José Gabriel Barrenechea.

Cuando nací en 1971 Cuba padecía una de esas crisis económicas del Castrismo que resultaban del empeoramiento de la crisis perenne de un sistema político, por su naturaleza de Cruzada a lo Felipe II, en contraste con la economía. De ella saque que me llamarán “Lentejas», por las cantidades enormes de esa leguminosa, tan poco apreciadas por el paladar cubano, que trague entonces por quintales.

Luego, entre 1975 y 1989, vino el Periodo Especial: o sea, el único período de relativa prosperidad, por sobre todo bastante igualitaria, que hemos vivido los cubanos de la Isla y de a pie, de 1961 a la fecha. Gracias a los soviéticos, claro, no al castrismo o algún Castro en sí.

Es el único período de cierta confianza generalizada en el futuro de la comunidad nacional cubana, y de mí, dentro de ella, que recuerdo de toda mi vida.

Finalmente retornamos al periodo normal de crisis perenne del Castrismo: llegaron los 90, y sobre todo aquel terrible año 93.

En todo aquel año podría contar con los dedos de una mano no ya las veces en que comí carne, sino simplemente alguna proteína animal. Fue ese de hecho el único año en que mi fuerte sistema inmunológico me haya fallado ante un catarro, y en consecuencia la única vez en que tuve que tratarlo con antibióticos. También fue a resultas de las hambres de ese año, y de las del 92 y 94, que perdí las únicas tres piezas de mi dentadura que me faltan a estas alturas de mis 49 por cumplir, todas extraídas antes de mis 28.

Fue él 93 o el 92, no recuerdo, el año en ya mis zapatos no dieron más, y para ir a ver el estreno del Siglo de las Luces en el cine Cubanacán de Santa Clara, tuve que pedirle prestados unos tenis a un amigo que los usaba para jugar fútbol. Con todo y su desgaste, los tales tenis estaban sin lugar a duda mejor que los míos, a los cuales no les cabía un remiendo más.

Por cierto esa noche, a la salida del cine, recuerdo que un policía le quitó a una anciana varias docenas de cucuruchos de maní que está vendía a peso, y comenzó a ofertarlos a 5 centavos. La vieja esperaba a un lado, muerta de miedo, mientras el policía pretendía con aquel gesto enfrentar a la especulación y a los explotadores del pueblo. Nadie sin embargo le compró, todos pasamos por su lado sin tan siquiera mirarlo, y el policía a cada momento daba más muestras de que en su interior se preguntaba si había hecho lo correcto.

Entre ese amigo que me prestó lo tenis, Rolando Bonal, y quien esto escribe, nos comimos a lo largo de un mes un cordel de zanahoria sembrado frente a nuestra beca universitaria. Vigilábamos en la noche, a que nadie estuviese despierto, para bajar en una rápida incursión en que malamente les quitábamos a las zanahorias la tierra con par de sacudidas contra nuestros pantalones, antes de tragárnoslas a dentelladas más propias de carnívoros, que de nuestro alimento vegetariano.

A resultas de ello nos ganamos el mote de los “comandos conejos”, cuando en una reunión de la Facultad en pleno el Decano amenazó con expulsar de la Universidad a los tales, que “saboteaban el programa alimentario de la Casa de Altos Estudios”. Por suerte nadie nunca pudo descubrirnos.

Mi recuerdo más chocante de aquellos años es el de mi profesor de Laboratorio de Electricidad y Magnetismo, un tipo antológico por su rigidez en el cumplimiento del deber, que una tarde nos liberó sin siquiera entrar al Laboratorio, tras darnos 5 puntos a todos, porque tenía mucha hambre, según dijo con esa parsimonia de algunos suicidas minutos antes de meter la cabeza en el nudo. Ese día el almuerzo había consistido en harina de maíz hervido con agua y sal, lo que en otras latitudes llaman gachas de maíz, y un montoncito de azúcar prieta.

A partir de 1996 la situación comenzó a mejorar. Pude comer un poco mejor, incluso carne una vez a la semana, y por primera vez desde 1993 ponerme un par de zapatos nuevos, no regalados y de uso. Tras sacarme una muela y arreglarme otras tres, ya no he tenido que sacarme ninguna otra en 22 años, y jamás me han vuelto a inyectar antibióticos.

No obstante la situación no era ni de lejos la que aquel mentiroso ministro de economía de Fidel Castro presentaba a principios de este siglo: Era totalmente falso que el cubano promedio ingiriera por entonces más proteínas que su coterráneo de 1986. Sin dudas él ministro Rodríguez, Fidel Castro y toda la Nomenclatura si vivían mejor en ese año que en los 80, en medio de una Cuba en que la desigualdad comenzaba a compararse con la chilena, pero nosotros los de a pie, no.

Pero a pesar de todo se podía sobrevivir, o mal vivir. Aunque claro, sin apoyos en el exterior, o de algún pariente bien situado aquí adentro, ni soñar con formar familia o mucho menos traer niños a sufrir ellos también lo que un amigo clasificó un día de “Esta Mierda”.

Ahora, cuando en unos trece meses cumpliré 50 años, el 93 o el año 71, o ambos juntos, regresan. Sin embargo ahora ya no hay lentejas ni campos de zanahorias o cualquier otra cosa, que sólo se siembran y producen en las imágenes del Noticiero, o en las promesas de un Señor Presidente que hace muchos, pero muchos años, no coge guagua, o hace colas.

Lo peor es que sé que de superar este período de empeoramiento de la crisis económica crónica y endémica del régimen cubano, sólo me podrá esperar por lo menos otra crisis semejante antes de cumplir 80… si es que llego allá, en un país en retroceso acelerado a una sociedad en que el 90% vivirá en los estándares de una aldea taína pre descubrimiento, y el restante 10% como un miembro de pleno derecho de la sociedad global actual.

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