París, 23 de junio de 2020.

Querida Ofelia:

Fui con un grupo de amigos a una taberna española llamada “Casa Panza”, no sé si por Sancho o por lo de llenar la panza. Estábamos sentados al lado de la pista de unos nueve metros cuadrados, era un “tablao flamenco”. Pero como no estaba a la altura de las cabezas de los clientes, sino a nivel del piso, los pies de las dos bailaoras no se veían. Eran gitanas de pura cepa de Granada, o quizás de Regla o Guanabacoa. No sé decir. El cantaó de cante jondo… ¿Sería de Cádiz, de Madruga o de Limonar? Tampoco lo sé. Cantaba con micrófono (aberración total), con los altavoces al máximo, lo que impedía que en la mesa pudiéramos hablar. Así tuve que estar casi toda la velada en silencio absoluto. ¡Tremendo castigo para mí!

Era un lugar donde se aprovecha hasta el último centímetro cuadrado de superficie, por la cual una vez sentados es difícil poder moverse. El único que lograba desplazarse, diluirse, entre las mesas, era nuestro amigo Antonio, cazador al fin.

Una sola puerta, de difícil alcance abría a la calle, por lo cual, tuve la impresión de que si se declaraba un incendio, nos convertiríamos casi todos en lechones asados y mi esposa en sardina frita. Se come bien y el ambiente es simpático, dado sobre todo por una serie de damas muy alegres a las cuales llaman “hermanas al rescate”, que bailaban solas al lado de sus mesas, con la esperanza quizás de que por casualidad hubiera par allí algún balsero solo y recién llegado al que ellas pudieran “rescatar”.

Un amigo de vez en cuando decía al cantaó: ¡Viva Galicia!, pero el “andaluz” parecía no apreciarlo.

Al fin salió a bailar un gitanazo. ¿Sería de Sevilla, Güines o Batabanó? ¡Quién sabe! Tenía ojos negros como el carbón, larga cabellera negrísima, y se veía muy macho, muy suyo. Miraba de reojo hacia la mesa que estaba detrás de la nuestra en la que estaban sentados suspirando, casi lanzando gemidos de admiración, cinco señoritos. Uno se pasaba la lengua por los labios como saboreando un helado, otro se mordía los labios mientras el gitanazo se llevaba los brazos al rostro parodiando al Travolta de Saturday Night Fever. Una hermana al rescate de senos siliconados y cabellera canosa salió a bailar, pero mientras el gitanazo bailaba un flamenco virtual, lo de ella eran unas bulerías virtuales, el resultado era patético, pero el público aplaudía. Dicen que el que nunca ha visto una iglesia, en la puerta de un horno se persigna.

Pero lo más original fue cuando me pusieron a rezar. Sí… ¡A rezar! Mis colegas aquí no me quieren creer, me dicen que exagero, pues no, es pura verdad. Pasaron repartiendo velitas, las encendimos y el maître de la taberna pidió a todos que nos pusiéramos de pie y que rezáramos a la Virgen del Rocío juntos, la plegaria que se nos había repartido al dorso de la tarjetita, donde están la dirección, los teléfonos y los horarios de apertura del local. Así me encontré rezando lo que sigue:

«Salve rociera,

Dios te salve María del Rocío,

Señora, luna, sol, norte y día,

pastora celestial.

Dios te salve María,

todo el pueblo te adora y repite a porfía ,

como Tú no hay otra igual.

Olé, olé, olé (aquí hay que gritar con entusiasmo y alargar las eeeee)

Al rocío yo quiero volver a cantarle a la Virgen con fe,

con un Olé, olé, olé… (de nuevo se hace lo mismo)

un rosal de hermosura,

eres tú, Madre mía,

de pureza virginal.

Olé, olé, oléééééééééé”

Final con besos y abrazos bañados con vinos tintos de California. Todo muy ‘castizo’.

Nos fuimos cuando iba a empezar La Tuna. ¿De qué parte de la Madre Patria vendrían los tuneros? Al salir, una amiga acarició la cabeza de un niño que estaba al lado de una mesa, pero cual no fue su sorpresa al constatar que era nada menos y nada más que el gitanazo, el cual se levantó, pues estaba de rodillas hablando con una de las hermanas al rescate. Esto provocó un ataque de risas entre mis dos amigas.

Terminamos la noche con chocolate y churros en una cafetería cubana.

Visitamos al norte de Miami un Monasterio español que fue construido en el 1141 en Sacromenia, España y que después de muchas aventuras fue comprado en 1925 por el millonario Hearst y transportado en 10751 cajas a América y reconstruido. Actualmente está al centro de un bello parque de plantas tropicales y subtropicales.

