Como bien ha dicho el historiador quiteño Francisco Núñez del Arco, en vez de «balcanización», debiéramos hablar de «hispanización», pues con la ruptura violenta de la Monarquía Hispánica y su consiguiente división en no sé cuántos estados débiles (incluido el español), también se dio pábulo a una ideología contra la misma sangre y cultura hispánica; ideología que, ya fuera en clave liberal o socialista, no pedía sino exterminio de todo lo que sonara a criollo.

Algo escribimos, de hecho, hace tiempo sobre los paralelos tan interesantes como tristes de los criollos hispanoamericanos y los boers sudafricanos:

También sería aplicable el paralelismo de los criollos hispanoamericanos al de los «pieds noirs» del norte de África. Pero al menos, tanto boers como pieds-noirs han mantenido cierto vínculo de orgullo de identidad; cosa que por desgracia, poco se ve al sur del Río Grande como tal.

Con todo, aún en nuestra América han quedado criollos orgullosos de su conciencia y de su legado, pero más al norte, en los actuales Estados Unidos: En California, los descendientes directos de los españoles que allá se asentaron reclaman su condición de californios, que no de californianos, pues lo segundo supone otra oleada. Asimismo en Luisiana, los isleños (1) reclaman su descendencia de los canarios que allí llegaron en la época de Carlos III; canarios cuyos descendientes también se reclaman hoy en día en Texas. Y en Nuevo México, también hay quien reclama su sangre española como descendientes de los primeros europeos del país. Y es esa mística de pioneros, de gente que se asentó con su sudor y su orgullo frente a las adversidades, sin caer en leyendas negras ni en odios ni rencores, los que les hace sobrevivir y mostrarse honrados por un pasado que veneran con sinceridad. Llevan en su sangre a los dragones de cuera (2) y compañía, esto es, los primeros y reales vaqueros de la zona.

Ellos, desde el norte, con sus más y sus menos, son un ejemplo para todo el continente; un continente que desde hace doscientos años (al igual que la Vieja España), no vive sino en permanentes alienaciones y odios cargados por mentiras; por las mentiras de los mismos enemigos de siempre (más internos que externos…). Nos hace falta más pragmatismo, más energía, más coherencia y más orgullo; nos sobra la queja, la discusión bizantina y la lloradera.

Así las cosas, probablemente californios e isleños nos parecerán «anecdóticos»; pero esa «anécdota» no es sino el mejor ejemplo de resistencia cultural que podría insuflarnos un camino a seguir luego de doscientos años de soledad, habida cuenta de la anemia deslocalizadora que sufre el criollo hispanoamericano, cada vez más arrinconado y, como predijo el colombiano Pablo Victoria (3), primera víctima del indigenismo.

NOTAS

(1) Sobre los isleños de Luisiana, sígase este enlace (al final del mismo están los anteriores):

(2) Sobre los dragones de cuera, sígase este enlace (al final se enlazan los anteriores):

(3) Véase:

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