José Gabriel Barrenechea.

El tránsito de la Autocracia a la Democracia es en esencia contradictorio. Se busca transformar una sociedad sostenida en la acción colectiva en otra centrada en la acción individual. Pero es a la vez evidente que para derribar a la Autocracia se requiere una acción colectiva. Por lo que la misma naturaleza del cambio que se persigue tiende a impedir el que se pueda efectuar.

El paso de la Autocracia a la Democracia en Europa Occidental, que duró siglos, fue posible porque surgió una capa social, la clase media burguesa, capaz de aglutinar la acción individual en esfuerzo colectivo.

En las autocracias europeas se conservaba un elevado nivel de independencia económica individual, que ante las favorables circunstancias que trajo el descubrimiento de América, y el establecimiento de bases comerciales en el camino de Europa al Lejano Oriente, pero sobre todo gracias a una particular evolución de ciertas ideas religiosas disparadas por la Reforma (Max Weber), provocó el surgimiento de esas capas burguesas. Cuya principal característica distintiva era el estar interesadas, de modo consciente, en el mantenimiento de esas libertades económicas, pero sobre todo en su ampliación. Fue en la consecución de esta ampliación que la capa burguesa, profundamente individualista, descubrió que incluso también la acción individual podía convertirse en acción colectiva. Es más, que de hecho la acción colectiva conseguida mediante la consensuación de los intereses individuales era mucho más efectiva que la acción colectiva basada en la subordinación jerárquica.

Fue así que la burguesía inventó la Democracia Liberal Representativa como eficiente mecanismo para convertir la acción individual en esfuerzo colectivo, y a la vez toda una serie de ideas socializadoras nuevas, cual esa de Nación, que fueran capaces de atraer a las masas bajo sus banderas en el enfrentamiento a la Autocracia.

Sin embargo, en sociedades totalitarias del tipo de la cubana, esas capas medias son sistemáticamente purgadas, y por lo demás, incluso cuando se permite cierta independencia económica individual, esta es solo tolerada, y siempre al borde mismo de lo legal. Por tanto, falta el elemento aglutinador que en Europa permitió originalmente el paso de la Autocracia a la Democracia.

Ante el escenario cubano, por tanto, un primer modo en conducirnos a la Democracia sería al lograr la legalización de un nivel alto de libertad económica. Para esperar a que esa libertad promueva las capas sociales naturalmente interesadas en la democratización.

En teoría no habría que esperar tanto como en Europa, dado que a diferencia del europeo que no tenía ningún referente que le mostrara que en Democracia habría de alcanzar el nivel óptimo de libertad económica, una conclusión a la que solo pudo llegar por tanteo (pero sobre todo por el desarrollo de una ética protestante), para el cubano esa relación entre Democracia y libertad económica es una perogrullada con la que convive dentro de la atmósfera intelectual en la que vivimos la mayoría de los terrícolas hoy día, incluso en lugares tan fuera de la norma como lo es Cuba.

Por tanto, si en Cuba se consiguiera que el régimen concediera un marco claro legal que amparase un cierto nivel de libertades económicas, es evidente que al menos en teoría la Democracia estaría a la vuelta de unos pocos años.

El asunto está en que como el régimen sabe que conceder esas libertades marcaría inexorablemente el principio de su fin, nunca dará ese paso. Por ello es que incluso ahora que una hambruna amenaza al país, nada menos que en medio de una epidemia de cierta letalidad, la cúpula dirigente no transige en liberalizar la producción y distribución de los productos agropecuarios, y por el contrario, el medio oficial de esa cúpula rescata del polvo de los anaqueles los fundamentos del Estatismo Feroz de 1984.

Es necesario entender que aquí se presenta un problema de legitimidad, insoluble para la generación actual en el poder. Las bases del autocratismo cubano fueron elevadas por Fidel Castro sobre el igualitarismo, y el imprescindible control de la libertad  económica para conseguir mantenerlo, y si bien quizás Raúl Castro habría podido reformular esas bases, no se atrevió. Cuando comenzó a hacerlo no tardó en comprobar la erosión que esto implicaba a los fundamentos del régimen, por lo que retrocedió atemorizado ante unos cambios que implicaban algunas reformas al credo oficial que simplemente estaban mucho más allá de su nula imaginación.

En cuanto a Diaz-Canel ya no es en su caso un asunto de falta de imaginación, la cual de manera evidente tampoco tiene muy abundante. Sino que este “muchachón”, que no participó de la erección del régimen, y que incluso nació después de su establecimiento, no puede romper con el legado de los fundadores del régimen sin riesgo de enfrentar la oposición en bloque del inflexible cuadro administrativo encabezado por la Seguridad del Estado, o simplemente los intentos de los que se consideran con tantos o más méritos que él, dentro de ese cuadro, de desplazarlo del poder para sustituirlo ellos (el compañero de Santiago, por ejemplo), y a quienes esas “innovaciones” les darían la oportunidad de apropiarse de las banderas de “la continuidad” con la obra del Comandante. Es a consecuencia de ello que todos los remedios a la crisis del Canelato no pasaran nunca más allá del continuismo pueril.

Debe agregarse que en el momento actual del mundo, en que la ética protestante que creo la mentalidad necesaria al impulso del Capitalismo ha perdido mucho de la posición que llegó a disfrutar en esa atmósfera intelectual de la que más arriba hablábamos, tampoco se puede dar por sentado que al concederse libertad económica necesariamente surja una capa social interesada en su ampliación.

