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La pasión de Lolita por el chino Chang en el Instituto de La Habana

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Foto: Barrio Chino de La Habana.

París, 16 de mayo de 2020.

Querida Ofelia:

Lolita, era una condiscípula mía del Instituto de La Habana (1963-1966), la que    se había enamorado perdidamente del chino Chang, el secretario. Nadie comprendía el amor desenfrenado de Lolita, el cual le causaba tanto dolor.

Lolita en su afán por parecer asiática se dejó el pelo largo, tan largo que se hacía una trenza que le llegaba a la cintura, sin embargo los resultados no fueron buenos. Comenzó a frecuentar a Irma e Inés, las dos chinas del aula. Iba al Mandarín de la Calle 23 y a La Estrella Oriental de Galiano y Zanja, con la esperanza de encontrarse con Chang, asistía al cine chino a ver películas de las cuales no comprendía nada, con la esperanza de poder verlo.

Llegó a hacer una promesa a Buda de que se dejaría crecer la trenza hasta que su amor se concretizara.

Cada día y por cualquier pretexto iba a la secretaría del Instituto a hacer alguna pregunta, para poder contemplar de cerca al chino Chang. Todo inútilmente.

El dolor de Lolita era inmenso ante la indiferencia asiática. Pero su pasión por Chang era de dimensiones cósmicas, más allá del tiempo y del espacio.

Pero un día Lazarita, una mulata de labios sensuales, mirada equívoca y de andar cadencioso, la convenció para que fuera con ella a unos Quince en Regla.

Lolita fue, subió la lanchita y esa noche se la pasó bailando canciones de Manzanero y Feliciano con Jesús, un mulato reglano que le zafó la única y gordísima trenza que le resbalaba sobre el pecho hasta la cintura.

Comenzó a salir con Chuchú (así le decían a Jesús) y una mañana la vimos llegar por aquel pasillo del Instituto con una melena corta, muy corta, ya que durante la última noche de insomnio había tomado las viejas tijeras Solingen de su abuela y había decidido cortarse aquella mata de pelo y ofrecerla a la santera Mercedita para que le hiciera un par de trenzas bien largas a la Virgen de Regla.

Ese año, el día de la Virgen de Regla, Lolita me invitó con otros amigos a velar a la Virgen en casa de Mercedita. El altar forrado en papel azul turquesa ocupaba prácticamente la mitad de la sala, era en forma de escalinata y en él había todo tipo de objetos producto del sincretismo religioso. Pero la mirada de orgullo de Lolita se dirigía, como las de todos nosotros, a la imagen de yeso de la Virgen situada en lo alto del altar y que exhibía dos larguísimas trenzas que descendían por ambos lados de la imagen hasta el escalón inferior del altar escalinata y en cuyas puntas había sendos lazos azules.

Lolita y Chuchú tuvieron una verdadera historia de amor ¿Dónde estarán ahora?

Y Chang… ¿Se habrá percatado de aquel fuego que él encendió sin proponérselo y que nunca apagó?

Los dejé de ver a todos cuando me llamaron al Servicio Militar Obligatorio en 1966.

Un gran abrazo desde el otro lado del mundo, con mucho cariño y simpatía,

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9

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