París, 9 de junio de 2020.

Querida Ofelia:

Hace dos años, durante mi último viaje a los EE.UU. estuve conversando en su casa de West Palm Beach con Luisito, el hijo de tu gran amiga de juventud María Eugenia.

Al fin me envió hace dos semanas las fotocopias del diario que escribió su madre, “mientras contemplaba el mar desde la terraza de su casa”-me dijo. Añorando al mismo mar, pero visto desde su isla tan cercana geográficamente y tan presente en sus recuerdos.

Acabo de leerlo. Es el pequeño libro de una gran dama. Más que un testimonio de una época, es una obra literaria. 210 páginas que se leen casi conteniendo la respiración por la emoción.

María Eugenia encarnaba maravillosamente a la mujer joven bohemia contemporánea: independiente, sofisticada, inspirada, talentosa y pionera, con un compromiso sin compromiso en todo lo que emprendía.

En su juventud había poseído una increíble belleza latina intemporal. Su rostro parecía haberse escapado de un cuadro de Eugène Delacroix. Sus labios y sobre todo su mirada, en la cual llevaba la luz del cielo cubano, hacían caer hasta al más pinto, frente al muro de respeto que ella se había construido a su alrededor, desde que había sido elegida reina del Carnaval de su terruño.

La recuerdo luminosa en la Colonia Española y en el Club Campestre Cubanacán de la Villa de Marta Abreu, cuando alguna orquesta famosa como América, Fajardo y sus Estrellas, Aragón, etc., llegaban desde la capital a amenizar un baile. Los pretendientes eran muchos, pero ella los evitaba fácilmente, gracias a su savoir faire.

Su padre abogado no le permitió participar en los concursos de belleza organizados en San Cristóbal de La Habana, como el de Reina del Carnaval o Miss Cuba. Tampoco la autorizó a posar para los fotógrafos de moda. Él estimaba que la farándula no era para ella.

María Eugenia había terminado los estudios de Derecho en la Universidad de La Habana. Tenía 25 años cuando su padre fue detenido por la milicia en abril de 1961, acusado de posible conspirador. Mientras los cubanos se mataban entre ellos en las arenas de Playa Girón y Playa Larga, miles de personas eran detenidas a lo largo de toda la Nación. Cuando terminó todo con el fracaso de los que habían desembarcado en La Bahía de Cochinos, para impedir que Cuba cayera en manos del comunismo, su padre pudo salir de La Ciudad Deportiva. Había estado allí detenido con otros miles de supuestos conspiradores. Tomó la sabia decisión de partir, de abandonar todo lo material que poseía e ir en busca de la Libertad junto a su esposa e hija en tierras del Norte.

Mientras esperaba “la salida”, María Eugenia y su familia fueron testigos de cómo aquella Revolución con la cual habían simpatizado comenzaba a convertir a cada cubano en un “hombre nuevo” ¿Les volvería cretinos irresponsables?

Iba al cine América, su preferido pero…ya solo proyectaban aburridas películas: rusas, checas, húngaras o de la R.D.A., en blanco negro. En la radio ya no se podían escuchar las canciones de los artistas que habían abandonado el país: los “gusanos”.

El cubano de a pie comenzaba a perder sus ilusiones y a interrogarse sobre su propia moral y lo bajo que estaba cayendo; a buscarse entre las sombras de sí mismo, para tratar de encontrar lo que había sido, antes de que todo comenzara a derrumbarse. Y las palabras escritas por el más grande de los cubanos comenzaron a guiar a cientos de miles de ellos: “Prefiero ser extranjero en otra Patria a serlo en la mía.” José Martí

Los héroes, todos los héroes, eran los símbolos de aquella Revolución que se buscaba a fuerza de ser cada vez menos gloriosa.

Su novio Carlito – que había conocido en la Universidad-, se había convertido en un “compañero” miliciano traumatizado hasta los huesos, que vivía en la negativa de la realidad. Se negaba a ver cómo su país se estaba convirtiendo en un inmenso campo donde reinaba el terror revolucionario: fusilamientos, condenas a 20 años de cárcel por cualquier cosa, injusticias, turbas histéricas que desfilaban pidiendo: ¡Paredón, paredón!

Testimonio de una época deprimente, el diario de María Eugenia está como inmerso en aguas frías. El sueño revolucionario cubano se volvió efectivamente glacial. Y cuando María Eugenia se despertó en Miami en 1963, ya su Revolución y Carlito habían muerto para ella. Una nueva vida comenzaba, mientras las bandas que creían interpretar marchas militares al desfilar por La Plaza de la Revolución- la que fuera Cívica-, en realidad sólo interpretaban un Requiem por la Revolución.

En el 1983 ella vino a París con su esposo de origen irlandés y el fruto de su love story: Luisito. Se hospedaron en el Hôtel Ritz de la Place Vendôme. Nos dimos cita en el bar del hotel. Ese famoso bar “liberado” por Ernest Hemingway de la ocupación alemana, cuando entró a la Ciudad Luz junto a las tropas americanas en agosto de 1944. Estuvimos paseando durante toda la semana por París. Su cultura era enorme, al igual que la de su esposo e hijo. Mi esposa, mi hijo y yo, quedamos fascinados ante su belleza intemporal y sobre todo su extraordinaria élégance d’esprit.

Tengo las fotos que ella después me envió de aquella inolvidable semana. Las tomadas durante nuestra cena en el Restaurant La Tour d’Argent, son dignas de ser publicadas en Vogue.

Estoy seguro que María Eugenia descansa en paz por la eternidad muy cerca de Dios. Siempre fue una mujer honesta, amable, refinada… que conociendo la belleza que Dios le había dado, no la explotó para escalar posiciones.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras allende los mares,

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019. ISBN: 978-2-312-06902-9

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