El asunto es, por ejemplo, que en el momento actual en que el mercado mundial está copado por las Megacorporaciones económico-financieras, es relativamente fácil para un Estado autoritario hacer entender a esas capas medias de que solo pueden conservar sus negocios o empresas gracias a su férreo control de la libertad económica y política. Que es él el responsable, con su autoritarismo, de mantenerles al mercado isleño sólo para ellos, sin tener que competir por el mismo con esas omnipotentes Megacorporaciones.

Pero no hay que desanimarse: el paso de la Autocracia a la Democracia no solo ocurre porque surja una capa media interesada en la ampliación de la libertad económica. También puede darse por el interés en la modernización del régimen de un sector de la cúpula gobernante, y sobre todo por la presión en la misma dirección del cuadro administrativo (burocracia).

El asunto aquí no es por lo tanto crear una capa media interesada en la democratización, ya que como hemos visto el régimen no tolerará el medio para crearla (liberalización económica real), y a la cual en última instancia tiene maneras de hacerla compartir su interés por el sostenimiento de la Autocracia. El plan es socavar la firmeza ideológica del régimen al infundir en un sector creciente del cuadro administrativo, e incluso en una parte de la cúpula dirigente, el interés por la extensión  de esa clase media protegida por el autocratismo estatal, no interesada a su vez en una verdadera liberalización económica, sino en una fluida relación de compadreo con los que mandan.

Esto es relativamente fácil en una sociedad cubana que nunca, ni en los tiempos de la epopeya revolucionaria, allá por 1961, abandonó por completo el deseo de consumir a la americana, y que después ha ido imponiendo el consumismo como la filosofía de vida del individuo, a contrapelo del régimen y su intento de imponer una filosofía colectivista, de cruzados en campaña eterna contra el Capitalismo y el Imperialismo americanos. En este sentido es evidente que a los dirigentes y miembros del cuadro administrativo del régimen les gusta lo bueno, o sea, vivir los estándares de vida del occidental contemporáneo suyo, y que esta realidad no es nueva.

Por tanto, la creación de una capa media no es importante porque por ella misma vaya a impulsar la democratización, que como hemos visto el régimen tiene modos de hacerle entender que no le conviene, sino porque al ser puesta bajo el control estricto del cuadro administrativo, y entrar en contacto íntimo con el mismo, lo corrompe, sobre todo al interesarlo en una cada vez mayor ampliación de las libertades económicas.

Interés en la ampliación de las libertades económicas que no concluye como en las clases medias en la creación de un mercado protegido por el autocratismo, sino que va más allá. Porque una vez en el camino de la corrupción para hacer sintonizar sus condiciones de vida a las de sus semejantes en el Occidente que más les queda a la vista (EEUU), nada los detendrá de traicionar a las clases medias isleñas y a los pequeños intereses que los apoyan desde el Exilio, para buscar establecer con el Capital Transnacional y las Megacorporaciones las mismas relaciones de compadreo que antes establecieron con aquellas.

Una vez en este punto el régimen ha firmado su sentencia de muerte. Su desaparición es inevitable, y su evolución futura dependerá de si los sectores enriquecidos del cuadro que dominen directamente, o tras bambalinas, consiguen transferir parte de su prosperidad hacia las masas, sobre todo hacia las clases medias. En cuyo caso tendremos una evolución similar a la chilena. O no lo consigan, y ni tan siquiera se den cuenta de esa necesidad de compartir, ante lo cual podremos evolucionar hacia una enorme variedad de posibles destinos. Uno de los más probables un estado fallido tipo Honduras, o si surge una centro izquierda activa y con un liderazgo inteligente, que logre acaparar las tendencias socializantes de las masas cubanas, quizás podríamos convertirnos en una Costa Rica, pero sin molestas costas terrestres.

Corromper al cuadro administrativo del régimen era en esencia el verdadero plan de Obama para acabar con él. Plan que se completaba con el efecto que traería sobre los segmentos superiores del régimen la relación fluida con los EEUU.

Con dicha relación se intentaba comprometer a los amplios sectores académicos, intelectuales, empresariales, funcionariales, abogadiles, militares o policiales… que participarían en eventos o asistirían a la elaboración de acuerdos diplomáticos, comerciales, financieros, incluso militares o policiales, de la necesidad de conservar esa relación fluida con el enemigo, que de repente había venido para mejorar su vida y la de su familia a niveles nunca soñados por ellos. Lo cual creaba las explosivas condiciones para que cuando el sector duro, inmutable en su ortodoxia fanática decidiera dar marcha atrás al proceso de Acercamiento, lo que sin duda haría en algún momento, el régimen se encontrara con una amplia oposición dentro de él mismo. Una oposición que de darse una muy probable alianza entre la amplia base del cuadro administrativo corrompida por los valores del consumismo, interesada en la promoción de la libertad económica, con su parte alta interesada en la fluidez de relaciones con el vecino, habría terminado por hacer implosionar al régimen.

Este plan obamista, basado en las ideas del hombre que mejor conocía al régimen cubano, Fidel Castro, quien el 17 de noviembre de 2005 había dejado muy claro que la única manera en que su creación podía derrumbarse era desde dentro de ella misma, fue sin embargo dejado a medias y echado a un lado cuando la mayoría de la oposición y el Exilio aprovechó la llegada de una nueva administración en EEUU. En La Habana personajes como Machado Ventura, o los jerarcas de la Seguridad del Estado, suspiraron aliviados…

1 COMENTARIO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí