José Gabriel Barrenechea.

En un hospital cubano verá usted muchos médicos. Docenas, veintenas de ellos, que deambulan de un lugar para el otro sin muchas trazas de que lo hagan en el cumplimiento de sus funciones. A tal punto que a ratos a uno le entra la duda si aquello de lo que se es espectador, mientras se espera a ser atendido, no será más que la filmación de una escena para alguna de esas series médicas tan de moda. Esas en que los médicos también no paran de deambular por los pasillos, a la manera de los pueblos de los westerns, en que no podían vivir nunca más de cuatro gatos y, no obstante, en cualquier escena callejera usted verá las polvorientas calles y portales de madera repletos de gentes que van y vienen, una y otra vez.

Verá muchos médicos, repito, lo difícil, sin embargo, será que lo vean a usted. Me hago entender: que lo reciban en su consulta y traten de desentrañar, entre ese incoherente fárrago de detalles y anécdotas que casi nunca vienen al caso, de síntomas reales o producto de la autosugestión, de síntomas ajenos pero que han sido hechos propios por esa extremada capacidad empática nuestra, qué es lo que realmente tiene ese ser, para nada dado a mirarse con cabeza fría, que es el paciente cubano promedio.

Nada, que quizás sea por eso que tanto deambulan los médicos, al menos en nuestros hospitales: para evitarse ese abrumador ejercicio, el consultarnos, que saben no tiene como objeto desentrañar nuestros verdaderos males, sino simplemente seguirnos la corriente en este gran autoengaño nacional, total, en que vivimos los cubanos. Porque no se engañe usted, en Cuba todos, incluido quien esto escribe, nos enfermamos de lo que nos da por pensar que estamos enfermos, y rara vez de lo que realmente tenemos. Y en esto el médico cubano cumple de manera estupenda con su papel, al dejarse manipular por cualquier tierna viejecita, que solo por el hecho de contarle de sus achaques ya se va mucho más contenta para su casa, y hasta con un semblante que puja lo imposible por pasar por sonrosado; a pesar de que en realidad no le quedan más que par de afeitadas… o perdón, de depilaciones.

Mientras que a su vez los familiares de la viejecita se van con la conciencia tranquila para la casa, ya que ellos están “haciendo lo imposible”, e incluso más, porque en la visita se gastaron lo que tenían, y lo que no, solo en alquiler de una máquina para poder llevarla a la consulta y en el “presentico”, modesto, para el doctor. Sin que, por otra parte, en ningún momento se hayan parado a reflexionar en que a la verdad el médico, consciente de que difícilmente podría llegar a desentrañar lo que padece la ancianita, en un país en que gastar muchos recursos en pruebas y experimentos es mal visto por unas autoridades sanitarias demasiado interesadas en hacer economías, haya aceptado resignadamente que solo cabía seguirles la corriente, agarrar el modesto “presentico” y recetar lo primero que le viniera la cabeza en ese momento:

Placeboclorofenicolado… eso es, 3 veces al día. ¡Ah, y muy importante! El mes que viene me la vuelven a traer (con el consabido regalito, claro está).

Antes he hablado de conciencia, por lo que pido me disculpen, porque en verdad no conozco a muchos cubanos que hagamos nuestra la famosa frase de Cicerón, que sin embargo todos los que lo tienen la cargan en sus teléfonos; incluidos los segurosos, descubro ahora -los segurosos no tienen consciencia, solo superiores: “Mi consciencia tiene más importancia para mí que la opinión de todo el mundo”. En realidad al cubano, ser gregario por antonomasia, lo que le importa no es su conciencia, sino la opinión de quienes lo rodean; y hablo de los que lo rodean de manera concreta, física, material.

De ahí su propensión a la inconstancia, ya que como la opinión ajena siempre suele sernos adversa, a la manera del cuento castellano del hombre y el niño, que con su burro cruzan un pequeño pueblo sin nunca conseguir quedar a buenas con los vecinos, los cubanos, al siempre estarnos a la búsqueda del mejor modo de satisfacerla, no podemos más que estar cambiando constantemente de parecer para ver si en la próxima ocasión logramos el imposible milagro de quedar a buenas con el que dirán.

