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La (anti)tradición occidental

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José Gabriel Barrenechea.

Carece de sentido defender una tradición occidental, cuando lo singular de Occidente a partir de la Modernidad es su antitradicionalismo. 

Defender en Occidente una tradición occidental es necesariamente volver a la Edad Media, a la premodernidad. Aunque tal regreso se nos disfrace como una superación, al llamarlo eufemísticamente: postmodernidad.

El fundamento de la superioridad del modo de vida occidental moderno radica en su espíritu de crítica constante a la tradición y el conocimiento constituido, lo cual dota a Occidente, por ejemplo, de una capacidad nunca antes vista para reconocer y adoptar las innovaciones de otras civilizaciones.

La superioridad del modo de vida occidental moderno no tiene que ver con una tradición, una religión, o un grupo humano determinado, sino precisamente con el no tener que ver con nada de eso.

Occidente se convirtió en algo más que una civilización, en el sentido tradicional, con el Renacimiento del Humanismo mediterráneo. Occidente es desde entonces un proyecto humanista, porque lleva en sí la semilla que le permite a los humanos despojarse de la tradición, y del miedo al que no es de la misma tribu, o de la misma aldea, al que no piensa o vive su vida igual a uno, al de diferente color de piel.

Lo singular, lo novedoso de Occidente a partir del Renacimiento es que al renegar de la tradición, y al renunciar a las tribus, raciales o religiosas, se ha convertido en la primera civilización realmente abierta a todos los hombres, no importa su origen, o sus características biológicas. Lo singular de los occidentales es que estamos orgullosos de propagar unos valores que en sí no nos distinguen, porque son los valores de la inclusión.

Occidente, tras el Renacimiento, es un proyecto inconcluso de futura civilización humana única, que se desarrolla y se refina cada vez más a lo largo de la Modernidad, aun hoy; que se desarrollará y refinará más y más, mientras exista.

Pretender volver a la Edad Media es renunciar a nuestra verdadera singularidad, para convertirnos en una civilización más, de tribus religiosas o raciales. Más allá de que ello implicaría renunciar también a los aspectos materiales -el comfort, un concepto puramente occidental por su antitradicionalismo- y sobre todo a la Libertad, que la Modernidad, con su ruptura con el pasado, trajo a la vida de las inmensas servidumbres medievales. 

Replegarnos tras muros levantados a propósito, es reconvertir a Occidente en una civilización tradicional más, como lo fue hasta el fin de la Edad Media y el comienzo del Renacimiento. Defender “nuestra tradición occidental” replegándonos sobre un Occidente rodeado de muros no es una buena defensa ante las otras civilizaciones que nos amenazan. No lo es, porque nunca es buena defensa hacer lo que quieren nuestros enemigos: las viejas civilizaciones basadas en la tradición, y entendidas como clubes exclusivos para ciertas tribus raciales o religiosas. 

De hecho el asunto está en que entre los enemigos coaligados de este Occidente en que vivimos están también quienes dicen defender una tradición occidental, no anti-tradicionalista. 

Occidente no es una tradición cristiana o blanca. Occidente es en sí un conjunto de valores que permiten construir una civilización global. Su actitud por tanto solo puede ser expansiva, nunca defensiva. No hacerlo así es retornar a los viejos folklorismos tradicionales, que solo desde la enorme distancia que la Modernidad nos ha puesto por en medio pueden parecernos mejores.

Desconfiar de la capacidad de Occidente para ganar a toda la Humanidad con su conjunto de valores humanistas, proponer por lo tanto replegarse a la tradición, al racismo de los clubes exclusivos, a la existencia entre muros, solo cabe en aquellos que no viven si no en el viejo Occidente. Ellos en realidad siguen en ese estadio previo de las civilizaciones, son cristianos y blancos, como hay musulmanes, rusos ortodoxos, eslavistas o nacionalbolcheviques, o chinos confucianos.

Quienes proponen replegarse al racismo de los clubes exclusivos, a la existencia entre muros, son tan enemigos de Occidente como las mismas élites que en las otras civilizaciones detenidas en la tradición, defienden sus privilegios tradicionales. Mientras tratan de evitar el empoderamiento de las grandes mayorías dominadas por ellos. Grandes mayorías que sin duda siempre tendrán mucho más que ganar con del sistema de valores humanistas que propone Occidente, que con los valores jerarquicos e inmutables de sus propias civilizaciones tradicionales.

A esos enemigos de Occidente dentro de su misma área geográfica de predominio, que claman contra 1789, quizás sería interesante darles la oportunidad de ser consecuentes con la tradición, y tratarlos como en el viejo Occidente tradicional se ejecutaba a los traidores: ahorcados a una altura que no fuera suficiente para quebrarles la nuca, descolgados antes de que se asfixiaran, cortados sus órganos genitales, sus intestinos sacados y quemados ante ellos, todo lo cual mientras se los mantenía conscientes, para por último decapitarlos, tras lo cual sus cuerpos serían cortados en cuatro partes, mientras sus cabezas pasarían a ser colocadas en una pica… para escarmiento de aquellos no muy dados a respetar la tradición. 

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