Españoles de Cuba

Malvinas como el anti-Proceso

Por: Nicolás Kasanzew

De Alfonsín en adelante se intentó contaminar la Gesta con las atrocidades y estupideces del denominado Proceso de Reorganización Nacional.

Pero en realidad la guerra de las Malvinas no fue una consecuencia del Proceso, sino del sentir patriótico del pueblo argentino todo, para el cual recuperar las islas era una Causa Nacional.

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La única coincidencia que la Gesta de Malvinas tiene con el Proceso, es cronológica. En todo lo demás es su antítesis, empezando por el hecho de que el Proceso llevó a cabo una guerra sucia (eso sí, desatada primero por el terrorismo marxista, pero sucia al fin y por lo tanto injustificable en sus métodos) y la de Malvinas fue una guerra limpia. En un congreso de historia militar en Trieste, en el 2009 una de las conclusiones fue que, siendo una guerra del siglo XX, en Malvinas se aplicaron códigos de honor propios del siglo XVIII (con las excepciones que confirman la regla, claro está).

Es que la guerra de Malvinas no sólo no fue una consecuencia del Proceso, sino que se hizo a pesar y en contra de la voluntad de los gobernantes militares del país.

Por empezar, la guerra fue plebiscitada por el pueblo en todas las plazas del país y en la Plaza de Mayo el 10 de abril. Cuando Galtieri salió ese día al balcón –está en los videos de la época– cada vez que decía «yo, presidente de los argentinos», era silbado. Y cada vez que proclamaba «les presentaremos batalla», era ovacionado.

Como me comentaba el periodista Manfred Schönfeld: «Cuando la gente fue a aclamar la causa de las Malvinas a Plaza de Mayo, muchos mostraron un fino sentido de la diferenciación, que me llamó la atención acerca de la madurez del argentino medio, porque había sectores, evidentemente, que eran furiosos enemigos del gobierno de Galtieri y cada vez que en su breve alocución él hacía una alusión a su gobierno, silbaban y abucheaban, pero cada vez que hablaba de las Malvinas se desgañitaban de entusiasmo y de júbilo. Lo cual demuestra verdaderamente que nuestras masas no son despreciables de modo alguno, en cuanto a su intuición y capacidad de discernimiento».

También había carteles que proclamaban: «Malvinas sí, Proceso, no». El pueblo argentino en ese momento, con toda claridad, separaba al gobierno de turno de la Causa Nacional, la paja del trigo. Fue después que se mezcló todo adrede.

¿Otra prueba? Cuando el general Galtieri se convence de que Estados Unidos no va a permanecer neutral, le dice angustiado al titular de la cartera de Defensa (esto me lo confió Jorge Vicchi, sobrino del ministro Amadeo Frúgoli): «¡Hay que retirar inmediatamente las tropas!». A lo cual Frúgoli le contesta: «¡No podemos! ¡Si hacemos eso, el pueblo nos cuelga en Plaza de Mayo!»

Más pruebas al canto. Cuando el general Menéndez se rinde ante los ingleses el 14 de junio, el pueblo se lanza de nuevo a Plaza de Mayo, esta vez para exigir la continuación de la guerra, gritándoles «¡cobardes!» a los generales, y es apaleado por la policía del Proceso. El pueblo no quería la rendición, el Proceso sí.

Y no se trataba solamente de las clases populares. Los intelectuales se habían apasionado por igual. Por aquellos días de abril el historiador Félix Luna escribió: «La recuperación de Malvinas abre perspectivas insospechadas. Nadie puede saber cómo se definirá el conflicto que hoy enfrentamos. Pero en estos días tenemos dos certezas: una, que la Argentina ya no será la misma, en todos los terrenos. La otra certeza: que el espectáculo de formidable unidad ofrecido por la Nación en estas horas solemnes inaugura posibilidades que un mes atrás parecían irreales. Así pues, sería criminal dilapidar el espíritu de abril del 82 (…) La vibración nacional suscitada por la recuperación de las Malvinas debe potenciarse para ser proyectada al futuro (…) ahora hemos comprobado que una decisión firme y una cohesión profunda pueden convertir la utopía en realidad. Pueden hacer salir algunos viejos sueños argentinos de su instancia mágica y volátil para adquirir consistencia en el terreno duro y trabajoso pero fascinante de los hechos concretos. Esta evidencia posibilita la vertebración de una nueva etapa histórica con un contenido fecundo, triunfante, alegre»…

