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James Brown, el gran Amor de Carmita

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París, 11 de agosto 2019.

Querida Ofelia:

Estábamos en el aeropuerto parisino Charles de Gaulle, esperando el anuncio de nuestro vuelo hacia Río de Janeiro. Tomé tres periódicos del mueble a disposición de los pasajeros: Le Figaro, Le Monde y Libération. En los tres anunciaban la muerte de James Brown. Inmediatamente vino a mi mente mi eterna amiga Carmita.

Verdadero e inolvidable show-man, fue llamado por Dios a los 73 años en una noche de Navidad. Quizás esa misma noche haya cantado villancicos en inglés: Noche de Paz, Blanca Navidad, El Tamborilero, etc., para Dios y los ángeles allá en el cielo.

Con voz, dinamismo, saltos vertiginosos, pelucas y trajes de lentejuelas, llenaba cualquier escenario por grande que fuera. Era carismático, dinámico y se regalaba al público en canciones como Prisioner of Love y Please, Please, las que hacían saltar las lágrimas a Carmita en San Cristóbal de La Habana.

Interpretaba magistralmente cualquier tipo de música del siglo XX: soul, rhythm and blues, rock, funk, disco music, etc.

Había nacido en la pobreza en el Estado de Georgia. Comenzó a caminar en un prostíbulo, “gracias” a su padre y pasó su niñez trabajando como limpiabotas. En su adolescencia deseó ser boxeador, pero fracasó.

Gracias a su voz y a su carisma se convirtió en Mister Dynamite, transformando sus recitales en verdaderos maratones musicales. Con Say It Out Loud y I’m Black and I’m Proud deseó que los subsaharianos estadounidenses tuvieran la sensación de “que también con la música se puede cambiar el mundo”.

Su carrera tuvo altas y bajas. En la Noche de Navidad, al correrse la noticia de su muerte, numerosas personas fueron a su hogar a rendirle homenaje póstumo. ¡Sólo su esposa no pudo entrar! Pero ésa es otra historia.

El Amor de Carmita, mi condiscípula del Instituto de La Habana, era James Brown. Ella tenía fotos de él que había comprado a un fotógrafo profesional “siquitrillado” por la intervención revolucionaria de su negocio. Él vivía rodeado de santos, allá en la Calle San Nicolás entre San Rafael y San Miguel. Ese fotógrafo se procuraba revistas americanas y españolas con un amigo diplomático, las retrataba y nos vendía las fotos. Yo le había comprado algunas de los Beatles.

Carmita soñaba con ser secuestrada por James, el cual la llevaría en un Cadillac descapotable por el desierto de Arizona a uno de sus espectáculos en Las Vegas, después de haber hecho el amor a la luz de la luna en pleno desierto.

Gracias a un tío de ella, teníamos placas que se hacían en Radio Progreso, en la calle Infanta. Cuando íbamos a una fiesta, ella llevaba las de James, Lili las de Paul Anka y yo las de los Beatles.

De esa forma lográbamos evadirnos del realismo social habanero de los años sesenta, situado a años luz de distancia del supuesto paraíso terrenal proletario que proponía el régimen.

Carmita era una bella mulata china de labios carnosos. Un día me dijo que un tipo muy fresco la había piropeado vulgarmente en la Playa la Concha diciéndole: “mulata tienes una bemba riquísima”. Para ella fue más que un insulto y le respondió: “bemba tiene tu madre, lo mío son labios sensuales”. Testigo de la escena fue Teresita, nuestra amiga común. Esa anécdota quedó en los anales del grupo del Pre de La Habana.

Cuatro rubios: Santiago, Eduardo, Pepito y Felipe, fueron novios de Carmita. Una tarde, mientras estábamos en la cola de Coppelia, en L y 23, me atreví a preguntarle por qué esa pasión por los rubios y me respondió: “mi madre es negra y mi padre chino, pero yo… pa’trá ni pa coger impulso”. Entonces le pregunté cómo era posible su pasión de dimensiones cósmicas por James Brown y me respondió: “mi amor, tienes que comprender que ése es distinto y diferente, ése sí es un hombre de verdad”.

Lazarito, su único hermano, también estaba en el Pre pero en otra aula y desde un año antes. Era esmirriado, feo, andaba siempre desaliñado, con un viejo jeans con los bajos desflecados. Ninguna chica deseaba bailar con él cuando íbamos a una Fiesta de Quince o a un Pique de Cake. Era torpe, huraño y cada vez más taciturno. Del Pre fue a parar a las U.M.A.P. en Camagüey; lo acusó la compañera intransigente Conchita, de ser desafecto, poco entusiasta, indiferente a las actividades revolucionarias.

Cuando lo vi de nuevo unos años más tarde, era una sombra. Su madre había muerto de sufrimiento. Él vivía solo en aquel apartamento interior de la planta baja del viejísimo y destartalado inmueble de la calle Zulueta. Fregaba, lavaba y cocinaba, era como si fuera la despreciada esposa de sí mismo. Una mulata llamada Eneida, iba a acostarse con él una o dos veces a la semana a cambio de la comida que él “resolvía” gracias a un campesino que se la traía, desde los alrededores del pueblo de Güines.

Lazarito estaba destinado a una infinita soledad, ponderada sólo por la mercenaria compañía de Eneida. Sentía tristeza, sentía remordimientos al no poder haber sido como su madre había querido que fuera. Fue el primer hombre que vi corriendo por la acera del Malecón desde el Castillo de la Punta hasta el Restaurante 1830. Pero no lo hacía para mantenerse en forma físicamente, sino que corría como si sintiera miedo de ser atrapado por alguien.

En 1980 la compañera presidenta de su “glorioso” C.D.R. lo denunció a la policía como antisocial, como negativo a la Revolución y de esa forma fue enviado manu militari al Mariel y desde allí a los EE.UU. Allá fue recuperado por Carmita, la que había logrado salir de la Perla de las Antillas en 1979 gracias a que su esposo había estado seis años en la cárcel, acusado de propaganda enemiga.

Ella y su esposo habían volado a Caracas y poco después gracias a la familia de él, a New Jersey.

Volví a ver a Carmita en 1990 y desde entonces nos mantenemos en contacto.

Lazarito falleció, lo encontraron en su lecho una mañana en su minúsculo apartamento de Union City.

En el 2015 fue la última vez que estuve en New York, pasamos un domingo con Carmita y su nuevo esposo James (el anterior cubano falleció en un accidente automovilístico). Es un gigante rubio americano de ojos azules.

Ella me dio una sorpresa cuando me puso un CD de James Brown, los dos tuvimos un verdadero ataque de risa.

Carmita había estado una semana en San Cristóbal de La Habana por la primera vez desde su partida hacia Tierras de Libertad.

Recuerdo sus palabras para resumir lo que vio allá: “antes en Cuba las prostitutas puteaban por diferentes motivos, ahora las jineteras jinetean para no ser vegetarianas.”

Más adelante agregó: “¡No se puede decir que miles de mujeres cubanas están en venta, peor aún, están en liquidación!” Añadió: “mi madre decía que la Revolución era como una apendicitis que en cualquier momento podía convertirse en peritonitis.”

Un gran abrazo desde la Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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