Pero volvamos a nuestro hospital cubano: A ese, a un paso siempre del colapso arquitectónico o administrativo, repleto de sillas metálicas, al parecer escogidas de manera científica para incomodar y hacerles a los viejecitos que lo visitan una lenta e insufrible tortura las largas horas que pasan en él, a la espera de que los vea un médico. Claro, si es que hay sillas suficientes, que en caso contrario al vejete no le quedará más que recostarse a alguna pared mal repellada, una columna que se deshace, sostenida en su lugar por risibles zunchos de alambre, o hasta una tubería mugrosa y con trazas de contener más de una cepa bacteriana. Sin interrumpir desde allí, si es que ello es posible en este lugar diseñado para incomodar, el constante tráfago de médicos. Pero también de pacientes y familiares de pacientes que corren de aquí para allá, y vuelta atrás, para conseguir un cuño, el resultado de una “prueba” o un autorizo de ingreso, a la manera en que Obélix y Astérix son obligados a hacerlo en la búsqueda de cierto permiso, el A-34, en una dependencia burocrática romana (la “casa que enloquece” de Los doce trabajos de Astérix).

Señalemos, en honor a la verdad, que el hospital cubano parece ser el lugar más accesible de Cuba. Ya que si cualquier otro sitio gubernamental de aquí se mantiene de una u otra manera bien resguardado del público, lo que en el extremo caso del edificio del Consejo de Estado implica mantener más guardias que todos los que Batista engordaba, para nada, en el campamento militar de Columbia, nuestra institución de salud tiene un régimen de accesibilidad que solo cabe calificar como de relajo.

Usted podrá entrar por cualquier puerta de un hospital cubano y recorrerlo sin que nadie lo inoportune. Meterse lo mismo en una sala de ingresos, que en un salón de operaciones, que treparse en la azotea, solo con poner cara de tipo serio y andar con cierta determinación. Salvo, claro, cuando al compañero Coco Fariñas le dar perreta, se nos niega a comer y beber y termina ingresado en dicha institución. En cuyo caso ya el acceso a determinadas áreas hospitalarias será tan imposible como los es el dejarle, de incógnito justiciero, par de mojones a Díaz-Canel en el baño de su oficina. Más que nada por la cantidad de individuos ojiclaros, vestidos con pulóveres de rayas, que compiten con los médicos por el control de los pasillos.

Aclaro, porque sin dudas se lo merecen, que lo que no se ve mucho en los pasillos de nuestros hospitales es enfermeros o enfermeras. Mi ex esposa, que ha trabajado en el sector, solía decirme que porque no los hay. Que en Cuba usted encuentra siempre suficientes jóvenes dispuestos a estudiar medicina, por las posibilidades que esa carrera da para largarse muy lejos de esta isla maldita, pero que, por el contrario, raramente encontrará a muchos dispuestos a elegir una profesión tan sacrificada, la del enfermero, que por demás casi nunca es gratificada con alguna misión en el exterior.

Yo, que sé no podría vivir sin creer en la esencial bondad connatural al ser humano, prefiero pensar que porque están en lo suyo. Que tampoco todo puede ser malo.

Por cierto, para balancear un poco y que los médicos no vayan a pensar que me ciega la parcialidad, ni tampoco mis creencias humanistas, contaré algo que sus habitantes me juran que sucedió en Placetas a principios de este siglo: A cierta enfermerita, de aquellas que Fidel quiso formar con solo vestirse de blanco -en un país en que a muchos les da por vestirse de ese color de cuando en cuando, y no precisamente por amor a la ciencia- unos parientes le hicieron llegar una sopa para un enfermo sometido a una terapia intravenosa. Pues el caso es que ni corta, ni perezosa, la muchachita se la pasó directo a vena… y por supuesto, lo mató al instante.

Lo que me resulta poco creíble de esta historia, que todos en Placetas me dan por cierta, aunque no recuerdo haberla leído en el semanario Vanguardia de esta provincia, es el que ni los acompañantes del paciente, ni los de sus vecinos, hayan advertido a tiempo la burrada que la “enfermerita” se disponía a hacer. Porque todos sabemos que aunque en Cuba la familia entera no suele mudarse para junto a la cama del paciente, a semejanza de lo que sucede en la India, si lo hace una parte; y esta parte, si a algo se dedica, además de a estorbar, y no poco, es a no perderle ni pie ni pisada al personal de la sala. Sobre todo a las pantristas, pero también a las enfermeras.