Y el diario La Nación del 27 de mayo de 1982 traía esta noticia: «Madrid, 26 (AP).– El escritor argentino Ernesto Sabato no pudo hoy evitar los sollozos durante una entrevista por la Radio Nacional de España al referirse al conflicto armado entre la Argentina y Gran Bretaña. ´En la Argentina no es su dictadura militar la que lucha. Es el pueblo entero. Todos por encima de cualquier color político… estamos luchando por nuestra dignidad, estamos luchando por extirpar el último resto del colonialismo. No se engañen en Europa –añadió–. No es una dictadura la que lucha por las Malvinas, es la Nación entera´».

El historiador Ricardo Tabossi, en su libro Quousque tandem, Inglaterra? sostiene que «la vinculación de la Guerra Austral con el Proceso –como si se tratara de una atmósfera de humo para mantenerse en el poder–, no sólo constituye un fraude con que se intenta dañar a la verdad histórica, sino que, por los efectos producidos, no dudo en reconocer su origen británico y el objetivo buscado: dividir y confundir, para que el núcleo espiritual básico, que es la conciencia nacional, se torne vacilante e inseguro».

Quienes tratan de identificar a Malvinas con el Proceso, no buscan otra cosa que ensuciar la Gesta asociándola a un gobierno que representó todo lo contrario a la mística y a los valores que inspiraron a los combatientes de nuestra guerra austral.

Los gobernantes del Proceso no nos llevaron a la guerra. Sólo hicieron un amague; la reacción del pueblo fue la que los obligó a entrar en guerra. Y eso no es echarle la culpa al pueblo, sino todo lo contrario, ensalzarlo. Fue la hora más gloriosa del pueblo argentino: unido como nunca lo estuvo en toda su historia en torno a una Causa Nacional, sin tibios ni sectarios, sin distinción de banderías y obligando a los gobernantes del Proceso a pelear una guerra que no habían querido, ya que estúpidamente pensaron que con variadas fintas, zafaban. Por eso es que la pelearon tan mal: porque no la querían hacer. Por eso tamaña improvisación y tantas medidas interruptus. Subestimaron tanto al pueblo argentino, como a los ingleses. No sabían nada de historia y por eso no se dieron cuenta ni de la provocación británica, ni de que ante una humillación como la del 2 de abril, Inglaterra intentaría lavarla con sangre. Y no contaban con que el pueblo y los combatientes, al revés de ellos, se iban a tomar la guerra en serio.

De querer ir a la guerra, el Proceso hubiera traído los cañones SOFMA de entrada, hubiera alargado la pista de Puerto Argentino, hubiera minado el estrecho de San Carlos, hubiera enviado buques de guerra a Malvinas, aunque más no sea las lanchas rápidas, y muchas iniciativas más.

El Ejército tenía 18 piezas SOFMA en Junín, y nadie se molestó en traerlas a las islas. Eso no era mera imprevisión, sino una palpable manifestación de que en el Proceso nunca se pensó en llegar a una guerra.

Los generales y almirantes no la previeron ni la quisieron. Pensaron en un acto de presencia: tomar Malvinas y luego sentarse a negociar. El general Alfredo Saint Jean estuvo de visita en Puerto Argentino a principios de abril y cuando hacía compras en el West Store de los kelpers, se le acercó un oficial del Regimiento 25, quejándose de que no había antióxido y lubricante para los fusiles y estos se iban a arruinar. Y el general le contestó muy suelto de cuerpo: «No se haga problema, ya que no va a haber guerra». Por eso mandaron tropas bisoñas a las islas, por eso mandaban morteros sin los aparatos de puntería correspondientes.

Como escribí en una de las estrofas de la canción «Bautismo de Halcones»:

Los jefes que medran en la retaguardia
pensaban tan sólo amagar y fintear,
pero los halcones, del cielo la guardia,
a todo o nada se van a jugar.

