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Julián Mateos Cuesta

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He tenido que dejar pasar unos días para que el dolor no empañe el tributo a un hombre bueno que acaba de morirse con 63 años, mi amigo Julián Mateos Cuesta, el más habanero de todos los arandinos del Duero y el más castellano de todos los habaneros.

Cuando nos conocimos, era un español más de su generación encandilado por la revolución cubana, de la que fue desencantándose gradualmente, según fue conociendo las entrañas de aquel monstruo encandilador.

Dos circunstancias fortuitas sellaron la amistad: mi pequeño consejo para negociar la salida hacia España de su hijo cubano y un proyecto cultural y periodístico Tierras del Duero, que arrancó en Soria y pretendía llegar a Oporto, siguiendo el curso natural del río que mojó a Antonio Machado y por el que un común amigo, Pablo de Pablos (El Barriles) navegó durante la guerra y posguerra llevando pan a los hambrientos.

Desde entonces, nos veíamos con regularidad, en Madrid o Aranda, donde me descubrió ese manjar que es el cuarto delantero (no recuerdo si derecho o izquierdo) del lechazo de oveja churra.

Reíamos como niños, cuando Julián contaba la anécdota de dos huéspedes cubanos a los que atendió como él solo sabía hacerlo, y a los que invitó a comer lechazo, explicando la ventaja del cuarto delantero, aunque tuviera menos carne. Los cubiches se comieron el delantero, pero a la hora de los postres, pidieron dos cuartos traseros.

Hablábamos de España, de Cuba, de René Gómez Manzano al que ayudó en todo lo posible, y compartíamos con los amigos de aquellas míticas meriendas-cenas de los viernes en El Barriles, bar que abreva en la margen del Duero, justo a la entrada de su ciudad natal, nada más cruzar el puente y girar a la izquierda, en sentido contrario a su casa y su despacho.

Retengo las tres últimas veces que nos vimos: una excursión que organicé con los viejos rockeros de Manjatan a las bodegas del fraterno Felix Callejo, acompañados por Eduardo Tallos y Julián, con los que luego comimos en Asador Florencio, un templo de las chuletillas de lechal y el lechazo asado.

Cuando falleció su padre, y en una visita que me hizo a Aldeacentenera, en un viaje de trabajo a Cáceres y Badajoz, cenamos en La brasería de la viña, otro templo del buen yantar.

Me impresionó su delgadez y su deterioro físico, aunque me dijo que se estaba cuidando del cáncer que lo rondaba desde una pancreatitis de la que parece nunca logró recuperarse del todo.

Al día siguiente, Mary me dijo que el hombre se veía mal y que le recordaba a tío Calata, al que nunca conocí. Durmió en casa, desayunamos solos y nos abrazamos en el ayuntamiento, y lo acompañé hasta el BMW cupé que había comprado su hijo Luis Enrique Mateos, aficionado a los deportivos.

Después de aquel encuentro hablamos dos o tres veces; y quedamos en que me avisaría cuando viajara a Madrid para vernos, pero nunca lo hizo y cuando Arturo Mario Fernández Díaz, pelotero de Sagua la Grande y con nieto en Córdoba, me avisó de la inevitable, preferí no verlo.

Anoche, me dormí riéndome de su cuento de que, en el primer viaje a Cuba, pensó que muchos ciclistas obligatorios se apellidaban Prieto, porque el taxista que lo movía por La Habana, solía decir, ¡ese prieto!, mientras sorteaba algún ciclista temerario.

Muchas veces tenia que aclarar que su apellido paterno era Mateos (en plural), pero no que no era familia de Juanita Mateos, una peluquera española famosa y que ha hecho fortuna en La Habana empobrecida de los últimos 30 años.

Nos quedaron pendientes alguna comida con habanos y conseguir llevar una corrida de toros a La Habana, Julián era un taurino consecuente y coherente, que se descojonaba de risa cuando yo le aclaraba que una vez conseguido los permisos, debíamos contratar policías españoles para que cuidaran a los morlacos en los corrales de La Habana, donde un toro bravo es una lámina de filetes.

Mientras tanto, me quedo con la única vez que coincidimos en un viaje a La Habana, donde él se había empeñado popularizar la canción Para la libertad, uno de los himnos de la Transición española.

Una mañana, desayunando en el Meliá Cohíba, coincidimos con Nicki Lauda, con el que hablamos sobre sus planes de negocios en Cuba y se mostró agradecido por nuestro interés hacia él y elogió a España y a los españoles; pero de pronto nos vimos rodeados por un enjambre de guardaespaldas aspavientosos, que irrumpieron como avanzadilla en el restaurante de su protegido: Manolín, el médico de la salsa, que estaba encima de la bola.

El todopoderoso galeno salsero ignoró olímpicamente a Nicki Lauda, quizá no sabía quien era y se sentó a desayunar rodeado de aquella tropa improvisada con mucho aguaje; mientras Julián se empeñó en cantarle Para la libertad a Lauda, con el que tarareamos:

Para la libertad, sangro, lucho, pervivo
Para la libertad, mis ojos y mis manos
Como un árbol carnal, generoso y cautivo
Doy a los cirujanos

Para la libertad siento más corazones
Que arenas en mi pecho: dan espumas
Mis venas

Y entro en los hospitales, y entro en
Los algodones

Como en las azucenas
Porque donde unas cuencas vacías
Amanezcan
Ella pondrá dos piedras de futura mirada
Y hará…

Hasta pronto, Titán, nos vemos cualquier día en la Feria de Boyeros, donde tu presidirás la corrida en honor a Mazzantini, con seis toros bravos, seis y un mazo de Vegueros, una vitola de habanos que no conocías y que hizo tus delicias una tarde en Las Ventas en que gozamos con los Vitorinos, sobre todo con aquel segundo que derribó dos veces al caballo.

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