Por Nicolás Aguila

La fiebre rockera que arrasó a mediados de los años 60 no escatimó expresiones de desprecio hacia la música tradicional. Igual que en España hallaban hortera al flamenco, o cafona a la samba en el Brasil, en Cuba los jóvenes le poníamos al bolero la etiqueta de música chea. Es decir, música anticuada y fuera de onda.

Pero la juventud es apenas un trámite. Y a este «desengañado de bares y cantinas» también se le pasó su cuarto de hora y cayó de un bolerazo en la crisis de la mediana edad.

Corrían los años de la perostroika, y a la neurosis colectiva de una sociedad demencial se me añadía el drama personal de un amor con letra de bolero. Un «vendaval sin rumbo» que me había dejado «en las tinieblas de la noche y sin ninguna orientación», como un triste tejedor de lobregueces.

Tenía con qué y dónde, pero no tenía con quién. Y salí a la calle una tarde temprano dispuesto a tomar La Habana por asalto. Total que vine a terminar la noche a solas con mi añejo doble en un rincón de la cantina, al estilo Jalisco, oyendo al solista que animaba la penumbra del bar Las Cañitas con su voz de gallo ronco y sus buenas intenciones.

«A mí me pasa lo mismo que a usted / me siento sólo lo mismo que usted», me disparó a mansalva, directo a esa zona vulnerable que yo suponía a prueba de balas. Y me rodó un lagrimón en tiempo de bolero.

Se ha afirmado que si ‘amor’ no rimara con ‘dolor’ no habría poesía. Y esa noche de bohemia solitaria comprendí que tampoco existiría el bolero si ‘amar’ no rimara con el verbo ‘penar’ y con la palabra ‘bar’.

Nada como la barra y la complejidad de la ruptura de la pareja para valorar la simplicidad del género de las perfidias, las gardenias y las noches de ronda.

Cuando la nostalgia sincopada de ‘Tú me acostumbraste’ te parte el alma en pretérito indefinido, no hay alternativa. Yo asumí mi cursilería en compás de dos por cuatro y con sabor a mí.

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