Foto: Miami.

París, 18 de junio de 2020.

Querida Ofelia:

En nuestro último viaje a Miami, estuvimos toda una tarde y hasta entrada la noche con Cusita y Manolo, una pareja especial; él es discreto, sabe cantar tangos cuando se toma un par de cervezas, ella es luchadora, trabajadora, gordita y bajita. Él, es un hombre que a pesar de sus seis décadas, conserva rasgos de buen tipo, se nota que fue buen mozo.

Los conocimos en junio de 1981, cuando desde el campo de refugiados de Créteil (cerca de París), una mañana nos subieron a un autocar repleto de refugiados y éste fue bajando hacia el sur repartiendo refugiados a lo largo y ancho de Francia. Llegamos al campo de refugiados Jean Moulin, del pueblo de Saint Martin de Crau, en el profundo sur francés, donde estaríamos cuatro meses.

Recuerdo que el autocar nos dejó en la puerta de aquella especie de Torre de Babel, a las seis de la mañana, pero que no abría sus puertas hasta las siete. Estuvimos esperando al lado de una caja de cartón atada con una soga, la cual era toda nuestra fortuna personal. En eso salieron seis niños cubanos que al oírnos hablar nos llevaron a la habitación de Cusita, la cual nos ofreció un desayuno y su amistad. Tres de los niños eran hijos de ella y Manolo, hoy día dos viven en Miami y otro en París. Todos son chicos serios, inteligentes y trabajadores. Los otros tres eran de Alicia y Rolando, otra pareja de cubanos que también estaban en ese campo de refugiados. Estos últimos también los vimos en Miami, ya se casaron y tienen fundadas familias.

En el campo de refugiados nos daban clases de francés todos los días, y una vez a la semana, nos llevaban a recorrer la región. Paseamos así por ciudades bellas: Nimes, Avignon, Saint Remy, Salon en Provence -la ciudad de Nostradamus-, Aix-en-Provence, la playa de Sainte Marie de la Mer, los campos de La Camargue, etc.

A los hombres nos mandaron por dos meses a un Centro de Formación Profesional en Marsella, La Perla del Mediterráneo. Ciudad cosmopolita, bella, con sus castillos, la isla de Montecristo y el castillo d’If frente a su bello Malecón, las avenidas: Le Prado, Boulevard Michelet, la Canebière, etc.

Íbamos en autobús cada viernes para Saint Martin de Crau. Los sábados los pasábamos en la piscina municipal con un pic-nic, que consistía en un litro de Coca-Cola y pan con chorizo. Las gentes del pueblo fueron muy amables, conocimos a varias familias que nos invitaron a sus casas, muchos de origen español o italiano, para los cuales al principio éramos una curiosidad, pues nunca habían visto a un cubano. Estaban acostumbrados a : vietnamitas, camboyanos y laosianos, los que llenaban el campo de refugiados.

A 20 kilómetros del pueblecito estaba el gran centro comercial Casino, a la entrada de la ciudad de Arles y allá iban Manolo y Cusita, a comprar los mandados para la semana en una destartalada moto que alguien les había regalado. Regresaban acrobáticamente con las bolsitas de mandados, hasta que un día se les ponchó y tuvieron que regresar a pie. Les sirvió de experiencia y así comenzaron a comprar en el supermercado que estaba frente al campo de refugiados, aunque fuese un poco más caro.

Un día Cusita nos dijo que había comprado un picadillo muy rico y muy barato, cuando fuimos a ver, había un cartel que decía: “viande pour chiens”, busqué en el diccionario y la traducción fue: carne para perros. Nunca se lo dije, simplemente le inventé que a nosotros no nos gustaba el picadillo.

Varios amigos italianos fueron a visitarnos allí, nos llevaron dinero y ropas. También fueron dos familias francesas que habíamos conocido en el campo de Créteil. Una era la de los Bourgarel, aún hoy grandes amigos. Ellos nos llevaron una semana para la finca de los padres de Monsieur en Lorgues y de allí a la casa de Saint Maxime, desde donde fuimos en una lancha hasta la célebre Saint Tropez, donde todo era ostentación.

Los Bourgarel nos trajeron a París en octubre del 1981 y después ayudaron a Cusita y su familia a instalarse también en la capital gala.

Cusita, un día decidió irse para los EE.UU.  y ahora la encontramos de nuevo. Ha acabado de abandonar su trabajo de madrugada en una lavandería y acaba de comenzar a trabajar en una dulcería en Miami.