Es debido a la irrefrenable necesidad del pariente cubano de acompañar a su “hospitalizado del alma” este aire de campamento infaltable en las salas de cualquier hospital nuestro; por lo menos de aquel hospital que no ha sido construido expresamente para servir de vitrina de nuestro sistema de salud pública, en documentales extranjeros tipo Sicko.

Campamento en que las comidas se lanzan por las ventanas; las cucarachas y los ratones campan por sus respetos, cual si hicieran residencias, pero sin haber pasado antes por la correspondiente Escuela de Medicina; y las tazas del baño lucen siempre sucias y amarillentas. Esto último en parte por los problemas de abasto de agua que siempre debe tener cualquier hospital nuestro que se respete. Al parecer por la loable intención gubernamental, y partidista, de no permitir que nos reblandezca el confort capitalista. Pero sobre todo por la sobrepoblación hospitalaria que trae el añadir a cualquier sala el respectivo acompañante junto a la cama, y además uno o dos suplentes, que se mantienen en los bajos del hospital, pero suben cada vez que tienen la oportunidad, y ganas de ir al baño.

Porque es necesario reconocer que no todo lo mucho malo que existe en nuestro sistema de salud se debe a la hecatombe de lo gubernamental, o en general a un tal “daño antropológico”, sino a esta idiosincrasia nuestra que nos viene de mucho antes que Fidel Castro llegara a entronizarse en el puesto de sultán omnímodo inaugurado por el compañero Miguel Tacón. Inauguración ocurrida allá por junio de 1834, con el apoyo incondicional de una mayoría de habaneros, y la minúscula oposición del grupúsculo de gusanos de siempre, encabezado por el repugnante asalariado del Imperio… Inglés, José Antonio Saco.

Y es que como he sostenido siempre, la relación es precisamente a la inversa: Si hoy vivimos con la mierda al cuello -los que tenemos alguna altura ética, que los demás ya se ahogaron en ella -se debe a ciertos aspectos malolientes de lo cubano. Los cuales han permitido, y casi me atrevería a decir que han alentado, al régimen castrista.

La imagen de seráficos arcadios a los que vino a engañar un maléfico Fidel Castro, con sus artes de tigre hipnotizador, es de una puerilidad asombrosa, y lo cierto es que ese señor no hubiera permanecido los 47 años que permaneció al mando de los caballitos, para dejárselos luego en herencia al primer comemierdas a quien le viniera en ganas heredárselos, si hubiéramos sido los cubanos el modelo de virtudes que algunos quieren ver en nuestros bisabuelos. Vamos, que no hay más que leer a Francisco Figueras… o darnos cuenta de la tirria disimulada que siempre le hemos guardado a alguien a quien una nación de mayores virtudes tendría en una posición de privilegio en su Panteón: Eduardo Machado y Gómez; o la admiración babeante que en cambio sentimos por esa cotorra descerebrada llamada Eusebio Leal… o Tracatán, no recuerdo ahora.

Y ya que hablamos de charlatanería apergaminada, que solo aquí pasa por elocuencia, de más está decir que los hospitales tienen su jerga, la cual les prometo aprender para cuando ya haya tenido que venir otra media docena de veces. Jerga que si usted no domina, de seguro pasará mucho, muchísimo trabajo para resolver lo que haya venido a resolver. Como me sucede a mí.

También debe usted saber algo más, de vital importancia: que si no “mete cabeza”, pues saldrá de allí a las 6 o 7 horas de hacer antesala, después de haber logrado la pírrica victoria de que un médico vea a su acompañado cuando ya los tres cabeceamos del cansancio. “Meter cabeza”, o lo que es lo mismo, intentar por todos los medios habidos y por haber, que el médico lo vea a uno antes de lo que le toca, sea con regalos, sea al valerse de alguna recomendación, o simplemente al hacerse el impertinente. Todo lo cual implica aglomerarse junto a la puerta de la consulta, para lanzarse al asalto cada vez que esta se abra.

