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La España morena

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*Texto informado por el historiador quiteño Francisco Núñez del Arco

LA ESPAÑA MORENA

«La hispanidad heroica, donde el amor a la Religión y la Patria se confunden en un solo amor, donde la espada y la cruz son símbolo de justicia… El soldado acababa con la violencia y el culto no cristiano, y el misionero con la cruz lleva el amor donde había odio: al vencido lo recibe como hermano en Cristo.

Para la España de allende el Atlántico este capítulo comienza con Pelayo en Covadonga y para la España morena al otro lado del océano, el capítulo se inicia el 12 de octubre de 1492, cuando Colón al servicio de Isabel la Católica y al frente de 120 españoles, desembarca en Guanahaní y planta por vez primera la Cruz en suelo americano para dar posesión a Cristo de la nueva tierra, rendirle el tributo de adoración que le corresponde y ser fiel a la promesa, que diera a la buena y santa reina, de ir a la otra orilla del mar ignoto a conquistar nuevas almas para la Iglesia, que compensasen con las almas perdidas con el protestantismo en Europa…

El fin de Colón y de los cristianísimos reyes, según consta en cartas y documentos de la época, por nadie discutidos, es conquistar almas para el Cielo; el otro y la riqueza son fin secundario: buscan el reinado de Dios y su justicia y lo demás lo esperan por añadidura… En concepción de la visionaria reina, la espada está al servicio de la cruz, lo temporal se subordina a lo eterno; el indio y el español son hermanos, como hijos de Adán e hijos del mismo Padre, Dios; ambos son sus súbditos con iguales derechos; más aún el indio por ser más débil tiene que recibir mayor protección, porque no llegaban todavía los tiempos de la democracia formalista en que, a nombre de la igualdad y libertad, el grande y el poderoso esclavizan al pequeño y desposeído.

Por las diferencias de la travesía atlántica, la rudeza de la vida en la nueva tierra, y en guarda de la moralidad, la mujer no viaja (inicialmente) sino en casos excepcionales; la mayoría de los conquistadores son hombres y solteros que toman una india para esposa o compañera de su existencia. Se inicia así el mestizaje, que une a dos razas en matrimonio o la unión ilícita: él sueña en España, ella en América, y los hijos se sienten americanos, de origen hispano y hablan español. España extiende así sus dominios y la casi totalidad de su población indígena adquiere una nueva cultura y un nuevo lenguaje, el lenguaje más propio para hablar con Dios, según Carlos V de Alemania y primero de España. Aun el indio de pura raza, por las ideas es español, por el corazón continúa siendo americano; más tarde vendrán el negro, el chino y hombres de todas las razas y en la misma concepción serán hijos de América, ciudadanos de la hispanidad: es la raza cósmica de Vasconcelos que se inicia en la nueva tierra con la llegada de Cristóbal Colón, que siempre habló y escribió en español, no en otro idioma, al menos no hay documento privado o público que lo compruebe.

Esta nueva hispanidad inicia un nuevo concepto de la vida, en las artes, en la ciencias, en las diversas manifestaciones del espíritu del espíritu, influenciada por la geografía y por la cultura y costumbres de la nueva tierra, que si tenía pueblos salvajes, tenía también desde antes de la era cristiana, civilizaciones en nada inferiores a las de Egipto, Mesopotamia y otras del antiguo continente, y en lo moderno incas y aztecas que construían caminos y mantenían una organización política, en ciertos aspectos, superior a la de Europa de su tiempo. De esta fusión surge un nuevo pueblo, hispano sí, pero de una nueva mentalidad, con ideas cósmicas, universales, de altura, sin limitaciones de aldea…

… Lo pagano se lo bautizaba en Cristo y este cristianismo era muy conforme a la mentalidad del pueblo.

Y en América Hispana florecen universidades tan buenas como las de Europa, cuando no las había aún en la América sajona. Poetas, historiadores, geógrafos, botánicos, teólogos, todo lo da en poco tiempo la América Hispana, como si se tratase de una antigua cultura…

España nos dio un esplendor de civilización que maravilló al sabio Humboldt; unas Leyes de Indias que son monumento de sabiduría magnánima; una larguísima paz que no se fundaba en las bayonetas; un gobierno generalmente bueno y a veces admirable por su rectitud paternal.»

~Wilfrido Loor Moreira, en el prólogo a su biografía de Monseñor Arsenio Andrade Landázuri, Quito, Editorial Ecuatoriana, 1970, págs. 1, 2 y 3.

En la imagen: Escena del Lienzo de Quauhquechollan que recoge el abrazo entre Hernán Cortes, escoltado por La Malinche y Jorge de Alvarado, y un gobernante indígena, posiblemente Calcozametl, antes de la conquista de Guatemala.

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