La revolución española

Carece de todo rigor histórico el querer ahora minimizar los grandes resultados sociales para el hombre, para nosotros las gentes de la calle significaron las agitaciones sociales que se llevaron a cabo en Francia, en 1.789, y que fueron observadas por todas aquellas personas que tenían en aquel momento capacidad de discernimiento, fueran del país y bajo la bandera que fuera.
Decir que la gente de España en nuestra ignorancia somos de los más atrevidos, prácticamente no se aporta novedad alguna, porque es habitual visualizar la presencia entre las gentes que dicen que son nuestros mandos, una pandilla declarada de incompetentes desde antes, desde mucho antes, de incorporarse a las listas cerradas de un partido político, en pos de algo que ellos llaman democracia, y que sería lo mismo que si un perro a una cebolla la llamara manjar.
La idea, el hecho, lo hemos expuesto en más de una ocasión; pero Francia, una vez hecha su revolución, en lo que respecta a España, se pudo echar a dormir plácidamente supuesto que nos endiñó a los borbones y a un catolicismo agitador, que ellos intentaron domesticarlo por Aviñón, y visto que no tenía apaño, lo devolvieron a Roma, a que jergonearan entre ellos (jergonear, ir de jergón en jergón, es lo que mejor saben hacer en el Vaticano).
Es muy raro el país que no hayan intentado sus gentes para escapar de las hambres y las injusticias iniciar y acabar una revolución a la vista de que los que las pasamos putas somos muchos más de aquellos nacidos para ser nuestros segundos, terceros y cuartos padres patrios, cuando generalmente las gentes lo que necesitamos son padres para la casa, porque por fuera de ella lo que hay nunca ha olido ni huele a hogar.
Había que tener mucha hambre, que la había. Había que tener mucha injusticia, que la había, para que un pueblo sumiso como el español, se bajara de su patera social, y le dijera al clero y a los reyes en su primera pero tremenda revolución social de 1.873, que ya estaba bien de tomar por saco; que estaba cansado de militarotes, de latines, de patrias y banderas, y lo que quería, porque lo que estaba necesitando, no tenía (ni tiene) absolutamente nada que ver con la calidad de vida situada en la orilla feliz de la vida.
La mayoría de los países, aunque no hayan triunfado en su revolución social, por lo menos las crónicas las adjetivan como tal; pero en España, es tanta la basura institucional que se mueve en la superficie de las aguas españolas, que ni aún lo que han sido revoluciones, hermosas y diferentes a las demás por sus frescos, novedosos y pretendidos hermosos futuros de convivencia, como la que se enmarca dentro de la Primera y, años más tarde, la Segunda República, que como fieras hambrientas se han lanzado, generalmente el primer paso lo da siempre la denominada por ellos nobleza, no solo en ahogar la revolución social que conlleva una mejora fundamental en la vida sin ir en contra de nadie que no fuera un parásito social, tipo ladilla, sino que hasta el término o denominación de revolución lo ocultan, lo siguen ocultando, a tope.
En esta España que todavía, hasta el presente, solo ha tenidos gestos, pero no hechos de gobernar para el pueblo, desde el golpe de estado franquista hasta este mismo minuto, todo un tremendo esfuerzo de ocultación, de denominación, prácticamente ha logrado que sólo se hable de guerra civil, de salvación nacional, de evitar a las hordas comunistas. Pero, en modo alguno, aún, cosa rara, desperdiciando posibles éxitos de venta y audiencias, exponer de un modo fehaciente lo que llevaban de hermoso y de beneficioso para la sociedad en general, el hecho fundamental de aquellas dos grandes y diferentes revoluciones españolas, enmarcadas bajo las dos citadas Repúblicas, que querían que la gente podía vivir perfectamente sin militares, sin curas, y sin tanto político que entiende que toda su diferencia con el populacho radica en que lleva traje y corbata.
Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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