-Por Luis Fernando Martinez Desviat

Hispanic Museum of the American Revolution

El dia 15 de agosto de 1778, a las 15.00 h de la tarde, Juan Bautista de Anza salía desde la ciudad de Santa Fe, en Nuevo México, hacia el norte. Propósito: encontrar al jefe Cuerno Verde.

Iba al mando de unos mil hombres. Para hacernos una idea de lo que eso significaba hemos de señalar que, en aquellas latitudes, ningún ejército habia llegado jamás a tal número de efectivos. Y que debia de pasar todavía un siglo para que el ejército de Estados Unidos, ya plenamente moderno, paseara por allí a un ejército semejante.

Entre sus tropas, aquellas a las que encargaba lo más difícil, porque darían lo mejor de sí mismas y eran las mejor entrenadas, eran 150 hombres de tres compañías de dragones de cuera. A esos había que sumarles 450 soldados de Infantería de la guarnición de Santa Fe e indios pueblo. Poco después se ofrecieron para luchar a su lado 200 guerreros utes y apaches. Entonces se le presentó un dilema. ¿Qué hacer?, aceptar el ofrecimiento o denegarlo? No podía confiar en los indios de estas tribus. Al menos, no completamente. Estas naciones indias estaban ahora en paz con España pero, en el pasado, habían sido incontables las veces que habían roto los tratados sin previo aviso.

Para acertar en la decisión, Anza pensó al modo indio. Y acerto.

Comprendió que el odio de estas tribus hacia los comanches era suficientemente grande para emplearse a fondo contra ellos. Al fin y al cabo España les había aportado favores y beneficios en muchas ocasiones y los comanches siempre les habían hecho la guerra. Acepto el ofrecimiento.

Los comanches nunca entablarian batalla ante un grupo tan numeroso como aquel. Había que coger a Cuerno Verde por sorpresa.

Pero esto tenía una dificultad. El jefe indio ponía vigías por todos los caminos habituales de los españoles. Entonces, Anza pensó en un plan inesperado para los comanches. Rodean el territorio comanche por el oeste y les sorprendería por el norte.acercaron a la zanja para desalojar a los españoles, el resultado de la batalla fijaría la continuación de la guerra o la proclamación de la paz entre comanches y españoles. La carga de los indios debió de ser terrorífica a juzgar por la descripción que el propio Anza dejó escrita: «…los indios se acercaban hacienda fuego … conocimos, por sus insignias y divisas al famoso Cuerno Verde que, con espíritu orgulloso y superior a los demás, les gritaba y se adelantaba espoleando con mucho ardor a su caballo. [..] Cuerno Verde, como si quisiera hacer honor a su fama de audaz y valentía, incluso a costa del más elemental sentido común. mientras disparaba su fusil, sin dejar de insultar a los españoles alentaba a los suyos.

Aquella fue la situación aprovechada por Anza para hacer caer en una trampa mortal. A la vez que ordenó a 200 hombres que hicieran frente a Cuerno Verde, mando a la retaguardia que rodease por detrás a los guerreros indios hasta llevarlos a la zanja donde se encontraba él con sus dragones de cuera. Como Anza habia planeado, los comanches fueron directamente a la zanja persiguiendo a los apaches que fingian estar huyendo. La decisión de Cuerno Verde era la única posible en un guerrero tan valiente. Pero fue, a la vez, su perdición. Ordenó ir contra

los españoles que se encontraban en la zanja. Solo entonces comprendió que estaba siendo rodeado y que se le estaba cortando la retirada por su retaguardia.

El jefe comanche ordenó la retirada, pero ya era tarde. Anza no quería una masacre entre los guerreros indios, por eso dejó escapar a la mayoría. Lo que quería era a Cuerno Verde porque, sin él. sus guerreros no continúan los ataques. Cuando el jefe indio comprendió que la retirada ya no era posible actuó con una temeridad increíble. Fue de frente, a caballo y sin posible freno hacia la zanja en la que se encontraban los españoles. A la vez, los dragones de cuera se lanzaron sobre ellos. Tras una encarnizada batalla, todo habia acabado Los comanches no volverían.

El jefe comanche ordenó la retirada, pero ya era tarde. Anza no quería una masacre entre los guerreros indios, por eso dejó escapar a la mayoría. Lo que quería era a Cuerno Verde porque, sin él, sus guerreros no continúan los ataques. Cuando el jefe indio comprendió que la retirada ya no era posible actuó con una temeridad increíble. Fue de frente, a caballo y sin posible freno hacia la zanja en la que encontraron los españoles. A la vez, los dragones de cuera se lanzaron sobre ellos. Tras una encarnizada batalla, todo había acabado. Los comanches no volverían a ser el gran problema del virreinato. Cuerno Verde había caído muerto en la batalla. También se encontraron los cadáveres de su chaman, sus jefes principales y su primogénito. Anza apreció el valor de los guerreros indios y de su jefe y escribió poco después: «Los nuestros aseguran que su muerte de Cuerno Verde será muy llorada de pena entre los comanches. Pero creo que mayor será la alegría de nuestras gentes…).»

Con Cuerno Verde, en el suelo, estaba su tocado de bisonte con cuernos tintados de color verde. Con respeto al enemigo muerto, los soldados lo cogieron y lo entregaron a Anza. Anza lo entregó al virrey de Nueva España y el virrey lo envió al rey Carlos III. ¿Qué harían con él?

En un caluroso mes de agosto de 1780, en la lejana y europea Roma, tan distinta y distante del virreinato español, la Guardia Suiza del Vaticano rendía honores al embajador español ante Su Santidad el papa Pío VI. El embajador llevaba al papa un regalo muy especial de parte de Carlos III de España: los distintivos de guerra del jefe de la nación comanche Cuerno Verde, vencido por los dragones de cuera del virreinato de Nueva España. El tocado, el escudo, el carcaj y las flechas fueron entregados al cardenal Pacca para que los presentara a Su Santidad. Desde entonces pueden verse en las vitrinas de los Museos Vaticanos.

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