Una noche vinieron a visitarnos Juana y su hijo Juliancito amigos del habanero barrio de Lawton. Esta señora, como a todos los ancianos que visitan tierras de los EE.UU. desde la Perla de las Antillas, se le presenta el mismo dilema: ¿Me quedo o no me quedo?

Una noche tuve la agradable sorpresa de la llamada telefónica de Nery desde Puerto Rico. ¡Qué alegría me dio hablar con ella!

¿Cuántas veces se ha escrito o hablado de la intolerancia de los cubanoamericanos de Miami? Sin embargo, un amigo me llevó a las oficinas de La Alianza Martiana en la calle 30 de Little Havana, para que constara la falsedad de tal afirmación.

Después de pasar por la reja que cubre la fachada y su cortina blanca que impide ver hacia el interior, me encontré en una gran sala en la que entre ordenadores, fax y teléfonos, una decena de «compañeros» se dedican a trabajar para hacer conocer «la verdad sobre Cuba».

Las paredes están cubiertas por fotos del Coma-Andante en Jefe con Chávez, con Carter, o solo, posters del Dr. Guevara de la Serna hechos a partir de fotos de Korda, otros del guerrillero argentino en colores, del Festival de Cine de La Habana, otros carteles con las fotos de cinco «compañeros» y con el eslogan : «Liberen a los héroes que defienden a su pueblo de la muerte «. Este último también en francés, inglés y árabe.

Un cartel anuncia: “Aviso a los interesados en hacer trámites para la vigencia de viajes y próximas actividades en Cuba, deben hacer contacto con la comisión… ‘’, y a continuación aparecen cuatro nombres con sus números de teléfono respectivos.

Me presentaron como profesor francés de origen cubano residente en París, lo que transformó las miradas de desconfianza en curiosidad.

Me regalaron unas 40 tarjetas de solicitud de ingreso a la Asociación; otras tantas con el Manifiesto de la Alianza Martiana (con toda su carga de «antimperialismo yanqui en nombre de Martí»), y numerosos carteles de más o menos un metro por 70 cm. de una excelente cartulina donde aparece el célebre cuadro de José Martí de Armando Menocal y sobre él, se puede leer: “Contra el Bloqueo a Cuba”.

Me pidieron que lo repartiera entre mis colegas en París. En todos aparece el teléfono, el e-mail y la página web de la Alianza Martiana.

Un señor llamado Max, fue muy amable conmigo. Me dijo que la radio de La Alianza transmite por la Internet.

No sé cómo será el interior de los consulados que el régimen del Dr. Castro tiene esparcidos por el mundo, pero tenía la impresión de que estaba en uno de ellos, por lo menos en el que representa los intereses del régimen del Líder Máximo en Miami.

El hecho de que estas oficinas existan y desarrollen su labor de propaganda castrista en pleno corazón de la capital cubana del exilio, desmiente la tan cacareada intolerancia de los cubanoamericanos.

En casa de Margarita, el día de la fiesta de su cumpleaños, le pregunté a Mayra si yo tenía cara de tonto o algo por el estilo. Ella con un poco de asombro quiso saber por qué. Entonces le conté como en apenas unos días, fui agredido verbalmente tres veces sin ton ni son.

Estaba en el supermercado Varadero, comprando algunos productos cubanísimos que en París no encuentro, como son:  crema de leche, barras de guayaba, sazón Goya, latas de dulces de coco, fruta bomba, mermelada y cascos de guayaba, etc.

En el momento en que contemplaba una  lata de cascos de guayaba Conchita, por los audios se escuchó la canción de Chirino y tarareé lo de «Ya vienen llegando, ya todo el mundo lo está esperando…». ¡Para que fue aquello!

Un empleado que hasta ese momento colocaba productos en los estantes, se me acercó y comenzó a manotear a apenas unos centímetros de mi nariz, mientras que con rostro enrojecido por la cólera gritaba:

-“Sí, ¡ya vienen llegando! Desde hace más de 50 años están diciendo lo mismo y ná’ de ná’. Cuando se muera van a decir que fueron ellos los que lo tumbaron. ¿Y qué chico, qué?”

El empleado se agitaba cada vez más y yo por temor a que me diera un latazo en la cara, me rompiera mis espejuelos o lo que es peor tuviera que ir a parar a un hospital miamense, con lo caros que dicen que son (yo sin Medicaid ni Medicare), hice de tripas corazón y le dije lo más serenamente posible:

-«Usted tiene toda razón caballero».

El tipo se quedó pasmado, frunció el entrecejo y se alejó a seguir colocando latas mientras me miraba de soslayo.