Hay dos maneras de ver el protagonismo del pueblo en Malvinas.

  1. Despreciativamente, diciendo que se lo tomó como un partido de fútbol.
  2. Reconociendo, que aún con todos los defectos que tiene (la ligereza quizá sea el peor de ellos), el pueblo argentino es capaz de jugarse por una causa noble. Yo adhiero a esta última.

Nuestros combatientes, que no fueron otra cosa que el brazo armado del pueblo, lo probaron. Ellos no fueron a Malvinas a amagar, como era la intención del gobierno del Proceso. Se jugaron enteros.

Otra prueba contundente de que se trataba de una causa del pueblo y no del gobierno, es que doscientos mil civiles se anotaron en el Ministerio de Defensa como voluntarios para ir a pelear a Malvinas. Había entre ellos pilotos civiles que se ofrecían para lanzarse como kamikazes contra la flota enemiga, aspirantes en sillas de ruedas, gente de todas las edades. Conocí a varios de ellos: ninguno se presentó sólo para pavonearse, sé que se hubieran hecho matar. Mi maestro scout, Nicolás Siedlarewitsch, tenía ya setenta y tres años cuando se registró y estoy seguro de que hubiera hecho un dignísimo papel.

Y una prueba más, que provino de una fuente insospechable de simpatizar con los militares: Cristina Kirchner. El 23 de marzo de 2010 la presidente agradeció al Perú el apoyo brindado a la Argentina durante la Gesta de Malvinas. Durante su discurso en el Palacio Legislativo de Lima, destacó que «durante la gestión del presidente Belaunde Terry se ordenó sin dudar, poner a disposición de nuestro país, aviones Mirage, misiles y pilotos que fueran a combatir junto a los argentinos». La presidente venía así a confirmar, quizás sin darse demasiada cuenta, que esa guerra era una causa de la Nación y no del gobierno.

Los generales y almirantes de ese gobierno merecieron, por cierto, haber sido severamente castigados justamente por NO haber hecho la guerra. Por no haber preparado la defensa, por no haber atacado al enemigo y por haberse rendido prematuramente, cuando todavía podían combatir. Es que aún no tenían fuera de combate, ni remotamente, a los dos tercios de su tropa, tal como lo exige el código de justicia militar.

La guerra se hizo en contra y a pesar, de la labor quintacolumnista del gobierno del Proceso, que sistemáticamente saboteó las posibilidades de victoria que tenían nuestros combatientes.

Para el 14 de junio todavía no habían entrado en combate los Regimientos 3, 5, 6, 8 y 25 (sólo combatieron algunas secciones de ellos). El famoso Turco Seineldín, por ejemplo, como ya dije, no llegó a entrar en combate. Y el BIM 5 del capitán Robacio estaba intacto.

Los jefes militares ingleses atestiguan que estaban a punto de quedarse sin municiones, cuando se produjo la capitulación.
El jefe de la flota inglesa, almirante Sandy Woodward, escribió en su diario el día 13 de junio: «Francamente, si los argentinos pudieran sólo respirar sobre nosotros, ¡nos caeríamos!» (Los cien días, editorial Sudamericana, 1992, p. 340. Citado también por Nigel West, en La guerra secreta por las Malvinas, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1997). Woodward apuntó eso el mismo día en que Menéndez decidía rendirse.

Y el almirante inglés explicó parcialmente el porqué de esas palabras, al cumplirse un cuarto de siglo de la guerra: «El invierno llegaba, no había ninguna posibilidad de que nuestros barcos pudieran estar más tiempo en el agua sin mantenimiento» (Clarín, 3 de abril de 2007).

En una entrevista que la revista Gente publicó después de la guerra, el jefe inglés, general Jeremy Moore dijo: «Todavía no entiendo por qué se rindieron».

Y en su libro The battle for the Falklands Max Hastings, quien acompaño a las tropas enemigas, señala: «Al tiempo que la fuerza de desembarco recorría los últimos kilómetros que la separaban de Port Stanley, la mayoría de los británicos seguían perplejos ante lo súbito de la victoria. Alrededor de Port Stanley quedaban centenares de hombres que apenas habían disparado un tiro. Los triunfadores observaban asombrados los grandes acopios de armamento, munición y equipos, que los argentinos podían haber usado contra ellos. Cuando los primeros oficiales ingleses recorrieron el ventoso camino hacia la pista de aterrizaje y observaron regimiento tras regimiento de infantería… no lograban entender la conducta de Menéndez».

