Por Zoé Valdés

Bien, es tarde, aunque no tanto para mi, ya saben que soy noctámbula, pero para escribir estas bobadas, sí que lo es. La noche para mi es un trono, mejor, un altar, y sólo escribo desde ese altar sobre lo que me agrada, y nunca sobre este tipo de entuertos de pitirres desalambrados. Haré un alto, pues hoy me siento en la obligación de permitirme una excepción…

He visto un post donde Spike Lee se refiere al Moñe como racista, olvidando quizás los tiempos en que perreaba por hacerse una foto con el presidente, cuando éste todavía no era para él, según se nota en la foto adjunta, un racista, y tampoco era el presidente de Estados Unidos.

Voy a contarles brevemente una graciosa anécdota sobre Spike Lee en Cuba, durante su primera visita a La Habana.

En aquella visita, invitado al Festival Internacional de Cine de La Habana en el año 1990, Spike Lee, junto a otros estadounidenses pudo “disfrutar” de una noche con todos los gastos pagados en el cabaret Tropicana.

Yo, en aquel Festival trabajaba acompañando a Michel Legrand y a su esposa de la época, además de preparar los coros para su Conciertoratoria (haré la historia otro día), y ellos se sentían muy agradecidos de mi. Michel e Isabelle no quisieron acostarse tarde aquel día y prefirieron regresar al hotel, regalándonos las dos entradas para Tropicana a mi y a otra muchacha que también trabajaba en el Festival. Por lo que la misma noche ‘aciaga’ del cineasta norteamericano en Tropicana, me hallé sentada, consumiendo champán, en el puesto del gran músico francés, junto a otra cubana, eufórica ella de estar disfrutando de lo vedado para nosotras y para el resto de los autóctonos.

Nuestra mesa era la mesa de Legrand y de Spike Lee. A mi me tocó sentarme a su lado, pues estaba previsto que Legrand estuviese junto a él, la otra muchacha a mi lado, en el puesto de la esposa de Legrand, y en el resto de las sillas estaban acomodados ya los actores y equipo de Spike Lee, todos negros (un día citaré a Fernando Ortíz ampliamente sobre el error de llamar Afrotalcosa a los negros).

El caso es que cuando aquellas mulatonas cubanas empezaron a salir en fila india meneando el fambeco al son de uno de aquellos ritmos horrorosos, al equipo de Spike Lee y al mismo Spike Lee tal parecía que les iría a dar una ‘ferecía’, y fueron descontrolándose de distintas maneras y por turnos, yerba ‘oblige’. Como aquello estaba ya fuera de control, al rato aparecieron unos mastodontes cubanos en safaris y guayaberas mexiqueques:

-Compañero -le interpeló uno de ellos a Spike Lee, agitándolo por el hombro.

El cineasta se volteó, revirado, y respondió en inglés:

-¡¿Qué pasa, ‘men’?!

-¿Qué coño, ‘men’ de qué cojones? – y de buenas a primeras hacia nosotras-: Señoritas, ¿este tipo las está molestando?

Al momento me di cuenta, que dado nuestros color de piel, pelos rubios y lacios, y vestimentas yumas, el policía vestido de paisano nos confundía a nosotras con extranjeras. Me aterré, porque no sólo éramos cubanas, sin derecho a estar allí, además estábamos usurpando las invitaciones de dos invitados ausentes, y no teníamos cómo probar que ellos nos habían ofrecido sus puestos:

-‘Non, non, pour rien du tout! Monsieur est très gentil’… -me aferré al idioma francés para salir del entuerto, con tan mala suerte de que el policía no entendía ni papa de francés y apenas chapurreaba el inglés.

-Correcto, correcto… -pero ya se había girado para el cineasta confundiéndolo con un ‘aserongo’ cualquiera del patio- Oye, mi socio, deja tranquilas ya a estas turistas. Ven, acompáñanos, anda, dale, agila, no te me hagas el yumeco, que tú lo que eres tronco e’ pinguero.

Spike Lee siguió enervándose en inglés, y yo, tratando de arreglar y apaciguar aquello, intermediaba en francés. Pero entonces fueron los otros negros los que enardecidos iniciaron una trifulca en contra del resto de los policías. Y ahí mismo aparecieron las tonfas y hasta los bates de beisbol, y Spike cogió palos por un tubo y siete llaves.

-¡¡¡Eeeeeeeeeh, pero qué se cree el nagüe esté. Nichardo pinguero y bien!!! -Soltó otro más allá.

Ocurrió todo en menos de lo que canta un gallo, cosa de no llamar demasiado la atención. No sé cómo sacaron a Spike Lee a batazo limpio de Tropicana, sin que nadie más pudiera intervenir, y a él y a su equipo los desaparecieron en un dos por tres ante nuestros atónitos ojos.

Uno de los oficiales regresó, nos pidió disculpas en un pésimo inglés susurrado, y nos invitó a que siguiéramos disfrutando del espectáculo.

No sé si Spike Lee se acordará de aquella aventura racista de la que fue víctima en la cuna de su Revolución castrista. Probablemente no.

Bah.

Zoé Valdés.

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