-Escrito de Nicolás Águila

Los primeros tiempos fuera de Cuba me mataba la nostalgia. A veces me caía el gorrión de la melancolía. Los tragos ayudaban, pero solo de momento. Después de la euforia alcohólica venía la depresión. Un círculo nada virtuoso. Hasta que me aprendí un truco que me daba resultado. Cuando me amenazaba la morriña –que en Brasil llaman saudade– me acordaba de los comedores de Cuba. Y remedio santo.

Qué horror aquellos comedores del comunismo. Aparte de la comida mal preparada, el menú no podía ser más repetitivo. Arroz, chícharo y un jurel requemado casi todos los días, alternando a veces con ‘huevo plástico’, o sea frito cuatro horas antes, o una tortilla pasmada con sabor a manteca refrita. En fin, que le hice un rechazo total al condumio colectivo y a todo lo relacionado con aquellos comedores miserables: la cola, la bulla, la ansiedad de los comensales, la bandeja grasienta y la cuchara que se te doblaba al comer, ambas de aluminio, que es un metal tóxico contraindicado en el mundo entero, menos en Cuba.

Me acordaba de aquellos comedores, qué asco, y se me quitaba el gorrión. Qué alivio.

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