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Castro y Batista, los mejores amigos de España en Cuba

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Un resumen del trabajo «Francisco Franco y Fulgencio Batista: complicidad de dos dictadores en el poder (1952-1958)», donde se aprecia que Batista acordó con España un ventajoso acuerdo tabacalero, así como la represión de todas forma de expresión del exilio español contra Franco. Para completar este análisis, recordaremos que el sector del turismo, motor de la economía cubana (junto con la remesas) fue entregado a España por Fidel Castro en la década de los ochenta hasta hoy.
El presente trabajo analiza los vínculos diplomáticos, económicos y culturales entre la España franquista y Cuba desde el golpe de Estado propinado por Fulgencio Batista en la madrugada del 10 de marzo de 1952 hasta el 1 de enero de 1959, cuando éste abandona el poder y huye hacia República Dominicana ante su incapacidad para frenar el avance del ejército rebelde al mando de Fidel Castro Ruz.
No es la primera vez que al escribir un trabajo sobre los vínculos hispanocubanos durante y después de la guerra civil española, me pregunto el porqué de su indiferencia por parte de nuestra historiografía nacional. Salvo las investigaciones de Jorge Domingo Cuadriello, Dolores Guerra López y Áurea Matilde Fernández Muñiz, este tema permanece en la más absoluta orfandad. Pero aun más, su acercamiento se ha potenciado sólo desde el prisma de la izquierda, constituyendo el exilio republicano la principal mira de atención. España, por su parte, ha mostrado un mayor interés, sobre todo a partir del 1 de enero de 1959, para explicar las razones que impulsaron a Francisco Franco a no romper relaciones diplomáticas con el naciente gobierno revolucionario. Sin embargo, en muchas ocasiones, este periodo pasa por el prisma de las insalvables diferencias ideológicas -que no es necesario comentar por su obviedad-, y por la torpeza diplomática de Juan Pablo de Lojendio frente a las cámaras del programa televisivo Tele Mundo Pregunta, desconociéndose, por consiguiente, la etapa precedente donde los vínculos hispanocubanos llegaron al punto más alto de su consolidación, después de un largo camino de ajustes y reacomodos, que había comenzado al finalizar la contienda fratricida en la península.

En resumen

Con la llegada al poder de Fulgencio Batista las relaciones entre España y Cuba llegaron a su más alto nivel de consolidación, luego de varios años de intensos tropiezos y ajustes. Un hecho curioso: dos dictadores en el poder por España, Miguel Primo de Rivera y Francisco Franco, y dos por Cuba, Gerardo Machado y Fulgencio Batista, serían los encargados de disipar el mal sabor dejado por la pérdida de la «siempre fiel isla de Cuba».
En un contexto totalmente diferente al de Machado, la actuación de Batista respondió más a su entrega desmedida a los dictámenes de Washington, que a un verdadero interés por el renacimiento del espíritu hispano en Cuba. La militante posición anticomunista de Francisco Franco aceleró el proceso y, en esta ocasión, el dictador cubano no mostró simpatías conciliadoras por el exilio republicano español como en su primera etapa de gobierno. De un plumazo borró su pasado y maniató, sin resentimiento, a todos los desafectos del franquismo en la mayor de las Antillas, dejando el terreno libre a los protagonistas del nuevo diseño cultural y comunitario de la «nueva España».
Los viajes de placer y de negocios, los intercambios académicos y estudiantiles, la concesión de becas de estudios, las misiones culturales, la celebración de congresos, los estímulos morales, etcétera, le dieron un colorido particular a esta etapa de consolidación, que no perdió su brillo a pesar de las fuertes críticas de los comunistas cubanos y del grupo antifranquista reducidos al salón de espera de la historia.
La alianza diplomática y cultural afianzó entonces la alianza económica. Luego de varios años de incesantes conversaciones, la dictadura batistiana hizo realidad uno de los grandes anhelos de la elite tabacalera cubana y de los representantes del comercio hispano vinculado a ella: la firma de un nuevo tratado comercial y de pagos que dejó sin vigor al de 1927 y puso fin a otro momento de tensión entre ambas naciones.
Como muestras de simpatías e intereses comunes, Fulgencio Batista rompió, asimismo, con la mantenida política abstencionista de la delegación cubana en la ONU con respecto al caso español y batió palmas por el fin del ostracismo internacional de su más fiel aliado en Europa. Francisco Franco, por su parte, afianzó su predilección por la isla y desarrolló, incluso, una cuestionable tolerancia hacia ella a partir del 1 de enero de 1959. Contrario a lo que muchos esperaban y a lo que la lógica de los acontecimientos imponía, el caudillo hizo oídos sordos a la petición de ruptura diplomática con el naciente gobierno revolucionario y potenció por encima de las diferencias ideológicas los lazos históricos y espirituales que unían a las dos orillas del Atlántico.
 
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