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Historia de un comunista

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Mi padre era un comunista honesto

Por estos días hubiese cumplido 100 años. Murió en julio de 1987, a los 72 años. Su corazón no aguantaba más infartos ni penas

 

hombre-soloLA HABANA, Cuba. -Por estos días, mi padre, Enrique Cino Gorrín, hubiese cumplido los 100 años. Murió en julio de 1987, a los 72 años, en el Hermanos Ameijeiras, un feo hospital de arquitectura stalinista. Su corazón no aguantaba más infartos ni penas.
Puedo afirmar –y no  porque fuese mi padre- que es uno de los pocos comunistas honestos y decentes que he conocido. Fíjense que no digo fidelista, sino comunista, porque lo fue en cuerpo y alma mucho antes de que se encandilara con las promesas de Fidel Castro, vistiera el uniforme de miliciano y aceptara el carnet rojo del Partido Comunista de Cuba (PCC). Mi padre se hizo comunista en la cárcel, cuando cayó preso, siendo casi un adolescente, luego de la huelga de marzo de 1935.
Vivió entregado a su profesión de médico-cirujano y director del policlínico de Managua, sin hacer distingos entre sus pacientes. Sin reparar en el tiempo que el trabajo le robaba a  su vida personal, bastante difícil luego que enviudó  y se vio solo, encargado de tres niños sin madre.
Mi padre no era hombre de teques ni chivaterías. No demandaba de los demás lo que no fuese capaz de hacer él. Vivió ajeno a las prebendas y privilegios, sin transar con las injusticias y lo mal hecho, sin importarle los problemas que eso le acarreara. Exigente y severo, más que con otras personas, con sus hijos y consigo mismo.
En sus últimos tiempos se veía muy preocupado y pesimista por la situación del país. Y no tanto por los vuelos espías y los ataques aéreos que decían que Ronald Reagan lanzaría de un momento a otro contra Cuba y para los que el Comandante llenaba el país de túneles, como por los desastres imparables que empezaba a percibir a su alrededor.
Recuerdo que una de las últimas tardes de domingo de dominó, cervezas y discos, que pasamos juntos, sus hijos y él, cuando alguien comentó que el general Del Pino se había robado un Mig y largado para Miami, exclamó: “¡Otra rata más que huye del barco! ¡Esto está bien jodido!”
Por aquellos días nos enterábamos por las revistas Sputnik y Novedades de Moscú, que todavía no habían sido prohibidas en Cuba, no solo de los crímenes de Stalin, que ya no se podían ocultar más, sino también de que la Unión Soviética, empantanada en la guerra de Afganistán y carcomida por la corrupción, las disidencias y los conflictos étnicos y nacionalistas, no era el paraíso  frío y gris, pero paraíso al fin, que nos habían pintado durante tanto tiempo.
Pero Mijaíl Gorbachov y la Perestroika  infundían esperanzas a muchos cubanos. No importaba que el Comandante emprendiera el camino diametralmente opuesto en un “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” y anunciara que “ahora sí  vamos a construir el socialismo”.
Mi padre no entendía el anuncio del Comandante – ¿qué coño era lo que habíamos hecho en los últimos casi 30 años?- y tampoco lo que hacía Gorbachov, que parecía más una demolición que un reordenamiento, pero para no dar su brazo a torcer, particularmente ante mí, que tantos dolores de cabeza le di con mis “problemas ideológicos”, decía sin mucha convicción, que tanto el Comandante como los camaradas soviéticos, cada cual con sus razones, sabrían lo que se traían entre manos…
Conociéndolo bien, con tantos sopapos y buenos consejos que recibí de él, creo que de estar vivo, hoy no estaría tan confiado de lo que se puedan traer entre manos los infalibles dirigentes históricos, más preocupados por retener el poder a como dé lugar que por el comunismo como tal.
Siempre he pensado que la muerte le llegó justo a tiempo para ahorrarle el desencanto de ver como en medio mundo era arriada la bandera roja, y Cuba, bajo la guía del Comandante, enrumbaba definitivamente hacia la mierda.
luicino2012@gmail.com

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