La inminente intervención de una coalición de países iberoamericanos liderada por Estados Unidos en Venezuela no deja mucho margen para especulaciones metafísicas. Es evidente que la mayor parte de los observadores políticos en el continente coincide con la idea de que el régimen de Castro en Venezuela está viviendo sus últimos momentos. Sin embargo, hasta ahora, no hemos visto levantarse en Europa opiniones contrarias al imprevisible desenlace de esta nueva aventura de Washington en el sur del continente americano. Las declaraciones del Ministro de Exteriores español el pasado lunes, asegurando que España “no iba a apoyar ninguna intervención militar” no han sido tomadas en serio por sus socios europeos, sobre todo porque el mismo día había trascendido la noticia de que la fragata española Méndez Núñez acababa de integrarse el dispositivo militar encabezado por el portaviones A. Lincoln, cuyo despliegue en el área del Caribe ya no es un secreto para nadie, a pesar de que lo nieguen rotundamente los cancilleres de la región, como el dominicano Miguel Vargas.

De todas maneras, poco tenía que decir España en esta nueva crisis internacional, pues hace ya tiempo que sus gobiernos comprometieron su capacidad de influir en el tablero de ajedrez mundial, aceptando, primero, perder la soberanía de una parte de su territorio en el siglo XVIII, y luego a mediados del XX, propiciando por razones económicas, la instalación de bases militares norteamericanas. El último traidor a la nación, el socialista Felipe González, integró su país a la Alianza del Atlántico Norte, a pesar de la hostilidad manifiesta de la población. Por el lado político, las cosas no están mejor, España sigue siendo la cola de una Europa que la desprecia, lo mismo que al resto de las naciones del Sur. Hemos visto estas últimas semanas el espectáculo de un jefe del ejecutivo, bailando la danza de los siete velos para quedar bien con Dios y con el Diablo. Esperando que, por un milagro, Maduro decidiera aceptar el puente de plata que se le tendía. Aceptando a regañadientes, montarse al carro del reconocimiento internacional al muy probable futuro presidente interino, Juan Guaidó.

Por el lado del pensamiento, los mismos de siempre se oponen a la intervención militar en Venezuela. Peros sus voces se han vuelto inaudibles en un mundo anegado de información, donde es ya imposible encontrar intelectuales que cristalicen la opinión, y por tanto, capaces de influir en la clase política de sus países respectivos. Las rectificaciones de Noam Chomsky sobre el régimen venezolano han llegado demasiado tarde. Lo mismo que las de una parte de la izquierda hispanoamericana, que, como el expresidente de Uruguay, José Mujica, ha comprendido que la testarudez del castro-chavismo los lleva a todos a la ruina. En fin, los bullangueros franceses, siempre prestos a defender las causas perdidas, llevan demasiado tiempo empotrados en querellas ideológicas de otras épocas como para que alguien sensato les haga caso.

Queda, en fin, echar un vistazo al reconocimiento internacional que ha conseguido Juan Guaidó. Las naciones que se oponen a su casi seguro advenimiento este fin de semana, carecen de prestigio internacional o de fuerza militar suficiente como para oponer una resistencia efectiva a la apisonadora norteamericana. Aconsejada eficazmente, hay que decirlo, por españoles de Cuba, afincados en Norteamérica. El resto de los países en desarrollo, casi toda África y del Sudeste asiático se han abstenido, siguiendo tácitamente las orientaciones de sus amos del momento. El Movimiento de Países no Alineados, ya se desentendió del régimen venezolano en 2016, y aunque Maduro es su presidente pro tempore, no parece que vaya a conseguir en las próximas horas el apoyo que se necesitaría para detener lo inevitable.

La pieza de teatro que estamos presenciando, lo mismo que las osadas escenografías de Romeo Castellucci, apenas incomoda. Signo de nuestro tiempo: lo intolerable ha llegado para quedarse. Al contrario, basta echar una mirada a las redes sociales para, ante las acciones unilaterales de Estados Unidos contra un estado soberano, constatar la indulgencia casi unánime de la opinión, compartida también por tertulianos de probado criterio con acceso los medios de comunicación.

Aceptar lo indefendible hace un flaco favor a todos los hispanos. Primero, porque si bien es cierto que tanto Castro como Maduro deberían desaparecer para siempre de la faz de la tierra, tanto el uno como el otro fueron llevados al poder por un movimiento popular auténtico. Las razones de ese malestar, profundamente entroncadas con la educación socialistoide que beben los hispanos desde la cuna, sumados a los tópicos de la Leyenda Negra que se asumen desde España hasta América sin el menor espíritu crítico, siguen vivas.

En el contexto actual, España no debería olvidar 1898. No se comprende que la Madre Patria deje que uno de sus buques de guerra participe en una controvertida operación militar, que no tiene el apoyo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y que afecta a una nación hermana donde viven casi 200 mil ciudadanos españoles.

Una intervención humanitaria, igual a la que tienen preparada para Venezuela el próximo sábado provocó hace 120 años, que un grupito de cubanos sin escrúpulos se quedara con todo el pastel nacional. El malestar y la frustración que provocó aquella maniobra patriotera, apoyada por una parte minoritaria de la población, y financiada desde Estados Unidos con la anuencia de todos sus gobiernos desde 1868, es la causa de nuestros males actuales. Castro y su dictadura no tienen nada que ver con eso.

En 1898, La Habana acogió como a salvadores del cielo a los marines que vinieron a liberarlos invitados por los traidores a España. 10 años después en 1908, el primer barco de guerra que entraba en el puerto en visita oficial, la corbeta Nautilus fue acogida por ese mismo pueblo con gritos de “¡Con España estábamos mejor!”. Tarde llegaba la verdad.

Tomando un poco de distancia, no es difícil constatar que los profundos sentimientos de amor-odio que animan las relaciones Norte-Sur siguen intactos. Los pueblos de América pasan con una volubilidad desconcertante de ¡Yanquis go home!, a ¡Welcome América! olvidando el pasado y volviendo a repetir la historia una y otra vez. Las élites nacionales hispanas, primeras beneficiarias de la “independencia”, deberían tener como objetivo común el interés general no lo contrario.

Las intervenciones norteamericanas en el continente tienen un precio y siempre pagan los mismos. Sin olvidar que las mismas ahondan las divisiones entre pueblos hermanos. Estados Unidos no tienen que venir a sacarnos una vez más las castañas del fuego. Aunque esté harto demostrado el compromiso de esa nación con la causa de la libertad. A nadie se le escapa, que sus intereses nacionales también han originado una buena parte de los males que aquejan al planeta en la actualidad, y son el motivo principal de su interés por Venezuela.

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