Joan Tardá y Coma

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Hay personas, que sin haberlas tratado a título personal en momento alguno, las escuchas, las observas con atención y simpatía porque barruntas que serían unos buenos acompañantes para escucharlos tomando un café, o un granizado de limón, que no sé por qué cojones con la cantidad de limones que tenemos en España, lo tienen que hacer a base de polvos de la madre Celestina.
Cuando nació el profesor Joan Tardá, allá por el año del 1.953, servidor estaba ya hasta los compañones (mejor hasta los sabañones) del franquismo, y aunque la vida en España era (y lo sigue siendo) muy apretada para la gente amadora de la paz, gracias a gente culta como lo es el citado catalán, se abrían róales como de amapolas, en el tupido bancal envenenado de mentiras, en el que destacaban gente como Joan.
En aquellos años y en los posteriores, al ser mi tierra una tierra que llenaba los vagones de aquel tren que en Cataluña llamaban el transmiseriano o el transmurciano, y la autoridad competente murciana tan campante y en sus prosesiones, (lo mismico que ahora), como algunos emigrantes volvían de la región catalana diciendo que se les había pegado el acento y aquel deje, nos decían que todo tenía obediencia a que los catalanes siempre llevaban para hablar un caramelo en la boca, al margen de la simpatía que siento hacía el profesor Tardá, me viene aquel dicho campesino de mi tierra cuando lo escucho hablar, y no tengo más remedio que sonreír.
En España se puede afirmar que, en aquellos años de decantación de las cosas en su sitio, el trabajo político para ello, así como durante la II República todo el esfuerzo culturizador y dinamizador de la sociedad descansó en los maestros de escuela primaria, a los que con saña los despanzurró el franquismo y el clero, y necesitaron de algunos años para recuperarse, los Institutos de enseñanza secundaria, fueron, posteriormente, los que de su seno se alzaron con más frecuencia gente, que sin apartar a los maestros de primaria que siempre han estado ahí siendo antifranquista convencidos, en las ciudades grandes, especialmente, estuvieron en las trincheras de la lucha cultural mucho profesorado de secundaria tras la guerra.
La universidad española, aunque ahora está presta y muy preocupada por el rezo del ángelus a las doce del mediodía, tampoco de nunca ha tenido un arreón social (las particularidades excepcionales no cuentan en el cómputo general de señoritos), y, entre sus filas no se ha dado ni se da, nada más que, generalmente, gentes servidores a lo dispuesto.
Creo que si algún día coincidiera con Joan Tardá, quizás fuera con el único político catalán que me entendería perfectamente, porque me cuesta aceptar que gente de extrema derecha, de toda la vida partidarios acérrimos de las tres erres: rey, rezo y raza, de pronto se hayan hecho ahora republicanos, y cambien la erre de rey por la forma de gobierno de la erre republicana. Y como eso es algo que me chirría, no me lo puedo creer, después de conocer con cierta amplitud de estudio a la sociedad española.
Partiendo de la premisa fundamental de que no existe en democracia ley alguna que prohíba las elecciones democráticas para lo que sea, una cosa es que para algunos sea el intentar prohibirlas una excelente escusa para abrir el saco del dinero y el gasto público. Y para otros, entre los que me encuentro, que los catalanes más temprano que tarde tendrán que votar por su autodeterminación porque los tiempos de ahora, sin mirar hacia atrás, lo demandan, y no se sabe de país que lo haya hecho y haya saltado por los aires.
Barcelona es una ciudad que la he visitado con mucha frecuencia, y nunca he tenido la suerte de tropezarme ni por allí ni por Madrid con el profesor Tardá, pero de siempre ha sido de los poquicos políticos que siento y he sentido un admiración y respeto duradero.
Los demás, la inmensa mayoría de los demás políticos, al dicho de mi tierra emigradora: Pan, pijo y habas.
Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis

  1. NO QUIERO BAJAR LA GUARDIA
    No lo puedo,
    y lo que quizás
    sea peor,
    no quiero
    ni por un segundo
    bajar la guardia
    y hacerme hombre
    manada
    de los que dicen
    amen
    y se santiguan
    cuando hablan
    de cosas
    que les han dicho
    que son santas.
    No quiero;
    no lo quiero
    ni bajar la guardia
    tan siquiera,
    aunque a veces
    me quede raro
    y solo
    entre gentes
    que se llaman
    prácticas,
    y se van a la mesa
    a comer
    del plato que sea,
    siempre,
    claro está,
    que sea plato cómodo,
    sin riesgo;
    sin exponer
    ni la uña de un dedo.
    Aquí,
    junto a mí,
    a mi lado,
    no habrá sierra,
    ni selva
    donde pueda
    esconderse
    con su rabia
    el guerrillero,
    pero
    lo mismo que está
    el perro
    que lame al amo,
    por aquí
    está el otro perro,
    el otro hombre libre,
    que a nadie lame,
    como perro callejero
    que no quiere
    ni necesita lamer
    para vivir libre,
    suelto,
    vagabundeando
    por la calle,
    por el campo,
    llevando su libertad
    a su aire,
    que es lo que yo
    quiero.

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