso de los hombres al otro lado de la mar.

Podía nombrar las mujeres que los cronistas de Indias, más papistas que el propio papa, nombraron como mujeres fundamentales pioneras en la expansión femenina por Las Indias, asunto del que no quiero ser cómplice, supuesto que el que quiera puede entrar en un buscador y le darán debida cuenta y relación de algo que no pasa de ser anecdótico, supuesto que no existen tratados sociales extensos y cabales que indiquen con detalle la tremenda importancia que significo la presencia de la mujer española entre los españoles en la otra orilla de la mar oceana.

La mujer española, que tuvo que recurrir la que quiso “hacer las Américas” a viajar de contrabando, mayormente desde Canarias, Norte de África o costa andaluza gaditana, a las tierras indianas, la ves, cuando entras en la crónica civil independiente, llevando el rancho por la actual Tejas, o asentada por las frías y lluviosas islas Chiloe, o en lo alto de las Punas, o en las llanadas de las Pampas y las venezolanas: Las ves por todas partes, teniendo siempre como amigo, con lo cual ya no necesitaba tener enemigo alguno, al real clero vaticano español; pero, a pesar, siendo de las cuatro patas del banco conquistador, la dueña de tres patas de él.

Disfruté, años atrás, escribiendo mi trabajo de Cuentos Indianos, porque pude recopilar pasajes verdaderos (que disimulé de nombre y de país en algunos casos) del hacer de aquellas valientes mujeres que cruzaron la mar con el ánimo decidido de emprender nuevas vidas, por nuevas tierras, y que pese a los yugos que inmediatamente les quisieron colocar los clérigos, y si lo quieren los clérigos lo quieren la autoridad, para que todo transcurriera allá, tal y como de penoso y triste siguió transcurriendo acá.

Y menos mal que la naturaleza, tiene décimas de segundo de sabiduría, y de vez en cuando interviene en un asunto. Así, aquel intento clerical de que la mujer guapa tenía que ser la que tenía la piel blanca como barriga de rana, se mutó por allá, y la mujer tostadica, blanca soleada, o morena de sangres, entró el manual de belleza que se le escapó de las manos a los clérigos.

No las miríadas de mujeres de todos los colores que tuvieron a su servicio en parroquias y conventos a modo de esclavas y matronas de crianza.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

1 COMENTARIO

  1. ME TRAJE DE LAS INDIAS

    Me traje de allí,
    una de las veces que estuve,
    algo que no se suele encontrar
    en abundancia.

    Tú estabas allí,
    sentada.
    No debo de decir
    que fue tu mirada,
    porque cerré
    los ojos
    de inmediato,
    nada más mirarte,
    porque presentía
    lo que me jugaba.

    Una mecedora
    de madera,
    la recuerdo
    como si la estuviera viendo
    ahora mismo,
    y tú, allí,
    bajo el porche sentada
    en tu tierra
    de aquel lugar del poniente
    donde existe un trópico
    que desde entonces
    es mi tierra,
    porque mucho de lo que tengo,
    me lo traje,
    y no encuentro
    nada que llene más mi verso,
    como lo llenó para siempre
    tu mirada.

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