Mi esposa y nuestro amigo Antonio que nos había acompañado, no comprendían absolutamente nada; como por otra parte, yo tampoco.

Al día siguiente, en el centro comercial de Las Américas, al bajarme del coche de mi cuñada Hilda, abrí la puerta y la punta inferior de ésta tocó la furgoneta negra que estaba aparcada al lado.

Inmediatamente se bajó un hombre de unas 240 libras, que gastaba bermudas y gorra de camuflaje, camiseta verde oliva, gran cadena dorada del grosor de las de una bicicleta, enorme medalla de San Lázaro tamaño portavasos, botas de varias tiras y hebillas, gafas de espejos, inmensos bigotes y tatuajes de águilas y coronas de espinas alrededor de los bíceps.

Escupió hacia el suelo, pasó la enorme mano sobre el lugar en donde se supone que tocó mi portezuela y al ver que no había ninguna huella, me miró y comenzó a recitar un repertorio de groserías imposible de escribir aquí.

Mi cuñada daba vueltas buscando con la vista a algún policía, mi esposa horrorizada era observada de arriba a abajo con insistencia y desprecio por la mujer que acompañaba al energúmeno. Una obesa rubia platinada con grandes chapas de maquillaje azul turquesa sobre los párpados, senos y labios siliconados y tatuajes de corazones sobre cada seno en los que pude leer: “Papi y Mami” Además de una flecha negra que pude observar en su espalda que indicaba el coxis.

Ante tantísima violencia verbal me jugué la carta de la diplomacia y le dije:

-«Lo siento mucho señor, no fue mi intención golpear su camioneta y le ruego me disculpe. Usted puede constatar que no sufrió ningún daño».

El animal con ropa me miró con una curiosidad digna de un extraterrestre, mientras yo pensaba que ése sería quizás mi último día sobre la faz de la tierra.

Reflexionó unos 15 segundos, que para mí parecieron una eternidad y al fin dijo:

-«Bueno, pero ten cuidado la próxima vez, porque cualquiera te descojona.»

-«Muchas gracias caballero», le dije.

Me volvió el alma al cuerpo y nos alejamos hacia la entrada del centro comercial.

Mi cuñada regresó a los pocos minutos para constatar si no le habían picado el coche con una cuchilla como según ella suele ocurrir en esos casos, pero no, el coche y yo salimos ilesos de la aventura.

Nos fuimos con mi sobrino ‘Yoni’ junior (en Cuba se llamaba Juanito) al centro comercial Los Delfines, para tratar de comprar unas zapatillas deportivas que mi hijo buscaba y que en los EE.UU. son mucho más baratas que en Francia.

Yo ya estaba aburrido de tanta tienda y me quedé en la entrada. En ese momento comenzó a ponerse el sol por detrás de unas palmeras, tomé la cámara de vídeo y con un zoom estaba filmando el bello crepúsculo miamense cuando unos dedos golpearon mi hombro derecho al mismo tiempo que una voz estilo «seguroso» gritaba: – “¡Oe , aquí no se graba!”

Era un “security”.

Le respondí: -“Señor aquí no hay ningún cartel que indique que está prohibido y además Vd. no tiene derecho a golpearme sobre el hombro». Sonrió con desprecio y se alejó silbando.

Mayra me confirmó que yo no tenía cara de tonto sino look de turista y que en Miami había una cierta agresividad sobre todo cuando se conduce por una carretera y cada cual trata de imponer su «sistema» foráneo según su origen.

Ahora extrañamos mucho los desayunos en casa de Carlos con: pasteles de guayaba y carne, tocinillos del cielo, capuchinos, croquetas y pan cubano, patrióticamente envuelto en un cartucho con los colores nacionales. Extraño a los tres gatos dejando pelos por todas partes. Extraño a Carmita que se levanta de madrugada para comer dulce de guayaba con queso crema Filadelfia. Extraño a la perra Pupy que se come la comida de los gatos. Extraño al gran Carlito: guía, chófer, enfermero, hombre polifacético. Extraño a Susana, monumento histórico con memoria prodigiosa a pesar de sus noventa años. Extraño a Luisita, la Amiga del Alma que nos soporta estoicamente contra viento y marea. En fin extraño a todos y a todas que nos han procurado unas vacaciones inolvidables.

«Gusanos» de todos los países: ¡Uníos! ¡Turismo o Muerte! ¡Pasearemos! ¡Los diez millones (se) van! ¡Qué se vayan, qué se vayan!

Un gran abrazo desde la Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Nota bene: Esta crónica aparece en mi libro «Memorias de Exilio». 370 páginas. Les Éditions du Net, 2019.  ISBN: 978-2-312-06902-9

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí