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Farewell Míster Gene Sharp, wellcome back, Marx

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José Gabriel Barrenechea.

Los métodos de lucha no violenta solo son efectivos cuando el oponente es un gobierno que depende de manera decisiva del apoyo de un segmento de la opinión pública, sea nacional, o internacional. Lo que se busca con estos métodos es ganar para la causa a ese segmento de la opinión pública, para que este influya, obligue o cambie al gobierno en cuestión, de modo que satisfaga las demandas de los luchadores no violentos.

Ejemplos lo son la lucha no violenta de Gandhi en la India, cuyo objetivo era solidarizar con la causa de la independencia del subcontinente a la población británica, y a la opinión pública de importantes aliados del Imperio Británico, como la de los Estados Unidos; o la del Movimiento por los Derechos Civiles en los Estados Unidos, que lo que buscaba era lograr una reacción de apoyo en el mayoritario sector blanco de la ciudadanía de ese país.

En el caso de los regímenes autocráticos, o más aún, en el de los regímenes totalitarios, no suele existir un sector interno de opinión que tenga real influencia sobre ellos, y en los segundos no suele existir ni tan siquiera una opinión pública real. Por tanto, a menos que esos regímenes estén interesados en no enemistarse a algún segmento de la opinión pública externa, la efectividad de la lucha no violenta será nula.

Las razones por las que un régimen autoritario, o totalitario, suelen estar interesados en no buscarse la enemiga de un sector de la opinión pública fuera de sus fronteras, generalmente son económicas. Aunque también las puede haber ideológicas, como cuando los países del desaparecido Campo Socialista trataban de ganarse el apoyo de la clase obrera de los países occidentales. No obstante, las que en realidad resultan efectivas para usarse en la lucha no violenta son las primeras, porque si bien la Unión Soviética podía pasarse sin la solidaridad de la clase obrera americana, no podía mantenerse desvinculada económicamente del mundo, sin exponerse a un peligroso atraso tecnológico, o a pasar hambre, dada la incapacidad de su agricultura para alimentar a la población de su país.

Aceptado lo anterior, no nos queda más que admitir que los métodos de lucha no violenta promovidos por Gene Sharp han dejado de ser válidos en el mundo actual, al menos cuando el contendiente que se pretende enfrentar mediante ellos es una autocracia o un totalitarismo. Eran válidos, en cierta medida, para el mundo de entre la década de los setenta del siglo XX, y más o menos 2014, sobre todo en el intervalo temporal entre 1989 y 2008; en la actualidad, sin embargo, su validez es tan baja que lo mejor es considerarlos ineficaces por completo.

Los métodos de lucha no violenta de Gene Sharp dependían de la aceptación universal de la idea de la democracia como el único modo válido de organizar la convivencia política, y de una economía en rápida globalización. Cuando incluso los autócratas trataban de hacer pasar por democracias a sus regímenes, y cuando quedar fuera del proceso globalizador resultaba impensable, los métodos de lucha no violenta tenían siempre una posibilidad de triunfar en sus objetivos, o por lo menos en hacerlos avanzar poco a poco. El asunto estaba en la existencia de un amplio sector de opinión global externo, al cual los autócratas o totalitarios no estaban dispuestos a indisponerse, al llevar la represión de los que los enfrentaban de manera no violenta hasta donde hiciera falta.

Sin embargo, en un mundo como el actual, en que la idea de que la democracia es el único sistema válido es discutida incluso en el corazón mismo de Occidente, y en el cual el proceso de globalización ha entrado en retroceso, con la conformación paulatina de dos grandes bloques económicos, es poco probable que los métodos de lucha no violenta de Gene Sharp lleven a alguna parte. No puede esperarse mucho de ellos, en definitiva, cuando hasta el sector de la opinión pública de más peso en el mundo actual, el americano, tiende a retirarse al interior de su país en un renacimiento del aislacionismo decimonónico, o cuando cualquier autocracia o régimen totalitario puede encontrar a otros regímenes similares capaces de complementarlos económicamente.

La realidad es que si la eficacia de los métodos de lucha no violenta de Gene Sharp no fue nunca no muy alta, incluso en el periodo entre 1989 y 2008, qué puede esperarse ahora, cuando incluso en las patrias de Montesquieu o Madison la opinión pública tiene serias dudas sobre ella, o cuando la nación industrialmente más poderosa del mundo es un estado totalitario: la República Popular China.

En esta nueva época histórica, a quienes enfrentamos a las autocracias y los autoritarismos desde su interior, debe quedarnos algo muy claro: los tiempos de salir pacíficamente a las calles, con un cartel en inglés, para que a través del reporte de CNN las audiencias de las naciones que determinaban en el proceso de globalización ejercieran presión sobre las élites que nos oprimían, han pasado. Al menos por ahora, y mientras para esas mismas audiencias CNN sea vista como un peligro aún mayor que cualquier autócrata evidente.

Es tiempo de echar a un lado los tomos de Gene Sharp y volver al viejo Marx, con su concepción del cambio político mediante la violencia revolucionaria.

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