Es precisamente el “meter cabeza” el que le da ese aspecto tan particular a los salones de espera de una consulta médica en Cuba. En que usted podrá ver a un paciente con cáncer, que a pesar de su color de yerba desvaída forcejea con una señora de setenta que intenta colar a su padre de noventa, quien a su vez arrastra una sonda… o a un grupo de señoras que, a la espera de que se abra la puerta, se miran unas a las otras a la manera de Charles Bronson y Henry Fonda en el duelo de Érase una vez en el Oeste.

Los hospitales no solo están repletos de lugares comunes en el lenguaje, sino también de actitudes estereotipadas. Por ejemplo, los médicos tienden a asumir ciertas poses, que se relacionan con una cantidad muy limitada de chistes que se cuentan constantemente en consultas, pasillos, y hasta salones de operación. Chistes que de manera invariable giran alrededor del sexo, debido quizás a que el oficio está tan alejado del espíritu y tan próximo a la carne.

Porque si de algo salgo convencido cada vez que debo pasar algún tiempo tirado en un rincón de nuestros hospitales, es de que allí los médicos viven en una especie de paraíso lúbrico; y que a las doctoras las gradúan no por su inteligencia, sino por sus caras bonitas, sus amplias caderas, sus muslos rotundos y blancos, su piel fragrante y tersa, su voz aterciopelada… nada, que a ratos siento cargos de conciencia de no haberme hecho médico, allá en mi juventud, para alcanzar así a andar el día entero, por pasillos y oficinas, flirteando con semejantes monumentos de hembras.

Mas a mí no me hagan mucho caso, que reconozco que respecto a los médicos guardo iguales o mayores reservas que el Woody Allen que, en una de sus últimas películas, le pide a uno de sus amigos que lo acompañe en un complicado viaje familiar que debe hacer con su hijo, aunque no muy lejos, solo a las afueras de Nueva York. El amigo se niega en un inicio, porque tiene desde hace días dolores persistentes en su brazo izquierdo, y teme que sean el aviso del infarto que se prepara en su organismo. Mas Woody, es Woody, y finalmente lo convence de acompañarlo; pero tras primero llevarlo a visitar a unos médicos amigos suyos, en una prestigiosa clínica.

Las siguientes dos escenas merecen conservarse en nuestra memoria hasta el día en que nos toque irnos del parque: En la primera el parlanchín Woody y su amigo abandonan la clínica, mientras par de sonrientes médicos le dan a este último palmadas en el hombro, para animarlo, al tiempo que hacen agitan en sus manos unas pruebas que demuestran que el corazón estudiado está tan saludable como el de un recién nacido. En la siguiente escena Woody y su hijo descubren, ya en el auto y no muy lejos de Nueva York, que el amigo ha muerto de un infarto en el asiento trasero, mientras todavía sostiene en sus manos el electrocardiograma…

La verdad es que si para algunos resulta una catástrofe el avance de la Inteligencia Artificial, por las amenazas que proyecta sobre las democracias, dónde las hay, o por las alteraciones que producirá en el mercado laboral y en general en nuestras formas de vida, donde simplemente no se sobrevive y hay tal mercado, para mí la IA es simplemente la única solución a los problemas del hospital cubano presente, y en general a la irracionalidad nuestra: Solo cuando las máquinas y los algoritmos sustituyan a nuestros médicos habrá racionalidad en nuestras instituciones médicas. Y como los cubanos tenemos al hospital como un lugar tan central y determinante en nuestras vidas, desde la época republicana en que la industria farmacéutica acostumbró a muchos a no cagar a menos que hubiesen tomado su laxante, o la avidez de los cirujanos por meter cuchilla convirtió una operación en algo así como una terapia para fortalecer los vínculos familiares, pues desde allí esos valores racionales entrarán en la alterada, y para nada ensimismada, alma del cubano.

Para entonces es cierto que ya no habrá médicos que deambulan, pero por sobre todo perfumadas doctoras esculturales de pelo castaño… más ya que me importa, si para ese entonces de seguro ya me habré mudado para el reparto Bocarriba, o en su defecto para el caldero de algún brujero, que en esas labores relacionadas con el carisma, o como en Cuba, con la cara muy dura, si nunca habrá competencia de las máquinas, o de los algoritmos, que valga.

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