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El último día de escuela en Camajuaní, de un “esbirrito” en enero de 1959

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               Foto:  El “esbirrito” Félix José Hernández Valdés. Camajuaní, 1958.

París, 7 de junio de 2022.

Querida Ofelia,

Vivía con mis padres y mi hermano menor Juan Alberto en nuestra modesta casa de la calle Fomento N° 8 (hoy Raúl Torres). Precisamente era ese joven el que me arreglaba mi bicicleta Niágara en el portal de su casa, en la acera de enfrente a la mía, al lado del juzgado municipal.

Raúl fue asesinado por el Cabo Centella y éste último poco después terminó su vida frente al pelotón de fusilamientos.

El padre de María Elena, hermano de Raúl, nos llevaba a ambos cada día hasta la escuela llamada El Plantel de la Ceiba, pues junto a ella se alzaba ese frondoso árbol.

Ya los barbudos habían tomado el pueblo de Remedios y la ciudad de Santa Clara. La Revolución había triunfado, provocando la huida del tirano Fulgencio Batista y su familia hacia la República Dominicana en la Nochevieja de 1958.

En el portal de la que había sido la Jefatura de la Policía, hicieron una tribuna y por allí mostraron al populacho a los expolicías y otros funcionarios públicos para que fueran vejados.  El insulto más pronunciado fue el de “esbirros”. Creo que fue el acto más bochornoso que se produjo en la historia de Camajuaní antes de los tristemente célebres mítines de repudio de 1980.

Mi prima materna Lulo (a no confundir con la simpática niña Lulú de los dibujos animados), en un arranque de intransigencia o histeria revolucionaria, andaba en un jeep y cuando pasaba frente a mi hogar gritaba: ¡Viva la Revolución! ¡Paredón para los esbirros!

Mi padre había sido 22 años policía y le había tocado investigar sobre la muerte de un pobre campesino de nombre Venancio. Pues Lulo (que llamaba a mi padre esbirro y a mi hermano y a mi esbirritos), junto a su madre Felicidad se aparecieron a la casa de los padres de Venancio para que acusaran a mi padre de la muerte de su hijo. Por suerte que eran personas honestas y no buscaban el “título de padres de un mártir”. La madre de Venancio vino a casa indignada y se lo contó a mi madre.

Hago este preámbulo para que se comprenda el ambiente en el que vivimos en aquel enero de 1959.

Al iniciarse las clases, yo estaba en quinto grado y mi maestra era la noble dama Veneranda Rojas. Durante el recreo un condiscípulo (cuyo nombre no puedo olvidar y que hace poco tuvo la osadía de pedirme la amistad por Facebook), me empujó brutalmente, caí de rodillas sobre el cemento del patio, me herí ambas manos y las rodillas. Inmediatamente me dio una patada en el estómago mientras gritaba ¡Tu padre es un esbirro! Todo esto ante un círculo de niños amigos míos y ninguno salió en mi defensa. Por fortuna cerca estaba Cuquita, la amable señora conserje de la escuela. Ella me llevó al baño, me lavó manos y rodillas y después con el botiquín de la dirección me puso mercurio cromo y un polvito blanco. Yo no paraba de llorar, creo que más por la humillación que por el dolor físico.

Al regresar al aula, la maestra dijo a todos “los niños no tienen la culpa de lo que hayan hecho los padres”.

Pero es que mi padre no había cometido ningún delito, recibió la jubilación y una carta firmada por Raúl Castro donde le decía que él había sido un militar de honor, pues había salvado la vida a dos jóvenes revolucionarios.

Al sonar el timbre por la tarde, Cuquita me acompañó hasta la entrada de la escuela donde me esperaba el papá de María Elena y habló con él sobre lo que me había sucedido. Este amable señor trató de consolarme y me llevó hasta casa, pero no volví a la escuela hasta que me matricularon dos semanas después en juna de Marianao.

Una semana después nos fuimos hacia La Habana con solo dos cajas de cartón y 45 pesos, como toda fortuna familiar.

Mi madre no cerró las puertas ni las ventanas de nuestro hogar. Les dijo que lo hicieran a nuestras queridas e inolvidables vecinas Elena Linares y Digna González.

Desde entonces ha pasado mucha agua bajo los puentes de París, como dicen los franceses, pero hay recuerdos de infancia que son imborrables.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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