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Carta de Paulina desde Miami, recordando las aventuras de la “escuela al campo”

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Foto:Almuerzo o cena que daban a alumnos y profesores en la “escuela al campo”.

París, 6 de septiembre de 2021.

Querida Ofelia,

Te envío la carta que me llegó desde Miami ayer, de mi vieja y querida amiga Paulina, la que tú bien conociste y apreciaste.

“Querido amigo:

Es para contarte una anécdota que recordé hoy cuando fui a una “escuela al campo” en Güira de Melena y la comparto contigo.

Eres el primero en saberlo después de Santana. ¡Qué tiempos aquellos! Yo no podía ir a la “escuela al campo” porque Teresita era pequeña y me pusieron de enlace, pues de alguna manera tenían que involucrarlo a uno en aquel desastre. Ser enlace era un problema. Era preferible ir fijo porque el transporte era una tragedia. Yo iba y viraba en un día, los viernes. Si había alumnos que traer o llevar era mi misión principal o algún recado que enviaran de un lado a otro.

En una de mis visitas la directora del campamento me llamó con un misterio tremendo y me dijo: – Paulina, en mi casa tengo a mi madre ya mayor, cuidando de mi hija y no tienen nada de comer. Necesito me hagas un gran favor y es que me les lleves pollo y carne de res que negocié con el chofer del camión hoy por cigarros y jabón. A cambio lo mismo que envío a ellas, tienes el derecho de poderlo llevar para los tuyos.

Amigo mío, la situación estaba tan difícil con la alimentación que no reparé en peligro alguno. Si me encontraban esa carne iba detenida. Eso era un gran delito. Pues yo a esa hora lo que veía era a mis hijos sentados a la mesa comiendo una porción de carne y acepté el trato si pensarlo dos veces y le dije: – Trato hecho.

Ella fue para el almacén y al poco rato salió con una jaba de saco. – Ahí está todo a partes iguales un bulto es tuyo y el otro lo pasará a recoger mi hermano a tu casa después que lo llames a este teléfono. – Ok, así lo haré. Y me fui caminando por un camino distante de la carretera a coger un transporte que pasara y me dejara en el Pueblo de Güira de Melená para allí coger una guagua hasta un punto en La Habana que no recuerdo y después desde allí otra guagua hasta Centro Habana.

Aquel bulto pesaba tanto para mí que yo pensé que era la mitad de una vaca lo que llevaba. Me monté en un tractor con carreta que me dejó cerca de la parada. Recién salía una guagua llena y me puse en la cola para los sentados. Me dolían los manos y brazos por la carga. Yo tenía un hambre enorme y veo un carrito vendiendo un refrigerio y fui a tomar de aquello que no tenía sabor definido, pero estaba frío y dulce y me daba energía.

Me fui a un árbol un poco distante, pero aparecieron unos perros que comenzaron a oler mi bulto. Empezaron a lamer el lugar de donde levanté la jaba que cuando miré, destilaba un agua con sangre. ¡Yo quería desaparecer pero junto con la carne! Comencé a caminar hacia la parada y los perros que ya eran como cinco detrás de mí. En eso la gente grita: – ¡Ahí vieeneeee! Me pongo en mi lugar y los perros no me dejaban y olían la jaba con insistencia, la gente los espantaba y los perros regresaban.

Experimenté todo mezclado a la vez: pánico, frío, calor, fatiga, deseos intensos de orinarme, y sentía lejanas las voces de la gente que gritaba de alegría por la guagua que por fin llegó. Cuando me tocó subir me ayudaron porque no podía levantar el pie, estaba entumida, y me empujaron por atrás y oí una voz que dijo: – ¡Quién esté comiendo mierda que camineee! Llegué a mi asiento casi atrás cerca de la ventanilla y puse la jaba en el piso entre mis piernas. Así llegué al próximo lugar donde tomaría la última guagua hasta la calle San Lázaro en Centro Habana.

 Esperé a que todos bajaran y lo hice de última dejando una mancha en el piso frente a mi asiento. Me quité una camisa de mangas largas que llevaba sobre mi blusa y la coloqué rápido por dentro debajo de la carne. ¡Qué agonía! En esta parada era a entrar a empujones y sálvense quien pueda. Cuando llegó la guagua me subieron, me empujaron me atropellaron y yo con aquella bolsa de saco con carne y con una suerte tremenda de que no fuera sospechosa, me detuvieran y revisaran.

Llegué así a la calle Belascoaín y para bajar casi me desprenden la bolsa de los tirones, pero yo con mi último aliento la defendí. Para llegar a mi apartamento tenía que subir tres pisos de puntal alto. ¡Lo logré casi arrastrándome con el Alma porque no sentía mis brazos, ni mis piernas¡ Santana me esperaba en el sillón sentado con la niña dormida. Al verme me dijo: – ¿Y a ti que te pasó? ¿Por qué llegas en este estado? ¡Tienes la cara y los brazos pegajosos y los ojos muy rojos! ¡Toda despeinada!

Le pedí que me hiciera urgente un poco de café. Mientras tomaba mi tacita le narré el trato que acepté de la jefa del campamento, y toda mi odisea. Santana caminaba de un lado a otro con las manos apoyadas en la cabeza. Ni te voy a contar todo lo que tuve que escuchar de parte de él sobre los peligros a los que estuve expuesta entre ellos los años de cárcel que hubiera tenido que cumplir por el contenido ilegal de la carne. Me prohibió ir de nuevo como enlace al campo y nunca más lo hice. Sentí mucha vergüenza y él tenía razón en todo lo que me dijo.

Cuando llegaba la época de escuela al campo pedía sin salario ese tiempo y me quedaba en casa con mis hijos. Después de escuchar todas las razones de mi esposo, tomé mi parte de carne y el pollo y dividí en porciones para mis hijos solamente. De esa manera tan atribulada y peligrosa, mis hijos, sin saberlo, tuvieron un poco de proteínas en su alimentación por un tiempo… ¡Qué tiempos aquellos tan infernales!

Amigo mío, por cuántas complicaciones tuvimos que pasar. Hoy día como vivimos libres, a veces en lugar de llorar nos hacen sonreír cuando nos acordamos.

Te recuerdo siempre con gran cariño,

Paulina.”

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras allende los mares,

Félix José Hernández.

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