Por otra parte, en el documental de Discovery Channel que se puede encontrar en YouTube, Malvinas, lo que pudo haber sido, los jefes militares ingleses, uno tras otro, atestiguan que estaban a punto de cejar en su esfuerzo bélico cuando Menéndez se rindió. Y se asombran de que este general nunca hubiera lanzado la contraofensiva, que ellos, los ingleses, estaban esperando con gran temor. Como también se asombran de que los almirantes argentinos no hubieran minado el estrecho de San Carlos, lo cual directamente hubiera imposibilitado el desembarco. Y de que los brigadieres no hubiesen alargado la pista de aterrizaje de Puerto Argentino, para que los cazabombarderos pudieran despegar de allí. De esta manera, las fuerzas terrestres quedaron aisladas del continente y abandonadas a su suerte, sin apoyo aéreo ni naval.

Cuando el 14 de junio por la mañana Galtieri insta a Menéndez a pasar a la acción, le dice (cito el libro de Yofre 1982, p. 474): «Emplee todos los medios que tiene del Regimiento 3, del Regimiento 25 y contraataque. Use todos los medios que tiene a su alcance y continúe el combate con toda la intensidad posible, moviendo al personal fuera de los pozos».

El general Menéndez le responde con una larga parrafada, en la cual miente, por lo menos, tres veces.

  1. «El BIM 5 ha contraatacado varias veces durante la noche, tres y cuatro veces y ha sido rechazado». Falso, el BIM 5 nunca contraatacó.
  2. «El Regimiento 25 ya fue desplazado hacia delante». Falso, esa unidad siempre permaneció en su lugar.
  3. «La tropa no da más, está peleando a brazo partido en las trincheras, yo lo he visto». Falsa la última parte. Menéndez no vio nada, porque nunca se acercó, ni a tiro de cañón, a las trincheras.

No, no fueron los generales, almirantes y brigadieres los principales protagonistas de la guerra de Malvinas. Además de los oficiales de menor grado, suboficiales y conscriptos, fue la población que, sobre todo en el sur del país, apoyó con toda el alma el esfuerzo bélico. Y ese apoyo muchas veces se estrelló contra la culpable desidia de los mandos militares. Esto es lo que me relató, por ejemplo, el doctor Hugo Esteva, prestigioso cardiólogo porteño:

“A raíz de haber logrado ser movilizados al Sur para la guerra con Chile que no fue, se me reunió esta vez un equipo médico calificado que ofrecimos a cada una de las tres Fuerzas Armadas. Me acompañaban el jefe de Cirugía Cardiovascular, el de Anestesia, la jefa de Instrumentadoras y un destacado especialista en Terapia Intensiva, todos del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires, todos voluntarios para cruzar a las islas, independientemente de nuestras muy distintas maneras políticas de pensar. Era exactamente lo que se necesitaba en el frente de combate. El Ejército ni siquiera contestó; la Marina mandó una nota de agradecimiento redactada seguramente por un amable burócrata; la Aeronáutica, en cambio, me citó una tarde en su Hospital Central, unos pocos días después de la reconquista. Nunca me he sentido tan imbécil en mi vida. Me recibieron el Director –seguramente porque me conocía a raíz de nuestro mutuo interés por la Educación Médica- y un par de colaboradores: puedo asegurar que no sólo no creían que fuera a haber combates, sino que para lo único que con suficiencia decían estar preparados era para recibir a los heridos allí, en Buenos Aires. Traté de insinuar que, como después hicieron los ingleses y se había inaugurado en Vietnam, lo correcto era armar el mejor hospital de campaña lo más cerca posible de los combatientes. Un cortés silencio lleno de menosprecio fue toda la respuesta. Y nos tuvimos que quedar en casa, testigos de una más de las defecciones de los mandos responsables”.

(De mi libro «Malvinas a Sangre y Fuego»).

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