Cuba es más España que África

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por José Gabriel Barrenechea

A los hechos concretos me remito: Nada le sonaba más a Andalucía a un andaluz contemporáneo suyo que La Malagueña, de nuestro Ernesto Lecuona. Eso solo puede suceder cuando una misma alma une en lo profundo, más allá de los detalles de superficie, a dos pueblos. Muchas otras melodías hemos dado los cubanos, tratando de ponernos en el lugar de otros pueblos, sin lograrlo al nivel de La Malagueña: ninguna otra pieza musical nuestra, por ejemplo, sería tomada por un africano, como el resumen sentimental de su región africana.

Somos, ya lo he dicho en otra parte, otra versión de la España de 1492, otra de Las Españas… sobre todo de Castilla y más que nada de Andalucía. Tan así, que aun esa subcultura negra que puja por distinguirse de la general, muchas veces mediante la importación forzada de detalles de otras afroamericanidades, esa subcultura tan difundida hoy día y no solo entre nuestros negros, y tan defendida por nuestras élites intelectuales (a pesar de que cuando nuestros defensores de la africanidad cubana esencial encuentran unos negros en cualquier esquina, a las diez de la noche, aprietan el paso con el corazón medio afuera), tiene más en lo esencial de la subcultura del negro andaluz, sobre todo del sevillano, que de las culturas originales de donde fueron arrancados a la fuerza muchos de sus ancestros esclavos.

Porque incluso no todos los ancestros de los que hoy en Cuba la opinión general tiene por negros, aparte del tatarabuelo blanco español que a ninguno le falta, procedían de la Trata. Aunque no queden muchos registros al respecto, es muy difícil de creer que no pocos de aquellos negros andaluces, sobre todo sevillanos, no estuvieran entre los muchos españoles y extranjeros que pasaron a Indias ilegalmente sin conocimiento del Rey, aunque sí de sus veniales o realistas funcionarios. Muchas veces como parte de las tripulaciones de las ingentes flotas cuyas tripulaciones siempre fue un problema completar. En cuyo caso La Habana habría sido su primer lugar de arribo al Nuevo Mundo, y donde no pocos habrían establecido de manera definitiva sus reales, para luego irradiar su influencia cultural a todas las ciudades y pueblos de la Isla (que sepa, no hay estudios que se interesen por ese sustrato de la negritud habanera, y cubana, el cual en los momentos iniciales de la colonización debió ser tremendamente importante, e influyente).

Que hay más de España, y sobre todo de Andalucía, en esa subcultura negra cubana, que de África, es evidente si se analiza su religiosidad, que sin duda ha conservado las deidades africanas, pero en cuya relación con ellas el individuo usa de unas formas mentales y una sensibilidad más propias de las brujerías mediterráneas ancestrales, de las del gitano, que de las del continente africano, antes de 1885, momento en que la penetración europea llegó a casi todos los lugares del mismo. Pero también nos queda claro si se estudiamos los códigos, las maneras y germanismos de la guapería afrocubana, más cercanos a los urbanos de los gitanos y señores de la navaja andaluza, que a los del guerrero rural de África.

Si bien en Cuba la expresión de que, «quien no tiene de congo, tiene de carabalí», posee un alto grado de veracidad, la alternativa de que quien no tiene de andaluz o isleño, tiene de gallego o catalán, es todavía más cercana a la realidad, porque es casi imposible encontrar hoy en Cuba alguien que por su apariencia sea tomado por negro, que no tenga una buena cantidad de ancestros españoles, incluidos blancos. De lo cual los estudios genéticos dan sobrada cuenta.

Suele pasar desapercibido, como mismo a los peces suele pasarle con el agua en que nadan, o a nosotros con la atmósfera que respiramos: en Cuba hablamos español, con una norma muy cercana a la andaluza, y casi igual a la de las Canarias. En Cuba no hablamos arawaco, ni yoruba, ni congo, ni carabalí… lenguas estas últimas que, por cierto, son usadas en la mayoría de las ceremonias religiosas afrocubanas de una manera que es muy poco probable le permitan al sacerdote comunicarse con sus deidades, si estas se mantienen tan africanas como en el momento en que el primer habitante de África fue arrancado de su tierra, para traerlo a Cuba. Esa comunicación sería tan difícil, como a un inglés le resultaría el conseguir entenderse con un Miguel Díaz-Canel, empeñado en usar esa lengua…

La labor de reconocer la ingente influencia africana en la cubanidad, comenzada más o menos en la década del veinte del siglo pasado, por nuestros intelectuales más preclaros, estuvo y está muy bien, dada la práctica general anterior de negarla, o de excluirla al gueto al que se apartaba al negro cubano. Mas pasar de ahí al otro extremo, como muchos de nuestros intelectuales posteriores y algunos políticos y sectores sociales han querido hacer, al pretender que la principal influencia cultural en Cuba procede de África, y no de España, es un disparate que cualquier análisis desbarata al instante. Como también sucede con ese otro intento, de un sector de los negros cubanos, sobre todo habaneros, de crearse una cultura propia más de África que de Europa. Porque como ya hemos visto incluso esa subcultura propia del negro, aunque hace mucho no exclusiva de él, en definitiva tiene más raíces en las grandes cantidades de morenos que habitaban Andalucía en el tránsito del siglo XV al XVI, que en las masas de esclavos aculturados, arrancados violentamente no sólo de sus tierras, sino de la proximidad de otros miembros de su tradición y cultura en la finca, el taller, el servicio doméstico esclavista, donde la práctica era mezclar a los esclavos de las más diferentes procedencias, para evitar la solidaridad entre ellos.

En fin, que sólo cabría admitir que Cuba es más que nada África si diéramos por cierta aquella afirmación de Teófilo Gautier, tan ampliamente creída hasta hace una generación por la mayoría de los gabachos, de que «África termina en los Pirineos».

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