Paseamos con ella y Manolo por todas partes, nos fuimos a una cafetería latinoamericana en cuyo aparcamiento había un gran fresco con Eliancito, la Virgen de la Caridad, Delfín y los delfines. Cusita aquí en París hablaba combinando el francés con el español y había que ser bilingüe para poder comprenderla, pero ahora en la Florida, es la reina del “spanglish”. Ella parquea el carro, pone unos cuartos en la maquinita municipal, no vaya a ser que la policía ronde por la zona y le ponga un ticket. Nos enseñó un lugar que anuncia “Prepare aquí su income tax”. Nos bajamos y me señaló que la carpeta estaba muy desgastada. Al final le dijo al empleado: “te llamo pa’trá, ¿okey?”

O sea que habla un castellano salpicado de palabras en inglés: ticket (multa), income tax (impuesto sobre la renta), okey (de acuerdo), nice (simpático) y traducciones literales de palabras y frases inglesas: chores (shorts, pantalones cortos), marqueta (market, mercado), taipear (to type, escribir con teclado), parquear el carro (parking the car, aparcar el coche), vacunar la carpeta (vacuum the carpet, aspirar la alfombra), te llamo p’atrá (I call you back, te vuelvo a llamar), el rufo del bildin (the roof of the building, el techo del edificio)…

Me decía cada cosa, que me tenía que quedar reflexionando sobre lo que podría ser. Me contó de alguien que estaba compitiendo por el cargo de alcalde, pero ella dice: “está corriendo para la oficina de Mayor”. Otra cosa genial fue la de la tienda que delivera grocerías que quiere decir “delivers grocery” (reparte la compra), pero lo más original para mí, fue cuando me contó que en un negocio necesitaban mujeres estériles (“need steady women”, se necesitan empleadas fijas).

En realidad su “spanglish” es una verdadera muestra de destreza lingüística.

Nos fuimos –sin mapa– por Coral Gables (¡Qué barrio tan elegante!) a buscar la calle Málaga. Al fin la encontramos, reconocí la casa de Carlos Antonio, llamé a la puerta y me abrió una señora que no conocía, me informó que ese Dr. había vendido la casa a otra persona y ésta después a ella. Llamé a los teléfonos de su casa, al laboratorio, la consulta, pero ahora pertenecen a otras personas. Carlos Antonio se esfumó, desapareció, es invisible. La última vez que lo vi fue cuando vino a París con su madre y varios amigos. ¿Alguien lo conoce? ¿Alguien sabe algo de él?

Lo había conocido gracias a mi vieja amiga Luisa, la que le dio mi teléfono y dirección cuando supo que él se había quedado en el aeropuerto Charles de Gaulle de París, durante la escala del vuelo La Habana-París-Luanda. Formaba parte de un grupo de “heroicos” médicos internacionalistas cubanos. Se escondió en el baño de la aduana, rompió una ventanilla, se dejó caer por ella, salió por un túnel, atravesó las pistas corriendo, se encaramó en un tren, llegó al centro de la ciudad, se escondió en un inmueble. Era el día de Navidad. Al amanecer fue a pedir asilo a la embajada de los EE.UU. y le respondieron que Francia era un país libre, que fuese a la policía francesa. Así lo hizo. Esa noche fría durmió en un barco anclado en el Sena para los clochards -vagabundos-, al día siguiente comunicó con su familia en Miami gracias a las monjas del Socorro Católico.

La familia era conocida de Luisa y ésta le dio mis señas. Llegó a mi apartamento, le brindé comida y alojamiento. Era buen muchacho. Conoció a Luisito, otro cubano y se instaló cerca de la Ópera de París con él, compartiendo gastos. Se volvió elegante, se vestía Saint Laurent y Lanvin. Comenzó a hacer la reválida de su diploma, por medio del servicio consular de los EE.UU. Entró a formar parte de la jet del exilio. Era recibido en los mejores salones de París. Inteligente, simpático, generoso. Tenía muchos amigos. Se fue a Miami, compró casa en Coral Gables, puso laboratorio y clínica, le iba de mil maravillas, nos mandaba postales, nos escribía, nos llamaba por teléfono. Cuando visitábamos a Miami nos íbamos a cenar al Victor’s Café y al Centro Vasco, hasta que un día: silencio total. ¿Qué le pasó?

Miami es una especie de tierra milagrosa, también me enteré de que mi querida amiga Griselda sintió una especie de llamado del Santo Espíritu, y se convirtió en… pastora evangelista. Ahora está en Cuba, fue a llevar la palabra de Dios a los habaneros de Centro Habana. ¡Vivir para ver!

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9https://www.amazon.fr/Memorias-exilio-F%C3%A9lix-Jos%C3%A9-Hern%C3%A1ndez/dp/2312069024

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