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Animales de compañía

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Mientras que todos a mi alrededor se quejaban de vivir en un solar, debo confesar, que aparte de la absoluta falta de agua y de higiene en las partes comunes, del baño colectivo, y los excrementos que se desbordaban del inodoro del baño colectivo del segundo piso y que corrían por el techo y las paredes de la escalera principal, por lo que teníamos que cubrirnos con nailons al bajar y al subir para evitar que nos cayera la mierda y los meados encima, y los hedores (lo peor era la peste), pese a todo eso, y más, a mi me gustaba el solar. No precisamente por su lado folklórico, aunque también, sino porque en aquel lugar tuve los animales que quise, en un pequeño cuarto, es verdad, y los pobres, vivían tan hacinados como nosotros, sus dueños, y pasaban tanta hambre como nosotros, aunque incluso a veces menos, porque debo reconocer que mami jamás permitió que ninguno de los animales se quedara sin comer, ella se podía quedar sin comer, pero jamás ni las palomas ni las cotorras, ni los canarios, ni el perro, ni el gato, ni el conejo, ni Solito, el gallo, se quedaron sin comer. Su trozo de pan lo mojaba en la leche última de mis años últimos de leche y se lo daba a Cotica, y la yema del huevo rallado de la cuota lo apartaba para los canarios, más gordos y coloridos que el interior de mis ojos cuando me halaban el pellejo para conocer si tenía anemia o no, casi siempre la padecía.
El solar se derrumbó frente a los atónitos ojos de mi abuela y los míos con nuestros animales dentro. Entonces nos mandaron dos años para el albergue de Montserrate. Allá tampoco pude tener animales. Los animales allí éramos nosotros, y bastante salvajes, por cierto. Los machetazos volaban y la sangre corría a diario. Jurel tieso acompañado por una harina grisácea fue el alimento diario de cada uno de esos infernales años.
Cuando por fin nos entregaron un muy reducido apartamento de un cuarto en la calle Empedrado -gracias a mi asma-, vendido con el Estado como copropietario, y pagado a plazos, en el cual seguí durmiendo con mi abuela y con mi madre en una cama de 140 por 90, le rogué a mami que me dejara tener aunque fuera un perrito, a lo que siempre se negó. Mi abuela murió muy pronto, lo que dificultó que alguien me apoyara y convenciera a mi madre de volver a tener animales.
Una tarde llegué de la escuela y encontré a mami llorando sentada en el piso. El bodeguero le había vendido el arroz dentro de un endeble cartucho mojado por el fondo que se rajó justo al llegar a la casa, y el arroz se había regado por toda la sala. Mami intentaba recoger los granos puñado a puñado. Era la cuota del mes, y había que salvarla como fuera. Solté mi bolsita con los libros encima de la fea mesa de formica y me di a la tarea de ayudarla. Mi aguda miopía no me permitió divisar al principio que el piso se había cundido también de unos bichitos que corrían enloquecidos de un lado a otro entre los granos de arroz. Al verlos y sentirlos en mi piel retiré asustada la mano:
-No temas, son gorgojos. Mejor, así también de un tirón escogemos el arroz -dijo mami secándose las lágrimas.
Pero los bichitos continuaban arrebatados dando vueltas. Yo no sabía qué hacer para que mami no llorara más.
-Lo bueno es que además, entre el hormiguero del balcón, resistente a cualquier veneno, el cucarachero también inmortal, del baño, de la cocina y los escaparates, y ahora los gorgojos, pues ya no necesito perros ni gatos. Me dedicaré a amaestrar insectos, ellos serán mis nuevos animales de compañía -murmuré con el propósito de desviar la atención hacia otro tema menos dramático.
Lo dije muy seria, pero a mami aquello le dio tanta risa que de buenas a primeras pasó de soplarse los mocos a retorcerse encima de la marea de arroz y a doblarse de la carcajada, mientras no cesaba de repetir:
-¡Tú tienes cada cosas, tú tienes cada cosas!
Nunca, jamás, olvidaré aquella nerviosa y contagiosa risa de mami.
Zoé Valdés.

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