Carta abierta a los imbéciles

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Para comenzar he catalogado de imbéciles a los que aplauden las decisiones, creencias y opiniones del actual presidente de los EE.UU, porque en España estamos sometidos a una ley de mordaza que nos tiene reprimidos a los que le damos a los teclados, porque al representar el poder imbécil del dinero sucio, del dinero innecesario, del inmoral, el fácil cuando se tiene tripa para contarlo y afanarlo, en España nadamos en abundancia de gente de la misma calaña del presidente actual de los EE.UU, reflejo claro y transparente de la mucha gente brutal e inculta Usa, prima hermana de que habita por aquí y por otras muchas partes.
Y, siguiendo en la onda, señor presidente de los ricos analfabetos que son minoría mayoritaria en Usa, quiero comunicarle a usted y a todos los suyos, que servidor es admirador de la gente que llega (desgraciadamente por culpa suya, de los suyos y de los simpatizantes mundiales de lo suyo) en patera. Y mi admiración se basa en el coraje que hay que tener, en los cojones y en los ovarios (y lo expresa alguien que ha navegado bastantes años) necesarios para poner rumbo hacia el horizonte de la mar, montado en el bordo en un cayuco de las dimensiones que suelen tener las pateras.
La gente que llega y sobrevive, al margen de consideraciones de coraje, es gente guapa en el sentido más amplio del concepto de guapura como raza de personas, supuesto que los hombres de color negro o los tintados por las mezcla de colores de pieles tostadas, tanto en su condición o género masculino o femenino, aparte de que tienen un mejor paquete muscular que nosotros los blancos, tienen unos órganos genitales reproductores, que al lado de los suyos o de los míos, de tener vergüenza, en su caso creo que no, haríamos, blanco por blanco, usted y yo incluidos, el ridículo más espantoso.
Usted y yo, señor presidente, que me figuro que tendrá el cuerpo lleno de pelos por su proximidad evolutiva en su condición de mulato del Homo Sapiens con el Homo Neandertal, aunque gaste el tinte por litros diarios, habrá conseguido el color a tortilla francesa de su cabello; pero no ha conseguido escapar de la nada; del vacío cruel que se determina en su  mirada sosa, cuando en contadas ocasiones, he dedicado algunos segundos a analizar la tremenda gilipollez de querer lucir un pelo ausente de usted y postizo en su cabeza como único continente.
La mujer negra, no necesita de tantos afeites como la blanca para resultar femenina y atractiva. La blanca, no voy a recurrir al dicho de que suelen ser las reinas de las cuchillas de afeitar y de las cremas para taparse las tempranas apariciones de la celulitis; sino que sometidas a las tremendas carencias y vejaciones que en sus países originarios los endeble y malas leches de los blancos las hemos sometidos, hace ya muchos años que se hubiesen convertido en hembras horras.
Si llevo prácticamente toda mi vida sin apenas haber bebido más allá de dos o tres litros de coca-cola; si cuando empieza una película de los made usa, cambio de canal; si la literatura, la poesía ¿existe?, las costumbres de un pueblo tan violento y bárbaro no me han interesado nunca, me faltaba a la vejez el hecho sobresaliente en crueldad gratuita hacia los niños, hacia los más débiles de la cadena evolutiva humana, aplaudida por un puñado muy grande de comemieldas de aquel y de estos continentes, que no tienen los cojones suficientes de hacer una retirada masiva de todas sus legaciones diplomáticas de un país que ahora, más que nunca, me avergüenza que naciera gracias a la tremenda ayuda logística que en su día le dispensara esta España, que, como mucho resto del mundo, le tienen miedo y van detrás de su sistema brutal de generar dinero para las élites del cañón de la pistola.
Está claro que este escrito no va a llegar a sus manos porque las tendrá entretenidas en contar dinero y dividendos para cuando la espiche se los lleve todos consigo sin que le falte un solo dólar. Pero, por si algún comemieldas de los que tiene a jornal para lavar ropa, quiero que sepa que si de siempre los usa me han caído mal, tirando a muy mal, desde esto de los niños, no solo usted señor presidente, espejo claro y transparente de la idiosincrasia gringa, sino que todos sus palmeros, todos los demás países que siguen babeándolos porque disponen de dólares, por mi parte, hechos un paquete, atados con un lazo, se pueden ir al más puro carajo que pueda existir.
Y, vuelvo a insistir, me expreso así, porque mi teclado está sometido a una ley mordaza cristiana. De lo contrario hubiera empezado preguntándole ¿Qué cojones está usted haciendo con los niños separados de sus padres, ahogados sus llantos por los aplausos de los comemieldas que lo babean?
Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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